La interna entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof entró en su etapa más cruda y el peronismo bonaerense quedó frente a una disyuntiva que ya nadie disimula: dirimir las diferencias en una eventual PASO o marchar hacia una ruptura. La falta de acuerdo entre los dos principales referentes del espacio dejó al justicialismo al borde de una fractura que podría redefinir el mapa opositor.
Las diferencias entre Kicillof y el kirchnerismo se profundizaron en los últimos días, y en ambos sectores reconocen que no existe una estrategia común para definir el futuro electoral del peronismo. El gobernador, según consignó La Nación, ya admite un "punto de quiebre" con el kirchnerismo, aunque ordenó a su entorno no responderle públicamente a Máximo Kirchner. Kicillof eligió el silencio táctico, pero la herida interna ya está abierta y a la vista de todos.
El detonante más reciente fue el acto en Parque Lezama del 20 de junio, donde Máximo Kirchner encabezó un banderazo en apoyo a Cristina y pronunció un discurso dirigido principalmente al gobernador. "Hablan de la unidad del peronismo y ni siquiera son capaces de ir a ver a Cristina", lanzó el diputado, en una frase que marcó el tono de la disputa. El reproche por la falta de gestos hacia la expresidenta se convirtió en el eje del conflicto.
Desde el entorno de Kicillof respondieron con una definición que tensó aún más la cuerda. El kicillofismo planteó que "no es año de candidaturas" y que las definiciones electorales deberá resolverlas "el pueblo en las PASO", según trascendió en distintos medios. La respuesta del gobernador fue clara: si hay que elegir candidato, que lo decidan los votos y no los acuerdos de cúpula.
La hipótesis de las primarias, sin embargo, choca con un obstáculo concreto: la reforma electoral que impulsa el Gobierno de Javier Milei contempla, justamente, la eliminación de las PASO. Si esa norma avanza, el mecanismo que algunos sectores del peronismo imaginan para dirimir la interna quedaría clausurado. El kirchnerismo y el kicillofismo discuten una herramienta que el oficialismo nacional planea borrar del calendario.
En el peronismo del interior, la pelea genera preocupación. Dirigentes de distintas provincias advirtieron que la guerra de aparatos entre los Kirchner y Kicillof debilita al espacio en su conjunto. "No somos una alternativa", resumió la inquietud que recogió Infobae entre referentes del justicialismo del interior. La interna bonaerense terminó contagiando su pesimismo a todo el peronismo nacional.
El trasfondo del conflicto es profundo. En el kirchnerismo están convencidos de que Kicillof traicionó la conducción de Cristina al desdoblar las elecciones y construir poder propio; en el entorno del gobernador creen que cualquier acercamiento a la expresidenta es una trampa para subordinarlo. La desconfianza mutua bloquea cualquier salida negociada y alimenta la lógica de la ruptura.
Las posibles salidas son escasas y todas tienen costos. Una es que Cristina Kirchner termine cerrando un acuerdo con Kicillof, lo que exigiría concesiones que ninguno de los dos parece dispuesto a hacer hoy. Otra es que las diferencias se diriman en una PASO —si la herramienta sobrevive a la reforma electoral—, donde el ganador quede legitimado por los votos. La tercera, la más temida, es la fractura del espacio en dos. Ninguna de las opciones garantiza un peronismo competitivo de cara a 2027.
El contraste con el oficialismo es notorio. Mientras el peronismo discute si compite o se rompe, Javier Milei confirmó su candidatura a la reelección y rearmó su Gabinete con Diego Santilli al frente, en un esquema pensado para la campaña. El justicialismo ofrece el espejo invertido de un oficialismo que se ordena mientras la oposición se fragmenta.
Distintos analistas advierten que la interna llega en el peor momento. El peronismo necesita mostrar una alternativa de gestión y de programa frente a la Casa Rosada, pero la energía del espacio está consumida por la pelea de aparatos. La pulseada por las candidaturas tapó el debate sobre qué propone el peronismo para el país.
La historia reciente del peronismo agrega densidad al momento. El espacio llegó a la conducción nacional en 2019 con una fórmula de unidad que combinó al kirchnerismo con sectores moderados, y mantuvo durante años una cohesión basada en la figura de Cristina Kirchner como ordenadora. La erosión de ese liderazgo y la aparición de un dirigente con poder propio como Kicillof rompieron ese equilibrio y abrieron una disputa que no tiene un árbitro claro. El peronismo perdió el mecanismo informal que durante años resolvió sus internas: la última palabra de Cristina.
En el medio quedan figuras que intentan capitalizar el vacío. El senador y exgobernador sanjuanino Sergio Uñac reclama una interna abierta y se postula como precandidato presidencial, con el argumento de que ni Kicillof ni nadie tiene "avales" para ser el candidato natural y que la única forma de definirlo es "con el voto popular". La crisis de conducción abrió la puerta a outsiders de la pelea bonaerense que buscan terciar en la disputa nacional.
Por ahora, la foto es de parálisis. Sin acuerdo entre Cristina y Kicillof, con la PASO en duda por la reforma electoral y con el peronismo del interior alarmado, el espacio transita una de sus etapas más inciertas. El futuro del principal partido opositor depende de una negociación que, por ahora, ninguno de sus protagonistas parece dispuesto a iniciar.