El fin del Mundial devolvió la política argentina a su cauce habitual y, con ella, quedó otra vez a la vista la interna que corroe al peronismo. La fuerza opositora encara la segunda mitad del año con un desafío que sus propios dirigentes admiten en voz baja: evitar que la reorganización se transforme en autodestrucción. El espacio que gobernó el país hasta 2023 sigue sin resolver quién lo conduce, y ese vacío se volvió el problema central de su presente. La discusión, lejos de ordenarse, se recalienta.
El diagnóstico que circula en el propio peronismo es descarnado. Después de tres años fuera de la Casa Rosada, los únicos acuerdos que sostienen al espacio son de gestión y circunstanciales, sin un proyecto común que articule a las distintas vertientes. Las internas y los conflictos cruzados trastocaron el proceso de reordenamiento que la fuerza tenía por delante cuando dejó el poder. La oposición más numerosa del país llega al tramo decisivo del año sin una hoja de ruta compartida ni un liderazgo reconocido por todos. La consecuencia es una parálisis que el oficialismo observa con comodidad.
El epicentro del conflicto está en la provincia de Buenos Aires, donde reside cerca del 40% del padrón electoral nacional y donde conviven las dos figuras que más mueven el amperímetro del peronismo: Cristina Kirchner y Axel Kicillof. La relación entre ambos sectores atraviesa su peor momento. En el cristinismo sostienen que el gobernador busca construir un "kirchnerismo sin Cristina", que no pide el apoyo de la ex presidenta ni de su entorno y que apuesta a un armado propio. La sospecha mutua se transformó en la regla del vínculo: cada gesto de autonomía de Kicillof se lee como una traición, y cada reclamo del cristinismo, como un intento de tutela. El resultado es una pulseada permanente que bloquea cualquier acuerdo.
En ese escenario, la figura de Sergio Massa reaparece como un potencial punto de equilibrio. El líder del Frente Renovador nunca dejó de estar activo, más allá de su bajo perfil mediático, y juega fuerte para que la coalición no se rompa en mil pedazos. Su nombre da vueltas en el universo peronista como eventual articulador entre las distintas corrientes, e incluso como posible candidato presidencial capaz de sintetizar lo que hoy aparece fragmentado. Massa apuesta a ubicarse en el centro de una mesa que nadie más logra armar, consciente de que el que ordene la interna quedará mejor posicionado hacia 2027. Por ahora, ese lugar de síntesis sigue vacante.
La disputa bonaerense no es un dato menor para el conjunto del país. La provincia funciona como caja de resonancia de la interna nacional, y lo que allí se defina condicionará el armado peronista en todos los distritos. La pelea por el calendario electoral, por las candidaturas y por la conducción del aparato territorial se entrelaza en una sola trama. En el distrito que define las elecciones, el peronismo dedica más energía a disputarse entre sí que a construir una alternativa frente al Gobierno. La escena se repite con matices en el resto del país.
Analistas que siguen al peronismo advierten que la interna llega en el peor momento posible, cuando el oficialismo intenta relanzar su agenda y capitalizar el clima favorable que dejó el Mundial. Mientras La Libertad Avanza avanza con su paquete de reformas, la principal fuerza opositora aparece ocupada en su propia guerra de aparatos, incapaz de ofrecer una respuesta común. La paradoja es cruel: el peronismo tiene enfrente a un gobierno con proyectos frenados en el Congreso, pero no logra aprovechar esa debilidad porque está enredado en su propia disputa. El terreno que deja libre lo ocupa, por default, el oficialismo.
La reorganización que el espacio se prometió al dejar el poder sigue siendo una asignatura pendiente. Los llamados a la unidad se multiplican en declaraciones públicas, pero chocan una y otra vez con la desconfianza entre los sectores. Ni el cristinismo ni el kicillofismo parecen dispuestos a ceder el liderazgo, y cada intento de acercamiento naufraga antes de concretarse. La unidad se invoca como consigna en los actos y se niega en la práctica cotidiana de la interna. Esa distancia entre el discurso y los hechos define el momento del peronismo.
El segundo semestre pondrá a prueba la frágil convivencia. La discusión sobre las candidaturas de 2027, el tratamiento del Presupuesto y la definición de los calendarios electorales provinciales obligarán a los distintos sectores a sentarse a negociar, aunque las condiciones no invitan al optimismo. Sin un proyecto común ni un conductor reconocido, el peronismo afronta los próximos meses con el riesgo de profundizar la fractura que hoy lo paraliza. El Mundial terminó; la interna, en cambio, recién retoma su temporada.