La guerra comercial que impulsa Estados Unidos entró este viernes en una nueva etapa con impacto directo sobre el comercio global. Desde hoy rige el esquema de aranceles de entre 10% y 12,5% que el Gobierno de Donald Trump aplicó a unas sesenta economías, un paquete que reemplaza al arancel global temporal del 10% que Washington había fijado por un plazo máximo de 150 días y que expiraba en esta fecha. La medida reordena el mapa del comercio internacional y coloca a la Argentina en una posición relativamente favorable dentro de un cuadro adverso.
La Argentina quedó incluida en el grupo de países alcanzados con la alícuota más baja, del 10%. El país fue ubicado en ese escalón porque cuenta con normas destinadas a combatir el trabajo forzoso, uno de los criterios que la administración estadounidense utilizó para diferenciar a los socios comerciales, según la justificación oficial de la Casa Blanca. La tasa mínima representa un dato positivo en términos relativos, aunque no exime a las exportaciones argentinas del nuevo costo de acceso al mercado norteamericano.
El contraste más fuerte se da con Brasil. El principal socio del Mercosur recibió un arancel del 25% sobre la mayoría de sus productos, tras una investigación estadounidense que alegó prácticas comerciales desleales. La brecha entre el 10% argentino y el 25% brasileño no es solo una diferencia numérica: abre un interrogante concreto sobre qué hará Brasil con la producción que le resulte más difícil colocar en Estados Unidos, y si parte de esa oferta buscará redirigirse hacia mercados vecinos como el argentino. Esa posibilidad encendió las alertas en algunos sectores productivos locales.
El riesgo para la industria argentina es la llegada de productos brasileños desviados del mercado estadounidense. Si los exportadores del país vecino, golpeados por el arancel del 25%, buscan colocar sus excedentes en la región, la Argentina podría enfrentar una mayor competencia importada en rubros sensibles. Los analistas advierten que ese eventual desvío comercial podría afectar a sectores de la economía argentina que ya operan bajo presión, en un contexto de apertura y de atraso cambiario que reduce el margen de la industria local para competir. El impacto indirecto preocupa tanto como el arancel directo.
La medida se inscribe en la ofensiva proteccionista que caracteriza a la administración estadounidense. Con la excusa de combatir el trabajo forzoso y las prácticas desleales, Washington reconfiguró su política arancelaria y la convirtió en una herramienta de presión geopolítica y comercial. La decisión de escalonar los aranceles según criterios que combinan lo económico con lo político le permite a Estados Unidos premiar a unos socios y castigar a otros, en un esquema que rompe con las reglas multilaterales del comercio y privilegia la negociación bilateral. La Argentina, por ahora, quedó del lado favorable de esa lógica.
Para el Gobierno de Javier Milei, el resultado tiene una lectura política. La ubicación del país en el escalón más bajo de aranceles es presentada por el oficialismo como un fruto del alineamiento con Estados Unidos que la Casa Rosada convirtió en marca de su política exterior. El mileísmo interpreta la tasa mínima como una recompensa a su estrategia de acercamiento a Washington, aunque los efectos concretos sobre las exportaciones y sobre la competencia importada todavía están por verse. La foto favorable convive con la incertidumbre sobre las consecuencias.
En el plano regional, el golpe a Brasil complica la coordinación dentro del Mercosur. El bloque, ya atravesado por tensiones internas, enfrenta ahora un escenario en el que sus dos principales socios reciben tratamientos comerciales muy distintos por parte de Estados Unidos. La diferencia de aranceles entre la Argentina y Brasil podría profundizar las asimetrías dentro del Mercosur y dificultar una respuesta común frente a la ofensiva de Washington, en un momento en que el bloque debate su propia estrategia de inserción internacional. La unidad regional queda otra vez a prueba.
Los especialistas en comercio exterior remarcan que el efecto final dependerá de cómo se acomode el tablero en los próximos meses. La reorientación de flujos comerciales, las eventuales represalias y las negociaciones bilaterales que se abran a partir de ahora definirán el verdadero alcance de la medida. Lo que hoy aparece como una ventaja relativa para la Argentina podría relativizarse si el desvío de la producción brasileña presiona sobre el mercado interno o si la escalada proteccionista se profundiza y alcanza a más rubros. El escenario está lejos de estar cerrado.
El impacto sobre los precios internos es una de las variables a seguir. Si la producción brasileña busca colocarse en el mercado argentino, la mayor oferta podría presionar a la baja algunos precios, un efecto que beneficiaría al consumidor pero que golpearía a los productores locales que compiten con esos bienes. La tensión entre el interés del consumidor, que se favorece con productos más baratos, y el de la industria nacional, que reclama protección frente a la competencia importada, es el dilema clásico que reabre cualquier apertura comercial. El Gobierno deberá administrar ese equilibrio en un año sensible.
El sector agroexportador argentino observa el escenario con expectativas encontradas. Por un lado, la tasa más baja mejora la posición competitiva de los productos nacionales en el mercado estadounidense; por otro, la incertidumbre global y la eventual guerra de represalias podrían enrarecer el comercio de commodities del que depende buena parte de las divisas del país. La agroexportación, principal fuente de dólares de la Argentina, queda expuesta a un escenario internacional más volátil, en el que las decisiones de las grandes potencias comerciales pesan más que cualquier política local. El campo mira el tablero global con cautela.
La reconfiguración del comercio mundial plantea, además, un desafío de política exterior. La Argentina deberá decidir cómo posicionarse en un mundo cada vez más fragmentado en bloques, entre el alineamiento con Estados Unidos que impulsa el Gobierno y la pertenencia al Mercosur que la une a Brasil. La diferencia de trato que Washington aplica a los dos socios del bloque tensiona esa ecuación y obliga a la diplomacia argentina a navegar entre lealtades que no siempre coinciden. El equilibrio geopolítico será una de las claves del período.
Lo que quedó claro con la entrada en vigencia del nuevo esquema es que el comercio global ingresó en una fase de mayor incertidumbre y fragmentación. La Argentina llega a esa etapa con la tasa más baja del paquete, pero expuesta a los efectos colaterales del castigo a Brasil y a las turbulencias de una guerra comercial que Washington relanza sin previsión de horizonte. El semestre económico se abre con una variable externa más para monitorear.