El peronismo de la provincia de Buenos Aires transita una jornada de altísima significación histórica bajo el signo de una división interna que ya resulta imposible de disimular ante la militancia. Al cumplirse este sábado 25 de julio un nuevo aniversario del fallecimiento de Evita, las principales estructuras del movimiento decidieron esquivar cualquier tipo de convocatoria unificada. La decisión de las cúpulas partidarias dejó en evidencia que las diferencias estratégicas y metodológicas pesaron más que la liturgia aglutinadora, cancelando de raíz la posibilidad de un reencuentro institucional.
La atención política de la jornada estará dividida en dos escenarios geográficos marcadamente distanciados que reflejan la fisonomía de la disputa territorial. Por un lado, el gobernador Axel Kicillof encabezará un homenaje central en el partido de San Vicente, acompañado por un nutrido grupo de intendentes del conurbano y dirigentes sindicales que respaldan su armado soberano. Casi en simultáneo, el diputado nacional y presidente del PJ provincial, Máximo Kirchner, liderará un encuentro propio en otra localidad, rodeado por la militancia orgánica de La Cámpora y legisladores de su riñón.
La falta de una foto conjunta en una fecha tan cara al sentimiento justicialista expone el nivel de parálisis que afecta a la conducción partidaria. Desde el entorno del mandatario provincial argumentan que es necesario dotar al espacio de una identidad renovada y con fuerte anclaje territorial para hacer frente al modelo libertario de la Casa Rosada. En la vereda de enfrente, el sector alineado con el kirchnerismo duro reclama una mayor discusión interna respecto a las banderas históricas, acusando al kicillofismo de acelerar una discusión de candidaturas totalmente a destiempo.
Este distanciamiento explícito se produce, además, en medio de una creciente tensión legislativa y fiscal en la legislatura platense, donde cada sector cuida sus propios recursos con recelo. Las espadas políticas de ambos campamentos vienen cruzando reproches subterráneos por el reparto de cargos en los organismos de control y la estrategia parlamentaria frente a las iniciativas oficiales. La desconfianza mutua paralizó los canales de diálogo tradicionales, trasladando la pulseada por la conducción del peronismo del futuro directo a los escenarios públicos y las declaraciones de los intendentes.
Lejos de tratarse de una simple disputa de cartelera por el protagonismo del escenario, lo que se debate de fondo es el liderazgo del peronismo con vistas a las elecciones legislativas del año que viene. Los jefes comunales que orbitan cerca del gobernador bonaerense presionan de manera abierta para romper la hegemonía de La Cámpora en el armado de listas seccionales y municipales. Por su parte, la agrupación liderada por Máximo Kirchner se planta en su derecho a vetar cualquier estrategia electoral que intente jubilar o desplazar la centralidad política de Cristina Fernández de Kirchner.
La jornada de homenajes cerrará así de forma fragmentada, dejando un sabor amargo entre las bases que exigen señales claras de unidad para enfrentar la crisis económica actual. Los analistas coinciden en que este sábado funcionará como un termómetro preciso del nivel de fractura real que arrastra la provincia de Buenos Aires. Sin una tregua a la vista ni una mesa de conducción integrada, el Partido Justicialista bonaerense inicia la segunda mitad del año sumergido en una guerra fría interna cuyas consecuencias institucionales aún son difíciles de mensurar.