El Mercosur atraviesa uno de sus momentos de mayor tensión interna, con Brasil como epicentro de una disputa que combina aranceles, política doméstica y la vieja pregunta sobre el futuro del bloque. El detonante fue una propuesta de Flávio Bolsonaro, que envió un documento a la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos en el que defendió que Brasil se libere de las "amarras" del Mercosur y negocie por su cuenta acuerdos comerciales con terceros países. La iniciativa reabrió el debate sobre si los socios del bloque pueden avanzar en tratados bilaterales sin el consenso del resto.
La reacción del presidente Luiz Inácio Lula da Silva fue inmediata y furibunda. El mandatario brasileño calificó a la familia Bolsonaro de "traidores de la patria" y afirmó que es inaceptable que quieran someter a Brasil a los intereses de Estados Unidos, según reprodujeron Infobae y CNN Chile. Lula convirtió una discusión comercial en una acusación de deslealtad nacional, elevando la temperatura de un conflicto que ya excede lo económico.
El trasfondo es un choque arancelario de fondo. Estados Unidos planea imponer nuevos gravámenes sobre las importaciones brasileñas y ubicó al 15 de julio como fecha límite para oficializar la medida. Washington enumeró seis puntos en los que considera que se ve perjudicado por Brasil: el comercio digital, los aranceles preferenciales a terceros países, la lucha contra la corrupción, la protección de la propiedad intelectual, el acceso al mercado del etanol y la deforestación ilegal. La lista de reclamos estadounidenses funciona como una presión directa sobre la política comercial y ambiental brasileña.
Para desactivar el conflicto, se prepara una nueva reunión de alto nivel antes del 15 de julio, con el objetivo de evitar que los aranceles entren en vigor. La negociación se da en un clima enrarecido por la interna política brasileña, en la que el bolsonarismo intenta capitalizar el vínculo con Estados Unidos mientras Lula defiende la autonomía del Mercosur. El calendario apremia y cada día que pasa sin acuerdo acerca a Brasil a un golpe arancelario de consecuencias regionales.
La disputa brasileña tiene un correlato directo en la política argentina. Brasil ya había advertido que el acuerdo comercial que Argentina negocia con Estados Unidos podría tensar al Mercosur, en la medida en que un socio avance en tratados bilaterales que erosionen el arancel externo común del bloque. La estrategia de Javier Milei de acercarse a Washington reproduce, del lado argentino, la misma lógica que Lula reprocha a los Bolsonaro. El conflicto expone que el Mercosur está atravesado por dos visiones incompatibles: la que defiende el bloque como unidad y la que lo ve como una atadura.
Analistas de comercio internacional señalan que el episodio marca un punto de inflexión para el Mercosur. El bloque, diseñado para negociar en conjunto frente al mundo, enfrenta la presión de socios que prefieren acuerdos bilaterales a la medida de sus intereses. Si Brasil o Argentina avanzan por separado, el arancel externo común —la base misma del Mercosur— quedaría vaciado de contenido. La discusión ya no es sobre un arancel puntual, sino sobre si el bloque tiene futuro como espacio de negociación conjunta.
La posición de Milei en este escenario es ambivalente. El Gobierno argentino busca profundizar el vínculo con Estados Unidos y explorar un acuerdo comercial que le abra mercados, pero al mismo tiempo no puede ignorar que Brasil es su principal socio comercial dentro del Mercosur. Cualquier movimiento en falso podría tensar la relación con Brasilia justo cuando el bloque atraviesa su peor momento en años. La Casa Rosada camina por una cornisa entre su alineamiento con Washington y su dependencia del comercio con Brasil.
En el plano regional, la disputa deja al descubierto la fragilidad del Mercosur como proyecto político. Las diferencias ideológicas entre los gobiernos de la región —Lula por un lado, Milei y el bolsonarismo por el otro— se trasladan al terreno comercial y complican cualquier posición común frente a Estados Unidos o la Unión Europea. El bloque llega a esta crisis debilitado por años de tensiones internas y sin una hoja de ruta compartida.
El desenlace de la pulseada arancelaria se conocerá en los próximos días, pero sus efectos sobre el Mercosur prometen ser duraderos. Si Estados Unidos aplica los aranceles a Brasil, el golpe repercutirá en toda la región; si se alcanza un acuerdo, el bolsonarismo habrá logrado instalar la idea de las negociaciones por afuera del bloque. En cualquier escenario, el Mercosur sale más golpeado de una crisis que enfrenta a sus socios entre sí.
La Argentina observa el conflicto con atención, consciente de que lo que se define en Brasil marcará el margen de maniobra de su propia estrategia comercial. Mientras Lula defiende el bloque y los Bolsonaro empujan hacia afuera, Milei deberá decidir de qué lado de esa grieta se ubica. Y esa decisión tendrá consecuencias que trascienden la coyuntura arancelaria.