La disputa por el control del aparato peronista en la Provincia de Buenos Aires se convirtió en el corazón de la interna que enfrenta a Máximo Kirchner y La Cámpora con Axel Kicillof. El kirchnerismo busca retener el dominio de la estructura bonaerense, la más poderosa del justicialismo, ante el crecimiento autónomo del gobernador.
El conflicto, que viene escalando desde hace meses, tiene un componente territorial decisivo. La Provincia de Buenos Aires concentra el mayor caudal electoral del país y su control define buena parte del poder dentro del peronismo. Por eso, la pelea entre Máximo Kirchner y Kicillof no es solo una discusión de candidaturas, sino una pulseada por quién manda en el principal distrito. Quien controle el aparato bonaerense tendrá la llave de la conducción del peronismo nacional.
Máximo Kirchner viene delineando la sucesión de Cristina Kirchner al frente del Partido Justicialista y trabaja para que esa transición no debilite el peso del kirchnerismo en la Provincia. La estrategia, según las distintas reconstrucciones periodísticas, apunta a sostener el control de la estructura partidaria aun en un escenario de tensión abierta con el gobernador. El camporismo no quiere ceder el aparato que construyó durante años, ni siquiera a costa de profundizar la pelea con Kicillof.
Del otro lado, el gobernador apuesta a consolidar un poder propio que lo independice de la conducción kirchnerista. Su decisión de construir una identidad política diferenciada, con armado territorial y cuadros leales, es leída por el kirchnerismo como un desafío directo a la verticalidad histórica del espacio. Kicillof dejó de pedir permiso y eso es, para el kirchnerismo, la verdadera traición.
En el peronismo del interior, la disputa se mira con la misma distancia crítica hacia los dos bandos: dirigentes de distintas provincias advierten que la guerra de aparatos se desarrolla sin propuestas serias de ninguno de los dos lados y que el espacio dejó de funcionar como alternativa. "No somos una alternativa", sintetizó la preocupación que recogió Infobae entre referentes justicialistas del interior. La pelea por el aparato vació de contenido al peronismo justo cuando más necesitaba ofrecer un programa.
El reproche apunta a una dirigencia que, según estas voces, prioriza la rosca interna por encima de la construcción de una propuesta de gobierno. Mientras el oficialismo nacional ordena su Gabinete y confirma la candidatura presidencial de Javier Milei, el peronismo gasta su energía en una disputa de nombres y de estructuras. El contraste deja al kirchnerismo y al kicillofismo discutiendo lapiceras mientras la Casa Rosada discute el país.
En el universo camporista, figuras como la intendenta de Quilmes y dirigentes del riñón de Máximo Kirchner aparecen como piezas clave del armado para retener la Provincia. Sus críticos, dentro y fuera del peronismo, los describen como cuadros de aparato más enfocados en la disputa de poder que en la gestión y las propuestas. Para los detractores, el camporismo bonaerense exhibe musculatura territorial pero escasea en ideas de gobierno.
El kicillofismo, por su parte, tampoco escapa al cuestionamiento. La gestión provincial atraviesa paros docentes recurrentes, reclamos por inseguridad y tensiones presupuestarias, lo que erosiona el principal capital que el gobernador quiere exhibir: la idea de que gobierna mejor que el resto. Kicillof necesita mostrar gestión para sostener su proyecto, pero la Provincia le devuelve conflictos en cadena.
La estructura de poder en juego se construyó durante más de una década. La Cámpora desplegó en la Provincia una red de intendencias, áreas de gobierno, organizaciones y cuadros que la convirtieron en una de las corrientes con mayor peso territorial del peronismo. Disputar ese entramado con un gobernador que también construye desde el Estado provincial es una pelea entre dos aparatos que crecieron en paralelo y que ahora chocan. La interna enfrenta a dos maquinarias que durante años convivieron y que hoy se disputan el mismo territorio.
Los analistas coinciden en que el desenlace de esta pelea definirá el futuro inmediato del peronismo. Si Máximo Kirchner logra retener el control del aparato, el kirchnerismo conservará su centralidad histórica; si Kicillof consolida su poder territorial, el espacio podría reordenarse en torno a un nuevo liderazgo. La Provincia es el premio, y la disputa por su control marcará quién conduce al peronismo de la próxima etapa.
En el medio, dirigentes de otras provincias intentan abrir una tercera vía. El reclamo de una interna abierta, impulsado por sectores que se sienten ajenos a la pelea bonaerense, busca destrabar el bloqueo con una definición por los votos. La propuesta, sin embargo, choca con la posible eliminación de las PASO que impulsa el Gobierno nacional. El peronismo podría quedarse sin la herramienta misma que necesita para resolver su crisis de conducción.
La conclusión que circula en el interior del espacio es desalentadora. Mientras la dirigencia pelea por el aparato, la base electoral observa con desconcierto una interna que no ofrece respuestas a la crisis económica ni a los problemas de gestión. La guerra por la Provincia podría terminar costándole al peronismo lo más valioso: su credibilidad como alternativa.
Por ahora, la disputa sigue abierta y sin señales de tregua. Máximo Kirchner y La Cámpora apuestan a retener la Provincia, Kicillof a consolidar su autonomía, y el peronismo del interior a no quedar atrapado en una pelea que siente ajena. El único que, por ahora, saca rédito de la interna es el oficialismo que la mira desde la vereda de enfrente.