Venezuela: entre los intentos de intervención armada y la resolución de la crisis por vías democráticas - Política y Medios
23 de octubre de 2020 - Edición Nº4648

ESCENARIO INTERNACIONAL

Venezuela: entre los intentos de intervención armada y la resolución de la crisis por vías democráticas

El voto argentino a la resolución de Naciones Unidas que condena la situación de los derechos humanos en Venezuela, avalada por el informe elaborado por Bachelet, parece haber sorprendido a algunos sectores oficialistas y opositores del Frente de Todos.

Por: Gabriel E. Merino

 

Venezuela se encuentra desde hace años en el centro de la política hemisférica. Fue el primer país de América Latina que, con el triunfo de Hugo Chávez en 1998 y su asunción en 1999, quebró en la región la hegemonía absoluta del Consenso de Washington, las políticas neoliberales y la subordinación geopolítica a Estados Unidos. Y desde 2014-2016 se encuentra en una profunda crisis político-institucional y en el ojo de la tormenta de la puja geoestratégica regional y mundial, que el propio Papa Francisco definió en 2014 como expresiones del desarrollo de una Guerra Mundial por pedazos. 

El voto argentino a la resolución de Naciones Unidas que condena la situación de los derechos humanos en Venezuela, avalada por el informe elaborado por Michelle Bachelet, parece haber sorprendido a algunos sectores oficialistas y opositores del Frente de Todos. Sin embargo, Alberto Fernández ya en plena campaña decía que en el país del caribe suramericano existía desde 2017 una “deriva autoritaria”, al mismo tiempo que rechazaba la caracterización de dictadura para el gobierno de Nicolás Maduro. Y Cristina Fernández de Kirchner también se desmarcó en 2017 con respecto al gobierno bolivariano cuando expresó que “allí no hay Estado de Derecho, pero acá tampoco”, en referencia al Lawfare (guerra por medios judiciales) impulsado por el gobierno de Mauricio Macri para perseguir opositores.

En una suerte de complejo equilibrio –que fue respaldado por las fuerzas progresistas del Grupo de Puebla y está en sintonía con el Grupo Internacional de Contacto que busca una salida democrática de la crisis que atraviesa el hermano país de Venezuela— el gobierno argentino avaló la resolución de la ONU y el informe Bachelet, pero, por otro lado, resaltó que no reconoce a Juan Guaidó como “presidente interino”. Una jugada mediante la cual Washington y aliados buscaron sin éxito fracturar el estado venezolano y especialmente las fuerzas armadas, para iniciar desde allí un “cambio de régimen”, que incluía e incluye una intervención militar externa.

Además, la cancillería presidida por Felipe Solá se manifestó en contra de la declaración del Grupo de Lima posterior a la resolución de la ONU que, buscando ir más a fondo, reconoce nuevamente como mandatario interino al autoproclamado Juan Guaidó y pretende que los documentos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sirvan de prueba ante la Corte Penal Internacional (CPI). Argentina advirtió sobre el peligroso antecedente que representaría para la región una "intervención extra regional".

El gobierno argentino también rechazó, junto a muchos países, las sanciones económicas y el bloqueo de Estados Unidos, que produce estragos sociales en Venezuela. Esta política forma parte de la guerra económica desplegada por Washington en dicho país y en varias partes del mundo, afectando incluso a aliados. Constituye un frente central de la Guerra Mundial Híbrid actualmente en desarrollo y una de las “armas” preferidas por Donald Trump. A diferencia de los cuadros neoconservadores que son o fueron parte de su gobierno, Trump considera más efectiva y prefiere la guerra económica a través de sanciones y bloqueos o la guerra comercial, que la intervención armada directa. Aunque, en el caso de Venezuela, pueda inclinarse por ambas.

En este sentido, según detalló Andrew McCabe, ex director del FBI, en julio de 2017 en una reunión con funcionarios de inteligencia, Trump había dejado claro su posición frente al tema: “No entiendo por qué no estamos mirando a Venezuela. ¿Por qué no estamos en guerra con Venezuela? (…) Ellos tienen todo el petróleo y están en nuestra puerta de atrás”.

Más allá de las declaraciones, el accionar de su administración va en ese rumbo desde que asumió el poder en la Casa Blanca. El propio Consejero de Seguridad Nacional, el “halcón” neoconservador John Bolton, era uno de los principales impulsores de la intervención a través de argumentos “humanitarios”, aunque luego lo haya tratado de negar.

Complicaron dicha estrategia la falta de acompañamiento de Brasil (a pesar de la opinión de Jair Bolsonaro, más “trumpista” que varios militares de su gabinete), como también los intentos infructuosos por fracturar las fuerzas armadas venezolanas y la imposibilidad de generar un levantamiento civil de magnitud desde el cual avanzar con la estrategia de “cambio de régimen” a lo Irak o Libia (que terminaron en caos, guerra civil, muertos por millares y desastre humanitario).

También se debe mencionar que la poca legitimidad popular de la oposición más dura a Maduro (que impulsa la intervención extranjera en Venezuela) y el poderío militar de Caracas reforzado por el armamento ruso son, entre otras cuestiones, obstáculos importantes al plan para restablecer la hegemonía de Washington sobre el país con mayores reservas de petróleo del planeta y que además es parte del Caribe –considerado desde Alfred Thayer Mahan, el padre de la geopolítica estadounidense, el “mare nostrum” de Estados Unidos.

Las alianzas con Cuba, Irán y Rusia por parte del gobierno de Maduro y la gran presencia de China en dicho país, configuran un marco de alianzas de gran espesor que resulta difícil de desafiar para Estados Unidos. De hecho, eso quedó demostrado con la llegada a puertos venezolanos de buques iraníes para abastecer de combustible al país caribeño, a pesar del bloqueo económico y de las amenazas de Washington.   

En este marco, y de acuerdo a las fuerzas en pugna, la contradicción central que atraviesa Venezuela y la región es si la profunda crisis en que se encuentra se resuelve mediante mecanismos democráticos y la búsqueda de consensos básicos, para lo cual son fundamentales las elecciones convocadas en principio para el 6 de diciembre (aunque no hay acuerdo con esa fecha). O, por otro lado, si se avanza una intervención armada extranjera y la situación deviene en una guerra abierta como en Irak, Siria o Libia.

Washington y los aliados del grupo de Lima trabajan en esta segunda opción, aunque todavía sin resultados. Para éstos es central impedir las elecciones de diciembre o próximas, que las consideran un “fraude” bajo casi cualquier condición y en las cuales el sector opositor duro al que apoyan obtendría un muy resultado muy negativo. Buena parte de la oposición ha decidido participar de los comicios, aunque una figura central como Henrique Capriles, que estaba en negociaciones y había acordado, pidió su postergación debido a la situación de la Pandemia y en línea con la posición de la Unión Europea que considera que todavía no hay condiciones para una observación internacional independiente. En este escenario, como en varios otros, se ve la creciente fisura entre Bruselas y Washington.         

Lo que parece quedar claro es que, más allá de la discusión, de los Derechos Humanos, lo que prima en la discusión sobre Venezuela es la pura geopolítica. Y es en esta confusión donde las cuestiones se complican. Primero porque el discurso sobre los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho quedaron profundamente deslegitimados en la voz de ciertos actores, ya que se utiliza como argumento para desplegar las estrategias de “cambio de régimen” y guerra híbrida en aquellos países que tienen gobiernos no afines a sus intereses. Y en segundo lugar, porque en el escenario regional actual suena hasta cínico que algunos gobiernos acusen de violación de derechos humanos al gobierno de Venezuela. Basta mencionar los asesinatos y desapariciones diarias en Colombia y las sistemáticas violaciones a los derechos humanos de este aliando fundamental de Washington, que en lo que va de 2020 registró 227 líderes sociales asesinados, 10 familiares y 49 firmantes de la paz. O el golpe “duro” en Bolivia y las masacres y persecuciones que se sucedieron, que fue apoyado por Estados Unidos. A lo que podemos agregar la propia situación interna de la potencia norteamericana donde la violencia y el racismo policial, con sus asesinatos, son legitimados y reforzados por los discursos del propio poder ejecutivo.

Estos argumentos no invalidan, ni mucho menos, las investigaciones sobre violaciones a los derechos humanos y las resoluciones de la ONU. Pero sí hacen necesario separar éstas de su utilización política estratégica para justificar las intervenciones y la guerra, las cuales deben analizarse en relación a sus causas reales, a las contradicciones e intereses que hay en juego, más allá de las antinomias ideológicas que pretenden establecerse.

En otras palabras y refiriendo a otro caso paradigmático, se puede creer que la guerra de Irak fue para “liberar de la tiranía” al pueblo de este país, llevar la “democracia y la libertad” de acuerdo al modelo occidental e impedir el desarrollo de “armas de destrucción masiva” por parte del “régimen” de Saddam Husein que nunca se encontraron. O, por otro lado, se puede  leer a los propios hacedores de política del Pentágono y el Departamento de Estado y comprender que lo que estaba en juego en Irak era el control de la región del Golfo Pérsico y sus enormes reservas petroleras que alimentan el mercado mundial (y en donde tenían fuertes posiciones compañías francesas, alemanas y rusas).      

[La polémica del voto argentino]  

El voto argentino generó fuertes polémicas al interior del frente gobernante. Incluso significó la renuncia de Alicia Castro como embajadora de Rusia antes de su asunción como tal, por no compartir la política exterior del gobierno.

Las principales razones que emergen en la polémica interna señalan, en primer lugar, la debilidad del informe de Bachelet en el que se basa la resolución: se argumenta que está realizado a partir de testimonios opositores y de datos extraídos en redes sociales y que el mismo no fue realizado presencialmente en el país para constatar los hechos relatados.

En segundo lugar, se alega que la Argentina rompe con su histórica posición de no intervenir en asuntos internos, aunque desde el gobierno opinan que no lo están haciendo ya que no avalan una intervención.

En tercer lugar, y más en clave política y estratégica, se observa que Argentina estaría avalando una práctica que podría volvérsele en contra, especialmente ante el creciente intervencionismo en la región, en medio de un caos sistémico global y del desarrollo de una guerra mundial híbrida y fragmentada que avanza al compás del declive relativo de la otrora potencia hegemónica.

Una curiosidad poco mencionada es que, más allá de que obviamente desde Caracas se rechace la resolución de la ONU, en parte ven en esta algo conveniente dentro de su visión: el hecho de que se inste al oficialismo y a la oposición a buscar diálogos y consensos y a construir una salida por la vía democrática. Es justamente a lo que se oponen el Estados Unidos de Trump, el Grupo de Lima y aliados. Y allí algunas voces del gobierno intentan anotarse un punto observando que este voto permitiría mejorar las condiciones para los ejercicios de mediación, en sintonía con la posición del Grupo de Puebla y el Grupo de Contacto Internacional.    

Más allá de ciertas definiciones de Alberto Fernández y de la propia Cristina Fernández de Kirchner que se mencionó al principio, si tenemos en cuenta algunos de los argumentos aquí señalados, se podría decir llamó la atención que Argentina no se inclinara por la abstención, en línea con su historia y con la posición de México. Se especula con distintas variables explicativas.

La negociación del FMI es la primera que resalta. El gobierno comenzó una dura negociación con el organismo por el crédito de 44 mil millones de dólares otorgado al gobierno de la Alianza Cambiemos (PRO, UCR, CC), conducida por Mauricio Macri, con el objetivo de que esta fuerza política gane las elecciones del año pasado, como afirmó el flamante presidente del BID Claver Carone, una figura clave de Estados Unidos para la región. Las decisiones importantes del FMI deben contar con el 85% de los votos y Estados Unidos posee 16,5%, con lo cual nada puede definirse sin su consentimiento. Argentina se encuentra en plena corrida contra el peso y presiones devaluatorias, con pocas reservas en el banco central para batallar y busca tener contenido este frente.    

Por otro lado, también aparece como determinante la derrota de Argentina y aliados (como Chile y México) en el Banco Interamericano de Desarrollo. Trump impuso su candidato, rompiendo la tradición de que el BID sea encabezado por un latinoamericano y tomó el control de esa herramienta como parte de la puja contra la influencia regional de China y para disciplinar a gobiernos díscolos (extremando el monroísmo y la política del Gran Garrote), aunque eso sea a su vez un símbolo del declive relativo, como se analizó en otro artículo.   

También pesa el aislamiento político en el Cono Sur, una región en donde a nivel institucional el gobierno se encuentra casi sin aliados para desarrollar una política de mayor autonomía, teniendo en cuenta la debilidad propia. 

Por último, desde su asunción, el gobierno buscó como parte fundamental de su estrategia de inserción internacional establecer importantes acuerdos con la Unión Europea, fundamentalmente con Madrid, Berlín y París. Junto a estos países el gobierno forma parte del Grupo de Contacto Internacional que promueve una salida pacífica y democrática del conflicto. Esta alianza le permite moverse dentro del occidente geopolítico (a dónde empieza y termina el mundo para buena parte del “círculo rojo”) aprovechando sus fisuras y equilibrando la distancia con Washington. Y este voto en la ONU va en esa línea también, un poco por convicción y otro poco por “pragmatismo”.

Para finalizar, no se puede dejar de observar que nuevamente quedó completamente desdibujada la región, fracturada y con una débil voz propia en el concierto mundial. Se extrañan organismos como la UNASUR desde donde, como quedó demostrado en la Masacre de Pando en Bolivia o en el conflicto en la frontera entre Venezuela y Colombia, se podían resolver estos problemas desde posiciones más autónomas y realidades propias, buscando consensos y evitando quedar atrapados como América Latina en estrategias ajenas y coloniales.    

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