Con Diego Santilli ya instalado en la coordinación del Gabinete y Manuel Adorni de salida hacia el llano, Javier Milei buscó ordenar la mesa política del segundo semestre. El Presidente encabezó una reunión con diputados y senadores de La Libertad Avanza en el Salón Héroes de Malvinas de la Casa Rosada, junto a la secretaria general Karina Milei, para fijar las prioridades legislativas que el oficialismo empujará en los próximos meses. El objetivo del encuentro fue transmitir que, pese al recambio en el Gabinete, la agenda de reformas se mantiene intacta y hasta se profundiza.
Sobre la mesa, el mandatario colocó tres iniciativas que considera centrales: la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central para restringir la emisión, una reforma política y cambios en el régimen de Inocencia Fiscal. Según reconstruyó Infobae, Milei repasó con los legisladores el estado de cada proyecto y les pidió cerrar filas de cara a un tramo del año en el que el oficialismo necesitará mostrar músculo parlamentario. La foto de unidad interna buscó despejar las versiones sobre tensiones en el bloque tras el reordenamiento del elenco de gobierno.
La reforma política es, de las tres, la que más ruido genera entre los aliados. El oficialismo mantiene en carpeta la eliminación de las PASO y una serie de cambios en las reglas electorales que ya habían quedado congelados y que, según el propio cronograma libertario, recién apuntan a regir en 2027. En su momento, distintos socios parlamentarios del Gobierno reclamaron discutir por separado la Ficha Limpia de la reforma electoral, una señal de que el paquete no tiene garantizado el apoyo automático. La discusión sobre las reglas del juego electoral toca intereses de todos los bloques y difícilmente avance sin una negociación amplia.
El telón de fondo de todo el operativo es la debilidad estructural del oficialismo en el Congreso. La Libertad Avanza no tiene mayoría propia en ninguna de las dos cámaras y depende del acompañamiento del PRO y de un puñado de gobernadores para reunir quórum y sancionar leyes. Esa dependencia quedó expuesta en las últimas semanas, cuando dirigentes del macrismo remarcaron que sin sus votos el Gobierno no tiene forma de aprobar su agenda. La tropa amarilla dejó de comportarse como socio incondicional y empezó a poner condiciones para cada votación.
A esa fragilidad se suma un dato que endurece la posición de las provincias: la caída de la coparticipación en junio golpeó las cuentas provinciales y reforzó el poder de negociación de los gobernadores. Varios mandatarios llegan a la mesa con una lista de reclamos y condicionan su apoyo a las reformas nacionales a la resolución de sus propios problemas fiscales. Santilli quedó a cargo de esa negociación en simultáneo con la reforma tributaria y la modernización laboral, en una agenda cargada que el propio oficialismo reconoce como cuello de botella. El Gobierno pide gobernabilidad con una mano mientras arrastra una pelea abierta por los fondos con la otra.
El reordenamiento del Gabinete agregó otra capa al escenario. La llegada de Santilli, una figura que hace equilibrio entre el paladar libertario y su origen en el PRO, fue leída como un puente hacia el macrismo. Pero el gesto convive con una relación tensa entre Milei y Mauricio Macri, que en las últimas semanas volvió a escalar por los cruces en torno a la herencia económica. El flamante coordinador quedó así en una posición incómoda: tejer acuerdos con un socio al que el Presidente maltrata en público. La contradicción entre buscar votos y agitar la interna atraviesa toda la estrategia oficial.
En el peronismo observan el rearmado con una mezcla de cálculo y distancia. La principal fuerza opositora atraviesa su propia guerra interna entre el kirchnerismo y Axel Kicillof, lo que la deja sin capacidad de capitalizar la fragilidad del oficialismo ampliado. Dirigentes del PJ del interior admiten en reserva que el Gobierno se mueve con comodidad justamente porque enfrente no hay una alternativa ordenada. El desorden opositor funciona, por ahora, como el mejor aliado de la Casa Rosada.
Analistas que siguen la dinámica parlamentaria advierten que el oficialismo pretende avanzar con tres reformas de fondo al mismo tiempo, con un capital político que no le alcanza para ninguna en soledad. La experiencia de la primera parte de la gestión mostró que Milei consigue leyes cuando negocia y las pierde cuando desprecia a sus socios. El reto del segundo semestre es sostener el equilibrio entre el relato de la épica libertaria y la aritmética concreta del recinto. Cada exabrupto presidencial encarece la mesa de acuerdos que su propio Gabinete intenta montar.
El calendario juega en contra. El receso invernal recorta el tiempo legislativo y empuja las definiciones hacia el segundo semestre, cuando el clima ya estará teñido por la proximidad de la competencia electoral de 2027. En ese marco, cada bloque calcula cuánto le conviene acompañar y cuánto diferenciarse, conscientes de que las reformas que se voten quedarán asociadas a su firma. La cuenta regresiva hacia las elecciones ya condiciona cada gesto dentro y fuera del oficialismo.
El rol de Karina Milei en el armado agrega otra clave de lectura. La secretaria general es una de las principales arquitectas de la estructura política del oficialismo y su presencia en la reunión con los legisladores confirmó su peso en la definición de la estrategia. La conducción compartida entre el Presidente y su hermana ordena la relación con los bloques y define los tiempos de cada iniciativa. La ingeniería política del oficialismo pasa, cada vez más, por el despacho de Karina Milei.
Puertas adentro, el mensaje de Milei a sus legisladores fue de disciplina y expectativa. El Presidente busca convertir el segundo semestre en la vidriera de una gestión que exhibe la desaceleración de la inflación y la baja del riesgo país como sus principales activos, y quiere traducir esos números en reformas de largo plazo. La incógnita es si el capital político le alcanza para semejante ambición. En esa negociación, el que llega con la lapicera no siempre es el que firma. La hoja de ruta está escrita, pero la letra final la definirán los que levantan la mano en el Congreso.