La decisión de Axel Kicillof de congelar las discusiones de la mesa bonaerense desató una ola de nerviosismo tanto en las filas de La Cámpora como en el búnker massista de Tigre. Los armadores platenses repiten ante cada interlocutor que la prioridad absoluta de la gestión debe enfocarse en blindar el territorio frente al ajuste nacional. Con esta premisa como escudo, el mandatario provincial instruyó a sus ministros de máxima confianza para que cancelen los encuentros informales de rosca política. Kicillof bajó la orden estricta de no responder los llamados provenientes de los operadores tradicionales.
En los despachos de la gobernación bonaerense manejan datos cualitativos que sostienen que el electorado independiente penaliza fuertes los alineamientos automáticos con el pasado. Los estrategas de La Plata evalúan que mostrarse pegado a las figuras de Cristina Kirchner y Sergio Massa reduce el techo de crecimiento por fuera del núcleo duro. La apuesta actual consiste en construir una identidad propia, de perfil netamente enfocado en la gestión bonaerense, sin intermediarios políticos. El gobernador busca nacionalizar su figura despegándose de los liderazgos que acumulan mayor imagen negativa.
La reacción del Instituto Patria ante el desplante bonaerense no tardó en manifestarse a través de fuertes reproches internos por la falta de organicidad de la conducción provincial. Cerca de la expresidenta consideran una falta de respeto táctica que se pretenda postergar el debate de la estrategia electoral hasta el próximo marzo. Advierten que el peronismo no puede permitirse el lujo de ingresar al año de elecciones legislativas con una parálisis organizativa de semejante magnitud. Los leales a Cristina amenazan con activar mecanismos de presión presupuestaria mediante los intendentes del conurbano.
Por su parte, Sergio Massa observa con desconfianza los movimientos del gobernador y mantiene activos sus propios canales de comunicación con los mandatarios del interior del país. El líder del Frente Renovador sospecha que la estrategia de postergación de Kicillof es una trampa temporal diseñada para licuar el peso de sus aliados renovadores. En las oficinas del massismo aseguran que no aceptarán una política de hechos consumados y exigen reglas claras de competencia interna de manera inmediata. Massa teje alianzas con gobernadores del PJ para condicionar el armado definitivo del gobernador.
A pesar de los focos de incendio que se encienden en su propio frente, Kicillof se mantiene firme en su plan de estirar los plazos al máximo posible. Sus armadores políticos confían en que el paso de los meses desgastará las posiciones más intransigentes de la interna partidaria por pura necesidad de supervivencia. La especulación principal es que, al llegar marzo, la necesidad de retener la provincia de Buenos Aires obligará a todos los sectores a confluir bajo sus condiciones. Patear la negociación le permite al gobernador ganar tiempo indispensable para consolidar su estructura territorial.
El desenlace de este juego de ajedrez político determinará si el peronismo logra reconfigurar un liderazgo competitivo o si se encamina hacia una fragmentación irreversible. Mientras la Casa Rosada observa con entusiasmo cómo la principal fuerza de oposición se desangra en disputas de cartel, la provincia de Buenos Aires sigue siendo el botín de guerra central. Los próximos meses serán testigos de una guerra fría donde el silencio y la distancia serán las armas más utilizadas por el mandatario provincial. La tregua forzada hasta marzo pondrá a prueba la resistencia de todo el ecosistema peronista.