Javier Milei volvió a elegir a Mauricio Macri como blanco. En sus últimas apariciones públicas, el Presidente redobló las críticas contra el expresidente y calificó el reperfilamiento de la deuda de 2019 como "una manera educada de decir default", según reprodujo Ámbito. La ofensiva reabrió una herida que el PRO daba por cicatrizada y expuso, otra vez, la fragilidad del vínculo entre La Libertad Avanza y su principal socio parlamentario.
El mandatario sostuvo que "el gobierno de Macri defraudó a los argentinos" al reprogramar los vencimientos de la deuda en pesos durante los últimos meses de su gestión, y encuadró aquella decisión como parte de la historia de incumplimientos que, en su relato, explica la desconfianza de los mercados. Milei defendió sus dichos asegurando que se limitaba a "describir datos", una fórmula que en el macrismo leen como una provocación deliberada. Para el entorno del expresidente, no se trata de un exabrupto aislado sino de una estrategia de diferenciación de cara a 2027.
La reacción no tardó. El secretario general del PRO y diputado Fernando de Andreis advirtió que la administración libertaria difícilmente se sostendría sin el respaldo que el partido amarillo aporta en el Congreso. "Hoy no hay ley que pase sin los votos del PRO", planteó el dirigente, en declaraciones que recogió Crónica, y sintetizó el malestar de la tropa macrista con una frase que circuló entre los despachos: el Gobierno "no estaría de pie sin nuestro apoyo". La advertencia apuntó al corazón de la gobernabilidad de un oficialismo que sigue lejos de tener mayoría propia en ambas cámaras.
El reproche de fondo es conocido. En el bloque que responde a Macri sostienen que las descalificaciones presidenciales no ayudan a resolver los problemas del país ni a construir los acuerdos que la Casa Rosada necesita para aprobar su agenda de reformas. Un dirigente de peso del PRO deslizó que las chicanas del Presidente sólo erosionan un capital político que, tarde o temprano, el Gobierno va a volver a necesitar en el recinto. La tensión llega, además, en el momento más delicado de la transición interna del oficialismo.
El cruce se da en paralelo a la reorganización del Gabinete nacional, con la salida de Manuel Adorni de la Jefatura de Gabinete y el desembarco de Diego Santilli, una figura que hace equilibrio entre el paladar libertario y su origen en el PRO. La designación de Santilli fue leída en clave de puente con el macrismo, pero los ataques de Milei a Macri corren en sentido contrario y dejan al flamante jefe de ministros en una posición incómoda: negociar leyes con un socio al que el Presidente maltrata en público. El Gobierno pide gobernabilidad con una mano y agita la interna con la otra.
La historia del vínculo entre ambos es la de un péndulo. Los autores que analizaron la relación Macri–Milei coinciden en que la convivencia se mueve entre la cooperación puntual y la disputa por el mismo electorado, con cada espacio buscando fagocitar al otro. Desde el Tedeum de mayo, cuando se los vio en un gesto de acercamiento, hasta la escalada actual, el termómetro cambió varias veces en pocas semanas. Ningún observador se anima a decir si esta pelea es el preludio de una ruptura o apenas una negociación a cielo abierto.
En el macrismo hay quienes interpretan que Milei necesita marcar diferencias con el PRO para retener a su núcleo duro y evitar que el partido amarillo capitalice el desgaste de la gestión. Otros creen que el Presidente subestima el costo de romper con quienes le garantizan quórum. La convivencia, describen en Balcarce 50, es "tensión, negociación y coexistencia simultánea": todos se cuidan de no romper del todo, pero nadie cede terreno. El problema es que la aritmética parlamentaria no perdona: sin PRO no hay reforma tributaria ni laboral.
El trasfondo económico agrega otra capa. Al reflotar el fantasma del reperfilamiento, Milei busca contrastar su propio esquema —superávit fiscal, desinflación y baja del riesgo país— con la herencia que atribuye a la gestión anterior. Pero el argumento tiene doble filo: buena parte del elenco económico y político que hoy rodea al Presidente proviene de aquel gobierno, y varios de sus aliados en el Congreso firmaron o convalidaron las decisiones que ahora se cuestionan. La grieta que Milei intenta abrir dentro del PRO amenaza con dividir a su propia coalición legislativa.
Analistas que siguen la interna de Juntos por el Cambio observan que el episodio consolida una tendencia: el macrismo dejó de comportarse como socio incondicional y empezó a marcar la cancha. La reciente publicación de un documento partidario que separa la mejora de los números macroeconómicos de la vida cotidiana de la gente fue una señal en esa dirección. El PRO quiere que se note la diferencia entre acompañar y subordinarse.
De cara a 2027, ambos espacios juegan a diferenciarse sin romper, conscientes de que comparten un mismo electorado no peronista y de que una fractura los debilitaría a los dos. La duda que sobrevuela la política argentina es cuánto puede estirarse esa cuerda antes de cortarse. Por ahora, el Presidente parece dispuesto a tensarla al máximo, convencido de que el desgaste lo paga el otro.
El calendario legislativo vuelve el problema urgente. El Gobierno necesita los votos del PRO para avanzar con la reforma tributaria y la modernización laboral, las dos iniciativas que la Casa Rosada considera centrales para el segundo semestre. Cada exabrupto presidencial contra Macri encarece esa negociación y le da argumentos a quienes, dentro del bloque amarillo, piden endurecer las condiciones del acompañamiento. La pelea verbal tiene una traducción directa en la aritmética del recinto.
En el peronismo, mientras tanto, observan la escena con una mezcla de sorpresa y cálculo. La disputa entre Milei y Macri le abre al principal espacio opositor la posibilidad de capitalizar la fractura del oficialismo ampliado, aunque su propia interna le impide hoy sacar provecho de ese escenario. El senador Sergio Uñac, que recorre las provincias con su proyección federal, cuestionó el estilo del Gobierno al advertir que "los insultos se convirtieron en el método de comunicación del gobierno nacional con la sociedad y con las provincias", en declaraciones que reprodujo Perfil. La agresividad presidencial, señalan desde el peronismo del interior, termina alcanzando también a los aliados.
Analistas de la política argentina coinciden en que el episodio marca un cambio de época en la relación entre La Libertad Avanza y el PRO. Del acompañamiento incondicional de los primeros meses de gestión se pasó a una convivencia tensa, en la que el socio menor reclama reconocimiento y el oficialismo responde con chicanas. Ese reacomodamiento, advierten, se profundizará a medida que se acerque la competencia electoral, cuando ambos espacios deban decidir si van juntos o separados. La cuenta regresiva hacia 2027 ya empezó a condicionar cada gesto.
Mientras el oficialismo celebra la baja del riesgo país como prueba de su éxito, en el bloque aliado hacen una cuenta más terrenal: sin sus manos levantadas en el recinto, ninguno de esos números se traduce en ley. El que quiera gobernabilidad, avisan, que empiece por cuidar a los que se la dan.