Diego Santilli juró este martes 30 de junio como jefe de Gabinete en una ceremonia en el Salón Blanco de la Casa Rosada, prevista para las 16, y se convirtió en el cuarto funcionario en ocupar ese despacho en lo que va de la gestión de Javier Milei. El traspaso sella el reemplazo de Manuel Adorni, que renunció en medio de una investigación por presunto enriquecimiento ilícito, y consolida un rediseño del Gabinete pensado en clave electoral.
A diferencia de sus antecesores, Santilli llega con un esquema de poder ampliado: además de la coordinación política del Ejecutivo, conserva bajo su órbita el Ministerio del Interior, desde donde seguirá encabezando la negociación con los gobernadores y con la oposición dialoguista. La concentración de la mesa política y del vínculo federal en una sola figura es la apuesta más fuerte del Gobierno para recuperar gobernabilidad después de meses de tensión con las provincias.
En sus primeras declaraciones tras conocerse la designación, el flamante jefe de Gabinete no esquivó el componente electoral de su llegada. "El liderazgo hoy, claramente y contundentemente, es de Javier Milei, que ganó las elecciones, volvió a ganar y me gustaría que pueda ser reelecto", afirmó Santilli, en una definición que ordena el horizonte del oficialismo hacia 2027. El propio funcionario admitió que su tarea está atada al proyecto de continuidad presidencial, sin matices.
Santilli también se refirió a su pasado en el PRO y a su vínculo con Mauricio Macri, en momentos en que el espacio amarillo discute su lugar dentro del armado libertario. Según consignó la prensa platense, el exvicejefe porteño señaló que había hablado con el expresidente, pero subrayó que "hoy lidera Milei". El gesto buscó despejar dudas sobre lealtades cruzadas en un Gabinete que el oficialismo quiere blindar de internas.
La estructura que recibe Santilli no es menor. Con la fusión de la Jefatura de Gabinete y el Interior, el dirigente pasa a controlar la articulación parlamentaria, la negociación de las reformas trabadas en el Congreso y la relación cotidiana con los mandatarios provinciales que reclaman obras, fondos y previsibilidad. El armado fue diseñado por Karina Milei y contó con el aval de Santiago Caputo, los dos vértices del poder real en la Casa Rosada, según la reconstrucción que publicó Ámbito sobre la estrategia detrás del nombramiento.
El desembarco se da en un contexto delicado. El dólar oficial acumuló en junio su mayor suba mensual en casi un año, el riesgo país dejó de descender y el Gobierno enfrenta un segundo semestre cargado de vencimientos y de definiciones electorales. A Santilli le toca administrar la política en el peor momento financiero del año, con la economía como principal frente de tormenta.
En el universo de los gobernadores, la designación fue recibida con expectativa. Varios mandatarios alineados con la Casa Rosada destacaron la experiencia de gestión del nuevo jefe de Gabinete y su disposición al diálogo. La gobernadora de Santa Cruz valoró la llegada de Santilli como una señal positiva para una etapa en la que, según planteó, la Argentina necesita fortalecer el diálogo federal, de acuerdo con la difusión oficial de la provincia patagónica. El mensaje de los aliados fue de tregua condicionada: respaldo a cambio de respuestas concretas en coparticipación y obra pública.
No todos los movimientos son de festejo. En la oposición dialoguista advierten que el oficialismo llega tarde a un esquema de negociación que vino postergando durante meses, y que la fusión de áreas le da a Santilli un poder que también lo expone: cualquier traspié en la relación con las provincias o en el Congreso recaerá directamente sobre su figura. El rediseño le entrega al exministro toda la lapicera política, pero también toda la responsabilidad si las reformas siguen sin avanzar.
El paquete de iniciativas que el Gobierno necesita destrabar incluye la reforma electoral —con la eliminación de las PASO y el proyecto de Ficha Limpia—, que según fuentes legislativas quedó congelada hasta agosto por la acumulación de proyectos en el Senado. La intención libertaria es que las modificaciones rijan recién para los comicios de 2027. El primer test de gestión de Santilli será mostrarle a la tropa propia y a los aliados que la maquinaria parlamentaria vuelve a moverse.
La llegada del exministro también reordena el tablero hacia adentro. Con Adorni desplazado por la causa judicial y el área de comunicación bajo la lupa, el oficialismo busca recomponer una imagen de orden en plena disputa por la economía. La estrategia, según trascendió, apunta a que Santilli funcione como el gran armador territorial de la campaña presidencial, mientras Karina Milei conserva el control del aparato partidario y Caputo, el del andamiaje económico y comunicacional. El reparto de roles dibuja un triángulo de poder en el que el nuevo jefe de Gabinete es la cara visible, pero no el dueño de las decisiones finales.
En la oposición peronista leen el movimiento con cautela. Mientras el Gobierno reordena su mesa chica, el peronismo atraviesa su propia crisis de conducción, con la interna entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof sin resolución a la vista. La paradoja no pasa inadvertida en los despachos libertarios: el oficialismo rearma su estructura electoral justo cuando el principal espacio opositor se muestra incapaz de ordenar la suya. El contraste entre un Gobierno que centraliza y una oposición que se fragmenta es, por ahora, la mejor noticia que tiene la Casa Rosada.
La rotación en la Jefatura de Gabinete habla por sí sola del desgaste del cargo. Santilli es el cuarto funcionario en ocupar ese despacho desde el inicio de la gestión, una silla que en menos de dos años pasó por distintas manos en medio de tensiones internas y crisis de gestión. La salida de Manuel Adorni, empujado por una investigación judicial por presunto enriquecimiento ilícito, agregó un componente de escándalo a un recambio que el oficialismo intentó presentar como una decisión estratégica. La inestabilidad en la coordinación del Gabinete contrasta con la imagen de orden que el Gobierno quiere proyectar de cara a la campaña.
El trasfondo económico vuelve más exigente la tarea del nuevo jefe de Gabinete. El dólar oficial acumuló en junio su mayor suba mensual en casi un año, el riesgo país se ubicó en torno a los 428 puntos básicos tras frenar su descenso, y el equipo económico encara un segundo semestre con vencimientos de deuda que obligan a salir a buscar financiamiento. La inflación de mayo, en cambio, fue del 2,1%, la más baja en ocho meses, el dato que el oficialismo exhibe como prueba de que el rumbo funciona. Santilli deberá sostener la gobernabilidad política mientras la economía envía señales contradictorias.
En el plano parlamentario, la agenda de Santilli incluye un paquete de reformas que el Gobierno necesita destrabar y que hoy permanece frenado. La reforma electoral, con la eliminación de las PASO y el proyecto de Ficha Limpia, quedó congelada en el Senado hasta agosto, según fuentes legislativas, por la acumulación de iniciativas y la falta de consensos. A eso se suman las negociaciones por el Presupuesto, la coparticipación y la obra pública que reclaman las provincias. El nuevo jefe de Gabinete recibe una agenda legislativa atascada que deberá ordenar contrarreloj.
La jura de Santilli abre así una etapa que el oficialismo define como de "relanzamiento" y que sus críticos describen como un intento de tapar con gestión política los agujeros de la economía. El nuevo jefe de Gabinete asume con la promesa de reactivar el diálogo con las provincias y de poner en marcha las reformas, en un calendario que corre cuesta arriba y con el reloj electoral ya encendido. Lo que está en juego no es solo la coordinación del Gabinete, sino la capacidad del Gobierno de llegar a 2027 con la gobernabilidad y la economía bajo control al mismo tiempo.