El violento episodio registrado en las inmediaciones del barrio El Mercadito desnudó la cruda realidad de una ciudad que se desangra ante la completa inacción de la intendencia platense. Los efectivos de la fuerza de seguridad bonaerense que intentaron ingresar a la zona para un operativo de rutina fueron recibidos con una descarga brutal de proyectiles, pedradas y disparos de armas de fuego de grueso calibre. Lejos de ser un hecho aislado, la balacera ratifica la alarmante proliferación de búnkeres y organizaciones criminales que operan con total impunidad en las barriadas periféricas.
La respuesta de los uniformados, obligados a repeler la agresión con munición de estruendo y gases químicos, convirtió las esquinas del barrio en una trinchera urbana que desató el terror entre los habitantes desprotegidos. La gravedad de la situación dejó en ridículo las promesas de campaña de la gestión peronista, que prometía una "reconstrucción" de la capital provincial que en los hechos se tradujo en abandono estatal y retirada de los corredores seguros. Los patrulleros locales brillaron por su ausencia mientras la policía provincial se batía en retirada ante la supremacía táctica de los delincuentes.
Desde los sectores de la oposición local salieron a cruzar con dureza al jefe comunal, acusándolo de subejecutar sistemáticamente las partidas presupuestarias destinadas a los centros de monitoreo y la adquisición de cámaras de vigilancia. Los vecinos de la periferia platense denuncian que las calles de tierra carecen de luminarias básicas, convirtiendo los accesos al barrio en bocas de lobo ideales para las emboscadas cotidianas. La desconexión del Ejecutivo municipal con el mapa del delito local es tan evidente que los operativos preventivos se reducen al casco urbano, olvidando el cordón profundo.
El desmadre en El Mercadito es el síntoma más feroz de un municipio que ha perdido el monopolio de la fuerza en los barrios, donde el orden lo imponen los transas de la zona. Mientras los platenses padecen entraderas mortales y robos a mano armada en cada parada de colectivos, los despachos oficiales de la calle 12 se concentran en la burocracia militante y la agenda cosmética. El descontento de la tropa policial con la coordinación municipal es un secreto a voces que paraliza las tareas conjuntas de saturación en los puntos calientes.
Con las tasas de criminalidad en franco ascenso y una periferia que se levanta en armas contra el uniforme, el futuro de la seguridad platense asoma sumamente sombrío si Alak no da un giro drástico de 180 grados en su política de contención. La paciencia de la sociedad civil se encuentra totalmente agotada y cada enfrentamiento acerca a la comunidad a una tragedia de dimensiones incontrolables. El intendente deberá elegir entre seguir gestionando desde la comodidad del escritorio o asumir la responsabilidad política de pacificar un territorio que hoy gobiernan las balas.