La formación de Vaca Muerta volvió a colocar a la Argentina en la senda de un récord histórico de producción petrolera. Las proyecciones para 2026 anticipan la mayor extracción de crudo de la historia del país, impulsada por el desarrollo sostenido de la cuenca neuquina. El yacimiento no convencional se consolidó como el principal motor de la producción energética nacional y como una de las pocas buenas noticias de la macroeconomía.
Los números respaldan el optimismo. Según las estimaciones del sector, la Argentina se encamina a producir unos 54,5 millones de metros cúbicos de crudo en 2026, lo que representaría un incremento del 16% respecto de 2025 y superaría en un 11% el récord histórico anterior, fijado en 1998. El país no producía tanto petróleo desde hace más de un cuarto de siglo, y Vaca Muerta es la razón de ese salto.
El peso de Neuquén en ese desempeño es determinante. La provincia patagónica alcanzó su mejor registro histórico de producción de petróleo y ya aporta dos de cada tres barriles del país, según consignó Infobae. Neuquén se transformó en el corazón energético de la Argentina, con Vaca Muerta como su yacimiento estrella.
El impacto se traslada de lleno a las cuentas externas. La balanza comercial energética marcó registros récord, con un saldo positivo que sostiene buena parte del superávit comercial del país. La energía dejó de ser un problema de divisas para convertirse en una fuente neta de dólares, un giro que modifica de raíz la estructura del comercio exterior argentino. El sector que durante años drenó reservas hoy las genera, y eso reordena el balance de la economía.
Entre las empresas que operan en la cuenca, YPF lideró la producción con unos 319,7 mil barriles diarios, según los datos del sector. La petrolera de mayoría estatal se mantiene como la principal jugadora del desarrollo no convencional, seguida por un pelotón de compañías privadas que aceleran sus inversiones en la formación. El liderazgo de YPF en Vaca Muerta marca el pulso del crecimiento de toda la industria.
El desempeño del gas acompaña la tendencia, aunque con matices. Pese a la desaceleración de la producción de gas convencional, las proyecciones anuales se mantienen positivas, con una caída inferior al 1%, y 2026 tiene el potencial de cerrar como el segundo mejor año de producción gasífera en las últimas dos décadas. El gas no convencional compensa la declinación de los yacimientos tradicionales y sostiene el abastecimiento.
Para destrabar todo ese potencial, el sector necesita infraestructura. La construcción de gasoductos, plantas de tratamiento y obras de evacuación de la producción es la condición para que los récords proyectados se traduzcan en exportaciones efectivas. Las definiciones sobre el LNG (gas natural licuado) aparecen como uno de los grandes temas pendientes para el mediano plazo. El cuello de botella ya no es el recurso, sino la capacidad de transportarlo y exportarlo.
Distintos especialistas del sector energético valoran el potencial de Vaca Muerta como una palanca de desarrollo que puede transformar la matriz exportadora argentina. Las proyecciones más ambiciosas hablan de inversiones que rondan los 60.000 millones de dólares y de una duplicación de la producción petrolera hacia 2030. El horizonte de la cuenca es uno de los activos más sólidos que tiene la economía argentina de cara a la próxima década.
El desafío, coinciden los analistas, es sostener las inversiones y resolver los problemas de infraestructura sin que la coyuntura macroeconómica interfiera. La volatilidad del dólar, los vencimientos de deuda y la incertidumbre electoral son factores que pueden condicionar el ritmo de los desembolsos. El recurso está; lo que falta garantizar es la previsibilidad para que las inversiones lleguen y se sostengan.
El crecimiento de la cuenca tiene además un efecto sobre la matriz exportadora del país. La energía empieza a disputarle a los granos el lugar de principal generador de divisas, una transformación estructural que, de consolidarse, modificaría el perfil productivo argentino de las próximas décadas. La diversificación de las fuentes de dólares es vista como una de las claves para reducir la histórica vulnerabilidad externa de la economía. Vaca Muerta promete convertir a la energía en el nuevo motor exportador de la Argentina, junto al campo.
El contraste con el resto de la economía es notorio. Mientras el dólar acumula su mayor suba mensual en casi un año y el riesgo país frena su descenso, la energía exhibe récords de producción y un aporte creciente de divisas. Vaca Muerta funciona como el ancla de divisas que sostiene buena parte del equilibrio externo en un contexto financiero tenso.
Para la producción nacional, el desarrollo de la cuenca representa además un efecto derrame sobre el empleo, los proveedores y las economías regionales del sur del país. La actividad petrolera moviliza una cadena de valor que excede a las grandes operadoras y que se extiende a pymes, servicios y mano de obra calificada. El boom de Vaca Muerta no se mide solo en barriles, sino en la actividad que genera alrededor de cada pozo.
Por ahora, la cuenca neuquina se mantiene como uno de los pocos sectores que ofrece datos positivos en un contexto económico complejo. La proyección de un récord histórico de producción y el aporte de la energía al superávit comercial consolidan a Vaca Muerta como una de las grandes apuestas estructurales de la Argentina. El recurso está bajo tierra; el desafío de la próxima etapa es convertirlo en desarrollo sostenido.