Para garantizar el atractivo de la licitación frente al complejo escenario local, la administración de Javier Milei estructuró un esquema de incentivos múltiples. El programa contempla un aporte estatal inicial no reembolsable de 110 millones de dólares que serán girados por la mayorista Cammesa mediante fondos extrapresupuestarios acumulados por exportaciones de energía. Además, los consorcios privados adjudicatarios contarán con la opción regulatoria de adherirse a los beneficios fiscales del RIGI y cobrar la inversión por hitos de obra específicos.
El componente de mayor solidez financiera se corporizó a través del respaldo directo de los organismos multilaterales de crédito. El proyecto incorpora una garantía en estructuración del BID por 200 millones de dólares, diseñada bajo estándares internacionales de project finance. El aporte del Banco Interamericano de Desarrollo tiene un peso institucional decisivo: al tratarse de un ente global, cualquier alteración contractual posterior por parte del Estado argentino activaría de forma automática cláusulas de default cruzado sobre el resto de las obligaciones soberanas.
En el plano geopolítico, la licitación reeditó la polémica restricción que bloquea el avance de las potencias de Oriente en áreas críticas de seguridad nacional. El pliego establece una estricta cláusula anti-China que prohíbe la postulación de empresas sujetas al control directo o indirecto de Estados soberanos. Aunque la medida veda el rol de contratistas principales u operadores a los gigantes corporativos estatales chinos, la normativa deja una hendija de negociación al permitir que intervengan únicamente bajo la modalidad de subcontratistas secundarios.
La ingeniería del pliego también introdujo filtros de transparencia sumamente severos que angostan de forma dramática el universo de oferentes domésticos. Los requisitos formales determinan que no podrán participar firmas con directores o accionistas procesados por supuestos delitos contra la administración pública. Esta condición, inédita para licitaciones de infraestructura en el país en las últimas tres décadas, busca apartar las viejas prácticas corporativas locales, garantizando un marco de competencia regido bajo estrictos parámetros de auditoría externa y arbitrajes internacionales en el exterior.
Finalmente, el resultado de AMBA I funcionará como el gran caso testigo de la gestión libertaria para el resto de la matriz energética federal. Esta obra, que prevé el tendido de 270 kilómetros de nuevas líneas de alta tensión para sumar 2.000 megavatios de capacidad, representa el primer paso de un plan estratégico mucho más ambicioso. La Casa Rosada proyecta un paquete total de 16 obras de transporte eléctrico que demandarán desembolsos superiores a los 6.600 millones de dólares, marcando el inicio de un recambio de infraestructura sin precedentes.