El plan económico del oficialismo de cara al próximo año ratifica la paralización estructural de los proyectos de infraestructura financiados por el Estado nacional. En el marco de las proyecciones plasmadas para el diseño del Presupuesto 2027, el presidente Javier Milei ordenó rescindir el 70% de las obras públicas en ejecución que dependían del financiamiento central. La drástica medida se adoptó tras un relevamiento de la Secretaría de Obras Públicas, dejando sin efecto cientos de convenios que habían sido congelados al inicio de la gestión.
La poda presupuestaria afecta de manera directa a la Dirección Nacional de Vialidad, un organismo clave que sufre una profunda reestructuración institucional. De acuerdo con los lineamientos oficiales, la Casa Rosada dispuso dar de baja contratos viales por miles de millones de pesos destinados a la pavimentación, ensanche y bacheo de rutas nacionales. Esta desinversión total en mantenimiento preventivo enciende alarmas en los sectores productivos, dado el progresivo deterioro que exhiben las principales arterias de circulación de mercaderías del país.
Desde el Palacio de Hacienda argumentan que el freno absoluto a la obra pública es una pieza innegociable para sostener el superávit fiscal primario y erradicar el déficit. Los voceros gubernamentales sostienen que el modelo de obra pública estatal dio paso a un sistema de iniciativa privada, donde los consorcios particulares deberán asumir el riesgo y la financiación de los proyectos. Sin embargo, cámaras del sector de la construcción advierten que este esquema resulta inviable para caminos rurales o rutas de baja densidad vehicular que carecen de rentabilidad comercial inmediata.
El impacto federal de esta decisión profundiza el quiebre de los canales de diálogo con los mandatarios provinciales y los intendentes de todo el arco político. Las provincias se ven obligadas a financiar con recursos propios la infraestructura básica de agua, cloacas y accesos urbanos si pretenden que los proyectos no queden abandonados definitivamente. Aquellos distritos que carecen de espaldas financieras para asumir estos costos operativos ya registran una parálisis total en obras escolares, sanitarias y habitacionales de alta sensibilidad social.
La contrapartida laboral de este apagón constructivo se refleja en los preocupantes indicadores del empleo registrado de la construcción. El gremio de la UOCRA estima que la cancelación masiva de contratos públicos y privados ya provocó la pérdida de miles de puestos de trabajo directos e indirectos en el último año. El freno de la actividad no solo afecta a los obreros de calzada, sino que arrastra en su caída a las industrias satélites como la del cemento, el acero y el transporte de materiales pesados.
El Gobierno nacional mantiene firme su postura doctrinaria de que el Estado no debe actuar como un agente de dinamización económica a través de la infraestructura. Con la presentación formal de las metas fiscales, el Ejecutivo busca blindar las partidas de pago de deuda y clausurar de manera definitiva los históricos nichos de opacidad asociados a la licitación pública tradicional. El Presupuesto 2027 consolida una gestión despojada de funciones constructivas, donde la motosierra oficialista prioriza la disciplina de la caja por encima del hormigón.