Mientras el Gobierno celebra la baja de la inflación y la mejora del riesgo país, un indicador tironea en sentido contrario del relato oficial: el poder adquisitivo de los salarios. En la era Milei, el salario mínimo, vital y móvil acumula una pérdida del 39,7% de su poder de compra, según los relevamientos privados que miden la evolución de los haberes. La cifra grafica el costo social del ajuste que el oficialismo presenta como su principal logro. La estabilización de precios convivió con un desplome del piso salarial que dejó a los trabajadores de menores ingresos como los grandes perdedores del programa.
El deterioro no se limita al salario mínimo. Los salarios del sector público cayeron 18,3% en el mismo período, mientras que los del sector privado retrocedieron 3,5%. La brecha entre ambos universos es reveladora: los estatales, sobre quienes el ajuste fiscal descargó buena parte de su peso, sufrieron una pérdida mucho más profunda que la de los trabajadores registrados del sector privado, que lograron amortiguar parcialmente el golpe a través de las paritarias. El ajuste recayó con más fuerza sobre el empleo público, la variable que el Gobierno usó para equilibrar las cuentas.
Ese cuadro salarial se traduce en la calle en una caída del consumo urbano que pone en duda la recuperación que exhibe el oficialismo y golpea la recaudación. La retracción del gasto de las familias impacta en el comercio, en la industria y en los ingresos fiscales, generando un círculo que preocupa incluso a sectores afines al Gobierno. La menor actividad reduce la recaudación coparticipable, lo que a su vez tensa la relación con las provincias y alimenta los reclamos de los gobernadores. La debilidad del consumo, así, se conecta con los problemas fiscales que atraviesan a todos los niveles del Estado.
El Gobierno sostiene que la recuperación llegará en el segundo semestre, a medida que la baja de la inflación permita recomponer el poder adquisitivo. El propio Milei aseguró que la economía "empieza a expandirse" y ubicó a los próximos meses como el momento en que el ajuste empezaría a mostrar sus frutos. La apuesta oficial es que la estabilización de precios funcione como base para una mejora gradual de los ingresos, y que el sacrificio de la primera etapa se traduzca en bienestar más adelante. Para el oficialismo, la caída de los salarios es el costo transitorio de un ordenamiento que promete beneficios futuros.
Los economistas heterodoxos, en cambio, advierten que la recomposición no es automática. En su lectura, la baja de la inflación no garantiza por sí sola una recuperación de los ingresos si no viene acompañada de crecimiento económico y de aumento del empleo. El riesgo, plantean, es que la economía se estabilice en un nivel de actividad más bajo, con salarios deprimidos y consumo debilitado, sin que la promesa de expansión termine de materializarse. La discusión sobre cuándo y cómo se recupera el poder adquisitivo divide a los analistas según su diagnóstico de fondo.
Desde la oposición peronista, la crítica se concentra en el impacto social del programa. Referentes del espacio plantean que el ajuste castigó de manera desproporcionada a los sectores populares y que la mejora macroeconómica que exhibe el Gobierno no se refleja en la vida cotidiana de la mayoría. La caída del salario mínimo, argumentan, es la prueba concreta de que la "grandeza" que el oficialismo decretó para 2026 todavía no llegó al bolsillo de los trabajadores. La disputa por el relato económico se libra, precisamente, en ese terreno.
El salario mínimo tiene, además, un efecto que trasciende a quienes lo cobran directamente. Es un valor de referencia para prestaciones sociales, para el cálculo de determinados beneficios y para la negociación de convenios en los escalones más bajos de la pirámide salarial. Su deterioro arrastra, en cascada, a un universo mucho más amplio de ingresos. Por eso su evolución se sigue como un termómetro del piso de bienestar de la sociedad. Cuando cae el salario mínimo, no cae solo un número: se corre hacia abajo todo el piso de ingresos de los sectores más vulnerables.
Los especialistas en mercado laboral señalan que la recomposición del poder adquisitivo dependerá de varios factores: la continuidad de la desaceleración inflacionaria, la evolución del empleo formal y la capacidad de las paritarias de recuperar terreno. En un contexto de actividad débil, esas variables no juegan necesariamente a favor de los trabajadores. La pregunta que atraviesa el debate es si la estabilización lograda tendrá la fuerza suficiente para traccionar una mejora de los ingresos o si consolidará un nuevo piso más bajo.
El dato del salario mínimo se inscribe, así, en la tensión central de la coyuntura: la distancia entre la foto macroeconómica que exhibe el Gobierno y la película del ingreso que viven los hogares. El oficialismo apuesta a que esa brecha se cierre en el segundo semestre; sus críticos, a que el desgaste del poder adquisitivo termine pesando en el humor social y en las urnas de 2027. Entre esas dos lecturas se juega buena parte de la disputa política del año.
Con el poder de compra del salario mínimo en su nivel más bajo de la gestión, el desafío del Gobierno será demostrar que la recuperación que promete es algo más que una expectativa. Los próximos meses, con la evolución del consumo y de los ingresos como indicadores clave, dirán si la apuesta oficial se cumple o si el costo social del ajuste sigue acumulándose. Mientras tanto, el bolsillo de los trabajadores se mantiene como el punto ciego del relato de la grandeza.
La brecha entre salarios públicos y privados revela, además, una decisión de política económica. El ajuste fiscal que ordenó las cuentas del Estado se apoyó, en buena medida, en la licuación de los salarios estatales, cuya recomposición quedó rezagada respecto de la inflación. Los trabajadores del sector privado registrado, en cambio, contaron con las paritarias como herramienta para defender parcialmente su poder de compra. Esa diferencia de trayectorias muestra sobre quién recayó con más fuerza el peso del programa. El equilibrio fiscal se financió, en gran parte, con el bolsillo de los empleados públicos.
Los sectores informales, que no aparecen en las estadísticas de salario registrado, atraviesan una situación aún más frágil. Sin la protección de las paritarias ni la estabilidad del empleo formal, los trabajadores de la economía informal quedaron especialmente expuestos a la caída del poder adquisitivo. Ese universo, que representa una porción significativa del mercado laboral argentino, es el que más sufre en los procesos de ajuste y el que más tarda en recuperarse. Su situación rara vez ocupa el centro del debate. Los que trabajan en negro son los grandes ausentes de las estadísticas y los más castigados por la caída del ingreso.
La recuperación del salario, en definitiva, es la prueba de fuego del programa económico. El Gobierno apuesta a que la estabilización de precios permita una mejora gradual de los ingresos; la oposición, a que el desgaste acumulado termine erosionando el apoyo social. Los próximos meses, con la evolución del consumo y de los salarios como termómetros, dirán qué apuesta se impone. Mientras tanto, la distancia entre la foto macro y la película del bolsillo sigue siendo el principal desafío del oficialismo. La macroeconomía ordenada solo se convertirá en éxito político si llega, finalmente, al salario.