El Senado profundizó su letargo y volvió a correr la fecha de su próxima sesión, en un cuadro donde se combinan la falta de votos, el calendario del Mundial, el feriado del 9 de Julio y la presión creciente de los gobernadores sobre el oficialismo. La sesión con chances de concretarse quedó reprogramada para el 16 de julio, después de que la convocatoria original del 8 se cayera por la ausencia de apoyos detectada en una reunión con Santilli.
La postergación no fue caprichosa. Según reconstruyó Ámbito, la citación previa se desactivó porque el oficialismo no reunía los votos necesarios y porque los senadores de Tucumán estarán presentes en el acto por la Independencia del 9 de Julio, que el Presidente encabezará en esa provincia. La agenda partidaria y la protocolar terminaron empujando el tratamiento parlamentario hacia la segunda quincena del mes, en una Cámara alta que hace semanas no logra ordenar su funcionamiento.
El contexto agrega distracciones. El Mundial que se disputa en Estados Unidos, México y Canadá acaparó buena parte de la atención pública durante las primeras semanas de julio, y el feriado largo terminó de vaciar la actividad legislativa. La sumatoria de factores dejó al Senado en una parálisis que el oficialismo necesita romper cuanto antes, porque cada semana perdida retrasa el paquete de reformas que la Casa Rosada considera prioritario.
La agenda que espera para el 16 es densa. El Gobierno pretende avanzar con el capítulo de propiedad privada, la denominada ley Hojarasca y una serie de pliegos judiciales que están listos para ser votados en el recinto, además de la siempre pendiente reforma electoral. La acumulación de temas sensibles en una sola jornada anticipa una sesión larga y disputada, si es que finalmente se consigue el quórum.
Los pliegos judiciales son un punto especialmente delicado. Se trata de nominaciones que el oficialismo necesita destrabar para cubrir vacantes en la Justicia, un terreno donde cada designación se negocia con lupa por su peso institucional. La demora en tratarlos mantiene funcionando con estructura incompleta a varios tribunales, un costo que el sistema judicial arrastra mientras la política dilata las definiciones.
La presión de los gobernadores atraviesa toda la escena. Sus representantes en la Cámara alta son considerados decisivos y el oficialismo depende de ellos para reunir las mayorías, lo que convierte a cada mandatario provincial en un actor con capacidad de veto sobre la agenda nacional. Santilli lo sabe, y por eso el jefe de Gabinete se dedicó a recorrer despachos provinciales en las últimas semanas para intentar convertir esos apoyos difusos en votos concretos.
El antecedente reciente es un Senado que se acostumbró a funcionar a media máquina. Varias iniciativas del Gobierno quedaron trabadas por falta de consenso, entre ellas la reforma electoral y el recorte de subsidios al gas en zonas frías, dos proyectos que el oficialismo quiere aprobar antes de que avance el año electoral. La reprogramación al 16 es, en ese sentido, un nuevo plazo autoimpuesto que el Gobierno no puede darse el lujo de incumplir otra vez.
Desde la oposición peronista leen la parálisis como un síntoma de la debilidad parlamentaria del oficialismo. Cuestionan en estilo indirecto que el Gobierno anuncie un Congreso reformista mientras no consigue siquiera garantizar el quórum para sesionar, aunque el propio peronismo tampoco exhibe una estrategia unificada en la Cámara alta y aparece más ocupado en su interna que en marcar la cancha. La debilidad de ambos lados termina reforzando el bloqueo mutuo y dejando al Senado sin producción legislativa.
Analistas parlamentarios advierten que la dinámica de sesiones que se convocan y se caen erosiona la previsibilidad institucional y le resta credibilidad a los anuncios del oficialismo. Cada fecha que se corre obliga a rehacer el mapa de votos y a renegociar apoyos que parecían cerrados, en un círculo que consume tiempo y capital político sin resultados a la vista. El fenómeno no es nuevo, pero se agudizó en un año donde todo se lee en clave electoral.
La cuenta regresiva, mientras tanto, sigue corriendo. El oficialismo necesita mostrar resultados legislativos para sostener el relato de gestión que ordena su estrategia de reelección, y un Senado que no sesiona es la contracara exacta de esa narrativa. Si el 16 de julio la sesión vuelve a frustrarse, el Gobierno deberá afrontar la segunda mitad del año con una Cámara alta que no responde y con una agenda de reformas cada vez más comprimida contra el calendario electoral.
Por ahora, la política eligió esperar. Entre el Mundial que terminó antes de tiempo para la Selección, el feriado patrio y la negociación provincia por provincia, el Senado dejó pasar otra semana sin producción. La próxima estación es el 16 de julio, una fecha que el oficialismo transformó en examen: o consigue los votos que hoy no tiene, o la parálisis se vuelve la marca registrada de la Cámara alta en un año que se juega en el recinto tanto como en las urnas.