Mientras la cúpula sindical, encabezada por Héctor Daer y Gerardo Martínez, apuesta por mantener una vía de diálogo abierta con la Casa Rosada para amortiguar el impacto del ajuste en los gremios más poderosos, las bases y las regionales de la CGT estallaron en rechazo a lo que consideran una "entrega" de los derechos de los trabajadores. El malestar se traduce en un reclamo unificado: participar activamente de las reuniones políticas que lideran Máximo Kirchner, Sergio Massa y Axel Kicillof para definir la estrategia opositora.
Esta demanda de democracia interna choca de frente con la estrategia de la conducción nacional de la CGT, que prefiere negociar en bloque y evitar la dispersión de poder en manos de los sectores más radicalizados o alineados directamente con el kicillofismo. Los líderes de Azopardo temen que la irrupción de las bases en la discusión política fracture la central y diluya su capacidad de presión ante un Ejecutivo que se muestra inflexible en su programa económico.
En la vereda de enfrente, el triunvirato que busca ordenar al peronismo mira con desconfianza los movimientos de la central obrera. Para Máximo, Massa y Kicillof, los acuerdos tácticos de la cúpula cegetista con el "enemigo" libertario erosionan la legitimidad de cualquier frente de unidad y dificultan la construcción de una alternativa política sólida que logre interpelar a la sociedad. La desconfianza mutua paraliza cualquier avance significativo.
La parálisis en la conformación de una mesa de unidad peronista deja al descubierto la profundidad de la crisis de representación que atraviesa el movimiento. Sin un liderazgo unificado y con las estructuras sindicales divididas entre la negociación corporativa y la resistencia territorial, el peronismo se encamina a un escenario de fragmentación que solo beneficia al oficialismo. La falta de un programa común y la persistencia de las disputas de ego entre los dirigentes complican la posibilidad de articular una respuesta efectiva al modelo de Milei.
El desenlace de esta pulseada entre la cúpula cegetista, las bases y el liderazgo peronista definirá no solo el futuro del movimiento obrero, sino también las chances reales de la oposición de volver a ser competitiva en el corto plazo. Si prevalece la lógica de la negociación individual y el sálvese quien pueda, el peronismo corre el riesgo de quedar reducido a una expresión residual en el nuevo mapa político argentino. La unidad, hoy, parece una quimera.