En 2026, gran parte de Sudamérica convive con una unión ideológica que no se veía desde hace tiempo. Es curioso considerar este momento como algo novedoso; si nos adentramos en la historia sudamericana, sería lógico suponer que entre las naciones del mismo continente debería haber una unión política, económica y cultural funcional, ya que la mayoría —salvo Brasil— comparten la herencia hispánica y una gesta libertadora común, vinculada a figuras como San Martín o Simón Bolívar, quienes proyectaban una región integrada.
Sin embargo, esto no sucedió ni sucede. Una de las razones es que, desde que los países se emanciparon, aplican habitualmente una política individualista y no regional, que se suma a múltiples conflictos internos y territoriales que, a pesar del tiempo y la diplomacia, aún no se han solucionado, como, por ejemplo, la Guerra del Pacífico entre Chile y Bolivia. Esta fragmentación histórica explica por qué los momentos de sintonía regional son tan excepcionales.
El comienzo de un acercamiento ideológico
Un punto central es que, más allá de las diferencias entre los gobiernos de la región, el fuerte presidencialismo sigue marcando el rumbo de la política doméstica y exterior. Lo novedoso hoy es la coincidencia discursiva entre varios Poderes Ejecutivos: una convergencia que genera por ahora una unión ideológica, pero que podría derivar en alianzas económicas o políticas y, eventualmente, reconfigurar el sistema regional.
Esta ideología compartida de esta magnitud no se veía en el continente desde hace tiempo. Durante la primera década del siglo XXI, gobiernos como los de Evo Morales en Bolivia, Néstor Kirchner en Argentina y Hugo Chávez en Venezuela impulsaron una orientación progresista, basada en proyectos de integración regional y una menor dependencia de Estados Unidos.
Hoy sucede todo lo contrario. Gobiernos como los de Chile, Argentina, Bolivia y El Salvador, con sus particularidades locales, mantienen hoy una ideología similar respecto a la defensa del libre mercado y la propiedad privada, con un fuerte rechazo a la izquierda, tomando como modelo de economía y política a Estados Unidos.
La disputa entre China y Estados Unidos sobre América
Frente a esta nueva tendencia regional, Estados Unidos busca hoy mantener una participación clave en la política americana, retomando algunos principios asociados a la histórica Doctrina Monroe, resumida en la frase “América para los americanos”, frente a la intervención de potencias extrarregionales.
El principal contrapeso a este intento de hegemonía es el avance de China, específicamente en su creciente relación con Brasil durante el gobierno de Lula da Silva, fortalecida por la pertenencia de ambos al BRICS (que es una asociación político-económica internacional de economías emergentes). A diferencia de la influencia occidental, el interés chino sobre el continente es principalmente comercial, no teniendo como objetivo el acople a la cultura asiática
Sin embargo, ante la firme postura de Estados Unidos, cabe preguntarse: ¿logrará China superar el predominio económico estadounidense en toda la región o su gran peso seguirá concentrado principalmente en Brasil? Esta cuestión tendrá especial importancia en las próximas elecciones brasileñas de octubre, donde Lula se enfrentará al hijo del expresidente conservador Jair Bolsonaro.
¿Qué busca Estados Unidos?
Este renovado interés norteamericano se refleja con claridad en la Estrategia de Seguridad Nacional en 2025—el documento estratégico donde Washington define sus prioridades globales—: “Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, en nuestro hemisferio”.
Lo cierto es que Estados Unidos no busca solo mantenerse en la igualdad ideológica, sino que aclara en el documento que: “El hemisferio occidental alberga numerosos recursos estratégicos que Estados Unidos debería desarrollar en colaboración con sus aliados regionales para que tanto los países vecinos como el nuestro sean más prósperos”, evidenciando un trasfondo económico de la estrategia.
¿Qué debe hacer América Latina?
En conclusión, el continente americano mantiene recursos importantes para la negociación entre las potencias globales. Lo ideal sería que los países de la región puedan desarrollar por sus propios medios el uso y la explotación de sus recursos, como el litio.
Sin embargo, al carecer de la tecnología necesaria y de políticas productivas sostenidas, se vuelve a recurrir irremediablemente al apoyo de potencias que buscan satisfacer primero sus propios intereses, lo que genera una histórica desconfianza. Ante este escenario, la pregunta final queda abierta: ¿logrará la región comprender el valor de su posición estratégica para alcanzar autonomía y verdadero desarrollo económico, o continuará atrapada en el ya conocido ciclo de la dependencia?