El Palacio de Hacienda recibió una bocanada de aire fresco clave tras la difusión simultánea de los indicadores de inflación correspondientes al último mes. El índice doméstico medido por el INDEC ratificó la consolidación del sendero a la baja de los precios minoristas, acercándose paulatinamente a la ambiciosa meta oficial del uno por ciento mensual que el presidente Javier Milei estableció como condición prioritaria para el inicio de la flexibilización de los controles cambiarios.
La sorpresa positiva del ámbito local estuvo plenamente traccionada por el desplome de la inflación núcleo y la estabilidad de los bienes de consumo masivo en las grandes cadenas de supermercados. El ministro de Economía defendió ante empresarios que este resultado es la consecuencia directa del férreo ordenamiento fiscal y la total parálisis de la emisión de pesos implementada por el Banco Central, desactivando de forma empírica los pronósticos privados que auguraban un inevitable rebote estacional de precios.
En sintonía con las novedades locales, los números reportados desde Washington aportaron un elemento central para la estrategia de endeudamiento y colocación de activos argentinos. La inflación estadounidense marcó registros menores a los previstos, factor que incrementa fuertemente las expectativas globales respecto de una inminente baja de tasas de interés por parte de la Reserva Federal (Fed), permitiendo una retracción del valor global del dólar a nivel internacional.
Para los estrategas financieros de Balcarce 50, el debilitamiento de la moneda estadounidense representa un beneficio doble porque impulsa de manera indirecta el valor de las materias primas agroexportadoras argentinas y presiona hacia abajo la cotización del riesgo país. Esta mejora en las condiciones externas le concede al Gobierno un margen de maniobra superior para encarar las negociaciones pendientes con el Fondo Monetario Internacional (FMI) con miras a la obtención de nuevos desembolsos de capital.
El doble festejo estadístico desarma transitoriamente los reclamos corporativos que exigían devaluar la moneda oficial para sostener la competitividad comercial. Sostenido sobre la contundencia de los datos macroeconómicos cruzados, el oficialismo se prepara para profundizar el torniquete monetario en el Congreso, confiando en que la paulatina caída del costo de vida comience a trasladarse a los alicaídos indicadores de consumo y valide socialmente el severo plan de ortodoxia económica.