La iniciativa, que endurece las sanciones e inhabilitaciones para las compañías petroleras y financieras que operen en las Islas Malvinas sin autorización del Estado argentino, encendió las alarmas de las corporaciones norteamericanas con activos en el Atlántico Sur. La advertencia formal transmitida por el diplomático estadounidense coloca un freno inesperado a la agenda legislativa promovida por el Ejecutivo. El temor a represalias sobre multinacionales de EE.UU. tensiona el vínculo bilateral en un momento de plena sintonía ideológica.
El foco de la inquietud transmitida desde la Casa Blanca radica en el alcance de las penalidades que impone el borrador. La propuesta prevé el embargo de activos, la cancelación de licencias para operar en el continente y la inhabilitación para ingresar al Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI) a toda corporación o fondo global que participe directa o indirectamente de la exploración hidrocarburífera otorgada por el gobierno ilegítimo de las islas. Landau remarcó que, si bien Washington "respeta el proceso legislativo de la gran nación argentina", su prioridad pasa por resguardar los intereses de sus empresas ante el riesgo de quedar atrapadas en un conflicto de jurisdicciones. El argumento norteamericano sobre la seguridad jurídica corporativa busca forzar modificaciones en el articulado antes de su dictamen en el Congreso. La presión del Departamento de Estado intenta evitar que grandes fondos de inversión con presencia local sufran bloqueos comerciales.
En los despachos de la Casa Rosada y el Palacio San Martín salieron rápidamente a bajarle el tono a las objeciones, calificándolas como una manifestación "obvia" de la diplomacia norteamericana pero descartando que impliquen una orden vinculante para dar marcha atrás. El propio Quirno ratificó ante el enviado de Rubio que la legislación vigente "no otorga las herramientas necesarias para frenar el despojo de recursos en Malvinas" y prometió que la ley no está dirigida contra "ninguna firma ni país en particular". Sin embargo, la dilación para conseguir dictamen en las comisiones de Diputados demuestra que el oficialismo recalibra la estrategia para evitar un cruce frontal con la administración republicana. La postura oficial de relativizar el freno de Washington busca resguardar el discurso de firmeza en la causa Malvinas. La búsqueda de un equilibrio sin costos diplomáticos empantana el tratamiento del proyecto en la Cámara baja.
Si el Gobierno nacional logra introducir retoques al texto para flexibilizar los plazos de adecuación de las empresas, podrá preservar el impulso político de la Ley de Soberanía sin resentir el vínculo con la Casa Blanca; de lo contrario, la intransigencia en el redactado arriesga un freno definitivo en el Congreso por el rechazo de los bloques aliados. El margen de negociación parlamentaria definirá la efectividad del nuevo marco punitivo.
En los próximos días, los asesores de la Cancillería y las comisiones de Relaciones Exteriores del Congreso mantendrán contactos con representantes corporativos para analizar cambios en los pliegos sancionatorios. La discusión por los recursos del Atlántico Sur seguirá marcando el pulso de la agenda exterior. El destino de la iniciativa sovereign ingresa en un terreno de alta sensibilidad diplomática.