El dólar divide a las consultoras: las proyecciones para fin de 2026 van de $1.610 a más de $2.200 - Política y Medios
06-07-2026 - Edición Nº6730

ECONOMÍA

El dólar divide a las consultoras: las proyecciones para fin de 2026 van de $1.610 a más de $2.200

La dispersión de pronósticos entre firmas locales e internacionales revela la incertidumbre sobre el rumbo cambiario. El debate sobre el atraso del tipo de cambio vuelve al centro de la escena entre economistas de distintas escuelas.

El futuro del dólar se convirtió en el gran enigma de la economía argentina para el cierre de 2026. Las proyecciones de las consultoras muestran una dispersión notable: mientras algunas firmas locales estiman el tipo de cambio oficial en torno a $1.610 para diciembre, otras internacionales lo ubican por encima de $2.200, una brecha que refleja la profunda incertidumbre sobre el rumbo cambiario. El abanico de pronósticos expone las tensiones no resueltas del esquema económico del Gobierno.

Los números concentran las miradas del mercado. Entre las consultoras internacionales, Oxford Economics proyectó un dólar a $2.020 para diciembre de 2026, MAPFRE Economics estimó $2.141 y Fitch Ratings calculó $2.215. Del lado local, Ecolatina previó $1.800, Empiria Consultores estimó $1.825 y Banco Galicia proyectó $1.610. La consultora que acierte definirá buena parte de la suerte de los ahorristas, las empresas y el propio programa económico, en un país donde el dólar es mucho más que una cotización. El consenso de LatinFocus, en el medio, ubica el oficial cerca de $1.746.

Detrás de la dispersión de números late un debate de fondo sobre el atraso cambiario. Un sector de economistas advierte que el tipo de cambio real se apreció y que ese atraso funciona como una bomba de tiempo que erosiona la competitividad de la producción nacional. La combinación de un dólar relativamente barato con la apertura importadora golpea a la industria y presiona sobre el empleo, según el diagnóstico de las voces más críticas del programa. Para esta mirada, el esquema actual es insostenible sin una corrección cambiaria que el Gobierno se resiste a admitir.

El economista Emmanuel Álvarez Agis viene sosteniendo que el modelo no cierra sin una acumulación genuina de dólares y que la estabilidad se apoya sobre bases frágiles. Desde esta perspectiva heterodoxa, la desinflación se logró a costa de un atraso cambiario que tarde o temprano deberá corregirse, con el consiguiente impacto sobre los precios. El interrogante es si esa corrección será ordenada o abrupta, y cuánto de la calma actual es sostenible en el tiempo. La historia argentina, recuerdan, está plagada de atrasos cambiarios que terminaron mal.

Desde la ortodoxia, el enfoque es diferente pero no exento de advertencias. Economistas de perfil liberal reconocen los avances en materia fiscal y celebran la desaceleración inflacionaria, pero remarcan que el nivel de reservas del Banco Central sigue siendo insuficiente para blindar el esquema ante un shock. La acumulación de reservas aparece, en ambos campos, como la asignatura pendiente del programa: sin dólares en las arcas, cualquier turbulencia externa puede desestabilizar la calma cambiaria. El punto de encuentro entre las escuelas es la fragilidad de las reservas.

El Gobierno, por su parte, minimiza los riesgos y defiende su esquema de bandas cambiarias. La conducción económica que encabezan Luis Caputo y Santiago Bausili sostiene que la estabilidad del dólar es producto del orden fiscal y monetario, y proyecta una convergencia hacia la normalización. Para el oficialismo, la baja del riesgo país y la desaceleración de la inflación son la prueba de que el rumbo es correcto; para los críticos, señales que conviven con vulnerabilidades que el Gobierno prefiere no nombrar. La disputa por el diagnóstico es también una disputa por el relato.

La inflación proyectada agrega otra variable a la ecuación. Las consultoras estiman un dato anual de entre 20% y 30% para 2026, muy por encima de las metas iniciales del Gobierno. La consultora LCG prevé un promedio anual cercano al 27%, mientras otras firmas manejan cifras algo menores. Con esos niveles de inflación, la evolución del dólar define si el tipo de cambio real se atrasa aún más o si logra estabilizarse, una ecuación que condiciona la competitividad de toda la economía. El equilibrio es delicado.

Para los ahorristas y las empresas, la incertidumbre se traduce en decisiones concretas. La dispersión de pronósticos dificulta la planificación y alimenta la tradicional preferencia argentina por la cobertura en moneda dura. Cada expectativa de devaluación se traslada a los precios y a las decisiones de inversión, en un círculo que las autoridades intentan romper con señales de estabilidad. La confianza, ese activo intangible pero decisivo, se construye lentamente y se pierde en un instante.

El esquema de bandas cambiarias que rige la política monetaria agrega una capa técnica al debate. El Banco Central definió un rango dentro del cual el dólar puede moverse, con intervenciones en los extremos, un mecanismo que busca combinar cierta flexibilidad con previsibilidad. Los defensores del esquema sostienen que aporta un ancla para las expectativas; los críticos, que puede volverse insostenible si las reservas no alcanzan para defender las bandas ante una presión fuerte. La solidez del esquema depende, en última instancia, del respaldo en dólares que el Banco Central pueda exhibir, y ese respaldo es precisamente el eslabón más débil de la cadena. La teoría monetaria choca, como siempre, con la escasez de divisas.

El contexto internacional también incide en el pronóstico. Las tasas de interés en Estados Unidos, el precio de las materias primas y el humor de los mercados emergentes condicionan el flujo de capitales hacia la Argentina y, con él, la presión sobre el tipo de cambio. Un escenario global favorable puede darle aire al esquema; uno adverso, tensionarlo hasta el límite. La economía argentina, con su fragilidad estructural, es especialmente vulnerable a los vaivenes externos que no controla, recuerdan los analistas que siguen la coyuntura internacional. La suerte del dólar no se juega solo de puertas adentro.

Para el ciudadano común, toda esta discusión técnica se traduce en una pregunta simple: cuánto valdrán sus ahorros y sus ingresos a fin de año. La incertidumbre cambiaria condiciona las decisiones de consumo, ahorro e inversión de las familias, que en la Argentina aprendieron a convivir con la volatilidad. La brecha entre las proyecciones optimistas y las pesimistas es, para el bolsillo, la diferencia entre llegar a fin de año con el poder de compra intacto o verlo licuado por una devaluación. La macroeconomía, en definitiva, se juega también en la mesa de cada hogar.

El panorama cambiario del segundo semestre se presenta, así, como un territorio de pronósticos encontrados y certezas escasas. La brecha entre las proyecciones más optimistas y las más pesimistas —más de $600 de diferencia— resume el estado de la discusión. Mientras las consultoras afinan sus modelos y el Gobierno defiende su esquema, los argentinos hacen lo de siempre: miran el dólar de reojo y sacan sus propias conclusiones, con la desconfianza que dejan décadas de promesas incumplidas. El único consenso, por ahora, es que nadie sabe con certeza dónde terminará la cotización.

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