El Gobierno acelera la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central que le exige el FMI para septiembre - Política y Medios
06-07-2026 - Edición Nº6730

BCRA

El Gobierno acelera la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central que le exige el FMI para septiembre

09:40 |Economía y Desregulación trabajan una modificación clave del organismo monetario en línea con el compromiso asumido ante el Fondo. En el Congreso anticipan que será uno de los debates más ásperos del semestre.

El Gobierno nacional puso en marcha una de las reformas más sensibles de su agenda económica: la modificación de la Carta Orgánica del Banco Central, un cambio que se trabaja entre los equipos del Ministerio de Economía y la Secretaría de Desregulación. La iniciativa no es un capricho local sino parte del compromiso que la administración libertaria asumió ante el Fondo Monetario Internacional, con un plazo que vence en septiembre de 2026.

La reforma de la Carta Orgánica es una vieja demanda del organismo multilateral, que históricamente presionó para limitar la capacidad del Banco Central de financiar al Tesoro mediante emisión monetaria. El objetivo declarado del Ejecutivo es blindar la independencia de la autoridad monetaria y clausurar por vía legal la posibilidad de que futuros gobiernos vuelvan a recostarse en la "maquinita" para cubrir déficits. En el discurso oficial, se trata de la garantía institucional que consolidaría el programa de estabilización.

El anuncio de que la reforma avanza fue una de las señales que el Presidente Javier Milei delineó ante sus legisladores cuando fijó los próximos objetivos legislativos, junto con el paquete de proyectos que el oficialismo prometió enviar a razón de diez por mes. La secuencia muestra que el Gobierno busca sincronizar su agenda parlamentaria con el cronograma pactado con el Fondo, en un intento de mostrar cumplimiento ante los mercados y ante el propio organismo.

El contexto económico juega a favor del relato oficial en el corto plazo. El riesgo país cayó unos 80 puntos básicos durante el último mes y cerró la semana en torno de los 415 puntos, el nivel más bajo desde principios de 2018. La mejora, según coincidieron los analistas, se explica por la acumulación de reservas del BCRA, el superávit fiscal, la desaceleración de la inflación y las recientes mejoras en la calificación crediticia de la Argentina. Ese combo de indicadores le da oxígeno al Gobierno para presentar la reforma monetaria como el corolario natural de un rumbo que, según su lectura, ya empieza a dar frutos.

Pero la discusión está lejos de ser un trámite. En el Congreso ya anticipan que la modificación de la Carta Orgánica será una de las batallas más duras del semestre. La oposición peronista rechaza de plano la idea de atarle las manos al Banco Central en materia de asistencia al Tesoro, un instrumento que distintos gobiernos utilizaron en momentos de estrés fiscal. El debate reedita, en el fondo, la vieja grieta sobre el rol del Estado en la economía.

Desde la vereda del kirchnerismo económico, referentes como el ex viceministro Emmanuel Álvarez Agis vienen advirtiendo que el problema estructural de la Argentina no es la emisión en sí misma sino la escasez crónica de dólares, y que una reforma que solo ate la política monetaria sin resolver la restricción externa corre el riesgo de quedar a mitad de camino. Para esa corriente, el atraso cambiario y la falta de divisas son la verdadera bomba de tiempo, más allá de las reglas que se le impongan por ley al Banco Central.

En el oficialismo, en cambio, sostienen que la independencia del organismo es condición necesaria para bajar la inflación de manera sostenible y que sin ese blindaje legal cualquier logro es reversible. La discusión técnica, así, se vuelve inevitablemente política: define quién controla la emisión, con qué límites y bajo qué reglas de juego para los próximos años.

El plazo de septiembre que fijó el acuerdo con el Fondo funciona como una espada sobre la negociación parlamentaria. Si el Gobierno no consigue los votos a tiempo, quedaría expuesto un incumplimiento frente al organismo en un momento en que el país busca recuperar acceso pleno a los mercados de deuda. Esa presión externa es, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y la mayor debilidad del oficialismo: le da un argumento de urgencia, pero también lo obliga a negociar con el reloj en contra.

La reforma monetaria se cruza, además, con la presentación del programa financiero que el ministro Luis Caputo desplegó para cubrir los vencimientos de deuda en dólares hasta 2027. El Gobierno intenta mostrar un esquema integral: por un lado, cómo paga la deuda; por el otro, cómo blinda por ley la disciplina monetaria. La coherencia del paquete es la que busca vender a los inversores como prueba de que el rumbo es irreversible.

Analistas financieros consultados por distintos medios señalaron que el mercado ya descuenta buena parte del cumplimiento del programa, y que la reforma de la Carta Orgánica sería más una señal institucional que un cambio de expectativas de corto plazo. El verdadero test, coinciden, será si el Gobierno logra sostener la acumulación de reservas y el superávit fiscal en un año electoral, cuando la tentación de aflojar suele crecer.

La paradoja del momento es que el Gobierno celebra un riesgo país en mínimos de siete años mientras negocia una reforma que, en el papel, debería garantizar que esos números no dependan de la voluntad de turno. Entre la foto favorable de los indicadores y la aritmética adversa del Congreso, el Ejecutivo apuesta a que la mejora económica le alcance para conseguir los votos que hoy no tiene.

El semestre definirá si la reforma monetaria se convierte en ley antes del vencimiento pactado o si se suma a la larga lista de compromisos con el Fondo que quedan sujetos a la negociación política interna. Por ahora, el Gobierno corre contra el calendario y apuesta a que el clima financiero favorable le abra la puerta que la aritmética parlamentaria todavía le mantiene cerrada.

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