El relevamiento sectorial confirma que la demanda de cortes vacunos en los comercios de cercanía experimentó una contracción sostenida que no encuentra piso. Esta devaluación de la dieta obliga a las familias a reemplazar la proteína animal por derivados de harinas de menor valor nutricional. La situación genera una honda preocupación en los eslabones productivos por la parálisis total de las ventas.
El centro de este preocupante diagnóstico comercial se localiza en los mostradores de los barrios del conurbano bonaerense y de las diferentes provincias de la República Argentina. Los números consolidados revelan de manera contundente que el consumo de carne cayó doce por ciento desde el mes de enero, marcando una de las marcas más bajas de las que se tenga registro estadístico en las últimas tres décadas del país.
Esta drástica caída en las compras minoristas, que los dueños de los establecimientos comerciales asocian de manera directa con los aumentos autorizados en las tarifas de los servicios esenciales, se tradujo en una alarmante estadística per cápita. Los analistas de la industria determinaron que los habitantes del país comen casi cinco kilos menos del producto vacuno si se realiza la comparación con el promedio alcanzado el año pasado.
Asimismo, la modificación forzada de las conductas de compra habituales de la sociedad alteró por completo las estrategias de comercialización de los carniceros tradicionales de barrio. Los comerciantes minoristas se ven obligados a eliminar los cortes más costosos de sus heladeras debido a la falta de rotación de la mercadería y a fraccionar las ventas en porciones mínimas para intentar capturar el escaso efectivo de la calle.
Por el lado de la cadena de ganados y carnes, los productores e industriales advierten que la parálisis del consumo interno ya produce serios cuellos de botella logísticos en los frigoríficos. Los directores de las principales plantas faenadoras sostienen en sus despachos corporativos que los costos de mantenimiento de las cámaras se volvieron inviables, al tiempo que el mercado exportador internacional no logra absorber la totalidad de los saldos sobrantes.
Ante este adverso panorama de recesión generalizada, el equipo económico del Palacio de Hacienda intenta minimizar la gravedad de la situación vinculando la baja con supuestos cambios de hábitos saludables. Sin embargo, los diagnósticos de los especialistas en nutrición alertan que el reemplazo de alimentos esenciales por harinas baratas provocará un severo incremento en los índices de malnutrición infantil en las barriadas más postergadas de la periferia.
Para concluir, el tobogán en el que se encuentra sumergido el mercado interno de la carne expone de manera cruda el verdadero costo social del programa de estabilización económica. Mientras los funcionarios celebran la calma cambiaria, el vaciamiento de las mesas familiares tradicionales demuestra que la tolerancia de los sectores asalariados se encuentra al límite antes de que aparezcan las postergadas señales de recuperación en los ingresos reales.