Máximo pide a Cristina candidata y La Cámpora compara a Kicillof con Vandor mientras el peronismo se parte - Política y Medios
24-07-2026 - Edición Nº6748

INTERNA

Máximo pide a Cristina candidata y La Cámpora compara a Kicillof con Vandor mientras el peronismo se parte

12:20 |El jefe de La Cámpora desafió el proyecto presidencial del gobernador bonaerense y reclamó que la expresidenta encabece la boleta en 2027. En el kicillofismo lo acusan de radicalizar una interna que, sin propuestas de fondo, le deja el terreno servido a Milei.

La interna del peronismo entró en una fase de ruptura abierta y ninguno de los dos bandos parece dispuesto a ceder. Máximo Kirchner, jefe de La Cámpora, desafió públicamente el proyecto presidencial de Axel Kicillof y reclamó que Cristina Fernández de Kirchner encabece la candidatura peronista en 2027, en un movimiento que profundizó la fractura que atraviesa al principal espacio opositor. El gesto dejó en claro que el kirchnerismo duro no está dispuesto a aceptar el liderazgo nacional del gobernador bonaerense sin dar pelea.

La escalada verbal alcanzó un punto simbólico cuando en el entorno de La Cámpora empezaron a comparar a Kicillof con Augusto Vandor, el dirigente sindical que en los años sesenta encarnó el intento de construir un "peronismo sin Perón". La analogía no es inocente: para el cristinismo, Kicillof estaría buscando armar un kirchnerismo sin Cristina, capitalizar la estructura y la marca del espacio pero desplazando a la conductora que le dio origen. La acusación, cargada de historia partidaria, funciona como una condena política dentro del universo peronista.

En el kicillofismo devuelven el reproche con la misma dureza. Desde el entorno del gobernador acusan a La Cámpora de radicalizar una interna sin sentido, de impulsar una candidatura inviable y de anteponer la lealtad a la conductora por sobre cualquier estrategia electoral realista. El argumento del kicillofismo es que exigir la candidatura de una dirigente con una condena firme y una inhabilitación perpetua equivale a militar la derrota, a construir una campaña alrededor de una consigna que no puede traducirse en votos. La discusión, así, gira en el vacío.

El trasfondo del enfrentamiento es la situación judicial de Cristina Kirchner. La expresidenta cumple una condena a seis años de prisión en la causa Vialidad, en la modalidad de prisión domiciliaria, y tiene una inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. La Cámpora presenta esa situación como una "proscripción" y quiere convertir el reclamo por su libertad en el eje de la campaña opositora, mientras que en el kicillofismo advierten que atarse a esa bandera condena al peronismo a discutir el pasado en lugar de ofrecer un futuro. El diagnóstico sobre la propia candidata divide al espacio en dos mitades irreconciliables.

La disputa no es solo por nombres sino por el control del aparato. En las últimas semanas, la pelea se agudizó por la organización territorial en la provincia de Buenos Aires, donde Kicillof avanza en la construcción de su propia estructura de poder al margen de las directivas del cristinismo. Cada intendencia, cada lista y cada cargo se transformó en un campo de batalla entre los dos sectores, en una guerra de aparatos que consume la energía del peronismo mientras el Gobierno nacional avanza con su agenda. La interna se comió la estrategia.

Los analistas que siguen al peronismo coinciden en un punto: la pelea carece de contenido programático. Ni el sector que responde a Cristina y Máximo ni el que encabeza Kicillof pusieron sobre la mesa una propuesta económica o social capaz de disputarle el electorado a Milei. La discusión se agota en la pregunta de quién conduce, sin que aparezca un solo debate de fondo sobre cómo se sale de la crisis, qué modelo se ofrece o cómo se recompone el vínculo con una sociedad que le dio la espalda al peronismo en 2023. Esa ausencia es la que más preocupa a los dirigentes que miran la escena desde afuera de la grieta interna.

El costo de la fractura tiene destinatario. Cada semana que el peronismo dedica a su guerra intestina es una semana que el oficialismo aprovecha para ordenar su propia agenda y mostrarse como la única fuerza con rumbo. Dirigentes peronistas que no responden a ninguno de los dos bandos advierten que la interna, lejos de fortalecer al espacio, lo debilita y le regala al Gobierno el argumento de que la oposición no tiene nada para ofrecer más que su propia pelea. La autodestrucción, señalan, es el peor servicio que el peronismo puede prestarse en un año electoral.

La posibilidad de competir con listas separadas empezó a ganar terreno como salida a la parálisis. Ante la imposibilidad de acordar una conducción común, algunos sectores especulan con que cada espacio presente su propia oferta y deje que las urnas diriman la interna. Esa alternativa, que hace unos meses parecía impensada, hoy se discute con naturalidad, y su sola existencia mide la profundidad de una ruptura que ya no encuentra puntos de contacto. El peronismo se acerca a la elección más fragmentado que nunca.

La disputa por la provincia de Buenos Aires es el epicentro del conflicto. El principal distrito del país concentra la mayor cantidad de votos y de estructura territorial, y quien controle el aparato bonaerense tendrá una ventaja decisiva en la pelea por la conducción nacional del peronismo. La construcción de poder propio que encara Kicillof en el territorio bonaerense es leída por La Cámpora como un desafío directo a la hegemonía que el cristinismo ejerció durante años sobre el conurbano, y por eso cada movimiento en la provincia recrudece la interna. El mapa bonaerense es el verdadero campo de batalla.

Los intendentes del conurbano quedaron en el medio de la pelea y deben elegir sus alineamientos con cautela. Muchos de ellos construyeron su poder territorial bajo el paraguas del kirchnerismo, pero observan con pragmatismo el crecimiento de Kicillof como posible sucesor, sin querer romper con ninguno de los dos sectores antes de tiempo. La ambigüedad de buena parte de los intendentes, que evitan definirse mientras miden hacia dónde se inclina la balanza, es un síntoma de una interna cuyo desenlace nadie se anima a anticipar. El territorio se mueve al ritmo de esa indefinición.

La ausencia de un liderazgo capaz de ordenar al conjunto agrava la crisis. Sin la conducción incuestionable que Cristina Kirchner supo ejercer, el peronismo quedó sin un árbitro que dirima las disputas internas, y cada sector reclama para sí la representación del espacio. La fragmentación del liderazgo dejó al peronismo sin un mecanismo interno para procesar sus diferencias, lo que transforma cada desacuerdo en una batalla abierta sin instancias de resolución. La orfandad de conducción es el trasfondo de toda la crisis.

Lo que está en juego excede a Cristina, a Máximo y a Kicillof. La interna define si el peronismo llega a 2027 como una alternativa de poder o como un archipiélago de facciones enfrentadas. La comparación con Vandor, el reclamo por la candidatura de Cristina y la construcción paralela de Kicillof son las tres caras de una misma crisis: la de un espacio que discute quién manda sin haber resuelto qué propone. Y mientras esa discusión no se salde, el terreno queda servido para el oficialismo.

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