El Mercosur cerró en Paraguay una cumbre atravesada por las tensiones y con una ausencia que dio que hablar: la de Javier Milei. El Presidente se bajó del encuentro de jefes de Estado en Asunción y delegó la representación argentina en el canciller Pablo Quirno, en una decisión que la Casa Rosada justificó por la necesidad de ocuparse de la transición interna del Gabinete. La silla vacía del Presidente marcó el tono de una cumbre difícil.
La etapa política del encuentro se desarrolló en Luque, en las afueras de la capital paraguaya, y culminó con la reunión de mandatarios, según reconstruyó la prensa regional. Los gobiernos de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay intentaron resolver sus diferencias internas en una agenda cargada de temas comerciales sensibles y de fricciones diplomáticas. El bloque llegó a la cumbre con más tensiones que consensos.
El principal punto de discordia fue la relación con Brasil. El recelo del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva ante el reciente acuerdo arancelario bilateral firmado entre Argentina y Estados Unidos sobrevoló toda la cumbre y amenazó con paralizar la agenda del bloque. La sintonía entre Buenos Aires y Washington, celebrada por la Casa Rosada, es vista con desconfianza en Brasilia. El acercamiento de Milei a Estados Unidos abrió un frente con el principal socio del bloque.
La agenda comercial concentró las negociaciones. Los países del Mercosur buscaron avanzar en nuevas tratativas con Japón, India y Vietnam, en un intento por diversificar los mercados y reducir la dependencia de los socios tradicionales. El acuerdo con Japón, en particular, apareció como una de las novedades del encuentro, en un contexto de reordenamiento del comercio global. La apertura a nuevos mercados es la apuesta del bloque para no quedar aislado.
Otro eje de tensión fue la distribución de las cuotas de exportación. Los gobiernos intentaron resolver las diferencias sobre el reparto de las cuotas libres de aranceles contempladas en el acuerdo comercial con la Unión Europea, un tema que enfrenta intereses productivos de los distintos países. La discusión expuso las asimetrías internas del bloque y la dificultad para consensuar una posición común. El acuerdo con Europa, lejos de unir, reavivó las disputas internas.
La cuestión venezolana agregó otro capítulo. La administración libertaria mantuvo un veto inflexible a la posible reincorporación de Venezuela al bloque, una postura que Milei sostiene con firmeza y que lo diferencia de otros gobiernos de la región. El tema, aunque no estaba en el centro de la agenda formal, tensionó las relaciones y expuso las diferencias ideológicas dentro del Mercosur. La posición argentina sobre Venezuela volvió a marcar distancia con sus socios.
La ausencia de Milei tuvo lecturas encontradas. Desde el oficialismo argentino se justificó por la prioridad de ordenar la transición entre Manuel Adorni y Diego Santilli en la Jefatura de Gabinete, mientras que la oposición y analistas internacionales interpretaron el faltazo como una señal del peso que la política interna tiene sobre la agenda externa del Gobierno. La Casa Rosada priorizó el frente doméstico por sobre la vidriera regional.
El rol de Quirno como representante ganó relevancia. El canciller, que también firmó junto a Milei los decretos de la reorganización del Gabinete, asumió la vocería argentina en un encuentro donde el país tenía intereses en juego, desde el acuerdo con Estados Unidos hasta las negociaciones con Japón. Su desempeño fue seguido de cerca por los socios del bloque. La diplomacia argentina quedó en manos del canciller en un momento delicado.
El trasfondo geopolítico le dio densidad a la cumbre. Las tensiones comerciales globales, el reacomodamiento de las potencias y la disputa por los mercados asiáticos configuran un escenario en el que el Mercosur intenta encontrar su lugar. La estrategia argentina de acercamiento a Estados Unidos, en ese marco, genera oportunidades pero también fricciones con los socios regionales. El bloque navega entre la integración interna y la tentación de los acuerdos bilaterales.
Analistas de política exterior señalan que la cumbre dejó más interrogantes que certezas. El Mercosur mostró su dificultad para actuar como bloque cohesionado, con socios que priorizan sus propias agendas y diferencias que se profundizan. La ausencia de Milei, en ese cuadro, funcionó como síntoma de un organismo que atraviesa una etapa de redefinición. El futuro del bloque depende de su capacidad para procesar sus propias contradicciones.
El acuerdo con la Unión Europea sigue siendo el gran horizonte pendiente del bloque. Tras años de negociaciones, el entendimiento con Bruselas enfrenta ahora la etapa de la implementación, que reabre discusiones sobre cuotas, aranceles y compensaciones internas. La distribución de esas cuotas entre los socios expone las asimetrías productivas y obliga a un difícil equilibrio para que ningún país sienta que pierde. El acuerdo con Europa pasó de la negociación externa a la disputa interna por el reparto.
La estrategia argentina de acercamiento a Estados Unidos marca un giro en la política exterior. El reciente acuerdo arancelario bilateral, celebrado por la Casa Rosada, refleja la apuesta del Gobierno por alinearse con Washington en el plano comercial y geopolítico. Esa decisión, sin embargo, choca con la lógica del Mercosur, que establece pautas comunes para las negociaciones externas de sus miembros. El bilateralismo argentino tensiona las reglas del bloque regional.
Brasil, como principal socio, es el actor que más resiente ese giro. El gobierno de Lula da Silva observa con desconfianza el acercamiento de Buenos Aires a Washington y teme que erosione la cohesión del bloque y su capacidad de negociar en conjunto. Las diferencias entre ambos gobiernos, además, tienen un componente ideológico que agrava las tensiones comerciales. La relación entre las dos mayores economías del bloque atraviesa su momento más frío en años.
Las negociaciones con Asia aparecen como la apuesta de futuro. El acuerdo con Japón y las tratativas con India y Vietnam buscan abrir mercados alternativos y reducir la dependencia de los socios tradicionales, en un contexto de reordenamiento del comercio global. El éxito de esas negociaciones será clave para que el bloque encuentre un nuevo rol en el tablero internacional. La diversificación hacia Asia es la carta que el Mercosur juega para no quedar aislado.
La ausencia presidencial también tuvo un costado simbólico que no pasó inadvertido en la región. En las cumbres del bloque, la presencia de los jefes de Estado es una señal del peso que cada país le asigna a la integración regional, y el faltazo argentino fue leído por algunos socios como un gesto de distancia. La Casa Rosada, sin embargo, insistió en que la decisión respondió a razones de política interna y no a un desinterés por el Mercosur. El faltazo presidencial dejó una lectura política que excede la explicación oficial.
El futuro del bloque depende de resolver sus contradicciones estructurales. El Mercosur convive con la tensión entre quienes buscan mantener una política comercial común y quienes, como la Argentina, priorizan acuerdos bilaterales que les resulten convenientes. Esa disputa de fondo, que atraviesa la historia del bloque, define su capacidad para actuar de manera coordinada en un escenario internacional cada vez más complejo. La vieja tensión entre integración regional y acuerdos bilaterales sigue sin resolverse.
Con la cumbre cerrada, el Mercosur queda ante el desafío de traducir las negociaciones en acuerdos concretos y de administrar las tensiones con Brasil sin fracturar el bloque. La Argentina, mientras tanto, sostiene su apuesta por diversificar mercados y por estrechar lazos con Estados Unidos, aun a costa de tensar la relación con sus vecinos. El resultado de esa estrategia se verá en los próximos meses, cuando las negociaciones abiertas tengan que dar frutos.