La interna del peronismo bonaerense entró en una fase de definiciones. Axel Kicillof admite un "punto de quiebre" con el kirchnerismo y, aunque ordenó a su tropa no responderle públicamente a Máximo Kirchner, ya acepta un escenario que hasta hace poco parecía improbable: enfrentar en unas PASO a un candidato respaldado por Cristina Fernández de Kirchner. La ruptura, admiten en ambos sectores, hoy es más probable que el acuerdo.
Las diferencias entre el gobernador y el jefe de La Cámpora se profundizaron en las últimas semanas, al punto de que los dos sectores reconocen que no existe una estrategia común para definir el futuro electoral del peronismo, según reconstruyó La Nación. La falta de acuerdo dejó al descubierto una pelea de aparatos que ninguno de los dos lados logra —ni parece querer— desactivar. El peronismo llega dividido a un año que definirá su lugar en el tablero nacional.
La respuesta del kicillofismo llegó por la vía de su ministro de Gobierno. Carlos Bianco planteó que "este no es el año de las candidaturas" y que "es el año de las construcciones políticas", en declaraciones que reprodujo Infocielo tras el acto que el kirchnerismo realizó por el encarcelamiento de la expresidenta. La frase buscó bajar el tono, pero terminó marcando la distancia con el camporismo.
Desde el entorno del gobernador sostienen que, si no se alcanza un acuerdo político amplio, la mejor alternativa es dirimir las diferencias en las urnas a través de una interna. Esa disposición a competir contra un candidato de Cristina marca un giro respecto de los meses anteriores, cuando el kicillofismo evitaba siquiera plantear la hipótesis de una PASO. Kicillof pasó de esquivar la interna a aceptarla como salida.
Del otro lado, La Cámpora tiene su propia jugada. En un acto en Parque Lezama, Máximo Kirchner reclamó que Cristina encabece la fórmula presidencial con una frase que quedó grabada: "Queremos tener a Cristina como candidata y no candidatos por default". La insistencia responde a una estrategia que busca forzar a la justicia electoral a pronunciarse sobre la situación de la expresidenta y, en ese escenario, colocar como candidato a quien la acompañe en la boleta. El camporismo apuesta a Cristina candidata como forma de ordenar toda la discusión.
En el análisis político, la maniobra tiene un objetivo adicional: instalar a Cristina en el centro de la escena para "vaciarle" a Kicillof el armado nacional, según interpretó La Política Online. Con la expresidenta como figura excluyente, el gobernador quedaría subordinado a la conducción histórica del espacio, algo que su sector resiste. La pelea no es solo por candidaturas, sino por quién conduce el peronismo que viene.
El trasfondo es una guerra de aparatos sin propuestas de fondo. Mientras el kirchnerismo y el kicillofismo miden fuerzas por la lapicera, el peronismo no logra ofrecer una alternativa articulada frente al Gobierno nacional, y el terreno opositor queda fragmentado. Referentes del interior observan la disputa bonaerense con creciente incomodidad, conscientes de que la fractura del principal distrito arrastra al conjunto del espacio. La interna bonaerense contagia su parálisis a todo el peronismo.
El senador Sergio Uñac, que recorre las provincias con su proyección nacional, planteó la necesidad de un peronismo "de soluciones" frente a un espacio atrapado en sus disputas internas. En su reciente paso por Misiones, reclamó que el peronismo "vuelva a escuchar, vuelva a caminar y ofrecer respuestas concretas", en declaraciones que recogió la prensa federal. Desde el interior crece la impaciencia con una pelea que consideran ajena y perjudicial.
La disputa tiene, además, un costado institucional. La estrategia de La Cámpora de forzar una definición judicial sobre la candidatura de Cristina introduce un factor de imprevisibilidad, ya que el resultado depende de decisiones que exceden a la propia interna partidaria. Ese escenario mantiene en vilo al peronismo, que no puede ordenar su oferta electoral mientras no se resuelva la situación de su principal figura. La indefinición judicial paraliza la construcción de cualquier alternativa.
Analistas coinciden en que la pelea entre Kicillof y el kirchnerismo es, hoy, el principal obstáculo para que el peronismo se recomponga como alternativa. Ninguno de los dos sectores muestra disposición a ceder, y cada gesto de acercamiento convive con una nueva señal de distancia. La foto de unidad se posterga edición tras edición, sin fecha a la vista.
El origen de la disputa se remonta a la construcción de poder que el gobernador viene desplegando en el territorio bonaerense. Kicillof consolidó una estructura propia, con intendentes y dirigentes que responden a su conducción, lo que le permitió emanciparse de la tutela del kirchnerismo. Esa autonomía, celebrada por su entorno, es leída por La Cámpora como un desafío directo a la conducción histórica del espacio. La pelea es, en el fondo, por quién manda en el peronismo que viene.
La situación de Cristina Fernández de Kirchner sobrevuela toda la discusión. La expresidenta, cuya situación judicial condiciona sus movimientos, sigue siendo la figura de mayor peso simbólico del espacio, y su definición sobre las candidaturas es determinante. El kirchnerismo apuesta a colocarla en el centro de la escena, mientras el kicillofismo intenta correr el eje hacia la gestión y la construcción territorial. La sombra de la expresidenta ordena y a la vez paraliza la discusión interna.
El costo de la pelea se mide en clave electoral. Con el peronismo dividido, el Gobierno nacional encuentra un terreno opositor fragmentado que le facilita la tarea, mientras el principal espacio de oposición dilapida energía en su interna. Dirigentes de distintos sectores advierten que la falta de acuerdo puede tener consecuencias directas en las urnas, en un año clave para el futuro del movimiento. La guerra de aparatos amenaza con dejar al peronismo sin cosecha electoral.
Las voces del interior reclaman una salida. El peronismo federal, con figuras como el senador Sergio Uñac, plantea la necesidad de renovar los liderazgos y de ofrecer una alternativa de gestión frente a la pelea bonaerense. Ese reclamo expone la brecha entre un peronismo del conurbano atrapado en su interna y un peronismo del interior que pide otra cosa. La fractura bonaerense contrasta con la demanda de renovación que llega desde las provincias.
El escenario de una PASO entre el gobernador y un candidato del kirchnerismo tendría consecuencias que exceden a la provincia. Una interna abierta entre los dos principales sectores del peronismo bonaerense expondría públicamente la fractura y consumiría recursos y energía en plena antesala electoral. Para algunos dirigentes, la competencia podría ordenar la disputa; para otros, terminaría de dinamitar cualquier posibilidad de unidad. La interna que ordena a unos es la misma que otros ven como una bomba de tiempo.
El Gobierno nacional observa la pelea con comodidad. La fractura del principal espacio opositor le facilita la tarea a La Libertad Avanza, que encuentra enfrente a un peronismo dividido e incapaz de articular una estrategia común. Cada capítulo de la interna bonaerense se traduce en un respiro para el oficialismo, que puede avanzar con su agenda sin una oposición unificada que le haga contrapeso. La guerra de aparatos del peronismo es, para Milei, una ventaja que no tuvo que construir.
Con Kicillof aceptando la posibilidad de una interna, La Cámpora empujando la candidatura de Cristina y el peronismo federal reclamando otra cosa, el mapa opositor luce más fragmentado que nunca. La definición, por ahora, queda en suspenso. Lo único que parece consolidarse es la certeza de que el acuerdo, si llega, será a último momento y a los empujones.