El escenario político de la provincia de Córdoba ingresó en una fase de fuerte despliegue de gestión con la mira puesta en el mediano plazo institucional. El gobernador Martín Llaryora anunció un masivo plan de obras públicas por un monto total de 130.000 millones de pesos destinado exclusivamente a la ciudad de Córdoba. La multimillonaria inyección de recursos materiales busca blindar el control político sobre el principal distrito electoral de la provincia, aceitando los motores de la militancia y consolidando el respaldo ciudadano en un territorio clave que el mandatario necesita retener para garantizar su sustentabilidad política y sus aspiraciones de reelección.
El programa de infraestructura urbana contempla un abanico de intervenciones civiles de gran envergadura diseñadas para generar un impacto visual inmediato en el humor social de las barriadas. El pliego técnico prevé la pavimentación masiva de avenidas conectoras, la extensión de redes de agua potable y cloacas en asentamientos vulnerables, y la modernización de los corredores comerciales mediante luminarias LED de última generación. De esta manera, el gobierno provincial busca exhibir una fuerte capacidad de ejecución material en momentos donde la recesión del consumo interno golpea de forma severa la recaudación impositiva y el empleo en los municipios del interior.
Para los estrategas del oficialismo cordobés, la reactivación de la obra pública a gran escala representa la principal carta de presentación para neutralizar el avance territorial de las fuerzas de la centroderecha nacional. En la mesa de comando de Hacemos Unidos por Córdoba leen que mantener el control de la Capital es un requisito indispensable para frenar el armado electoral de La Libertad Avanza y el PRO de cara al armado de listas del año próximo. La fuerte presencia del Estado provincial en las calles de la ciudad del Suquía opera como un potente dique de contención contra el discurso de la austeridad fiscal que promueve la Casa Rosada.
Por otra parte, la magnitud del desembolso financiero otorgado a la intendencia que conduce Daniel Passerini reactivó de forma subterránea los recelos y reclamos de las intendencias del interior provincial. Jefes comunales del radicalismo y de los bloques vecinalistas manifestaron su preocupación por el sesgo centralista en la asignación de las partidas presupuestarias extraordinarias de la provincia. Los alcaldes periféricos argumentan que el ahogo fiscal derivado de la quita de los subsidios nacionales al transporte y la obra pública también asfixia a sus comunidades, exigiendo una distribución más equitativa y federal de la masa de fondos disponibles.
Sin embargo, el equipo económico que acompaña al mandatario provincial defendió la sustentabilidad del plan argumentando que los dólares están respaldados por una rigurosa administración de los recursos fiscales propios y el ordenamiento de la deuda soberana cordobesa. Los funcionarios de la gestión central destacan que, a diferencia de lo que ocurre en la provincia de Buenos Aires bajo la órbita de Axel Kicillof, Córdoba conserva plena autonomía financiera para emitir letras o financiar proyectos de capital intensivo sin arrodillarse ante las ventanillas de Buenos Aires. El éxito de estas obras se transformará en la principal palanca para el despliegue del modelo cordobés a nivel nacional.
En conclusión, el millonario plan de obras públicas en Córdoba Capital marca el inicio formal de la ingeniería electoral del llaryorismo para revalidar sus títulos de gestión en el centro productivo de la República. La velocidad con la que las constructoras logren volcar el asfalto y habilitar los servicios esenciales dictará el margen de éxito del oficialismo frente al humor social de una clase media marcadamente exigente. De mantenerse el ritmo de ejecución de las cuadrillas en los próximos trimestres, Llaryora logrará blindar su principal bastión electoral, plantando una bandera de previsibilidad legal y física frente a la incertidumbre del programa económico central.