El fantasma de la ruptura: la pelea Cristina-Kicillof y el dilema de las PASO acercan al peronismo a una fractura - Política y Medios
30-06-2026 - Edición Nº6724

TENSIÓN

El fantasma de la ruptura: la pelea Cristina-Kicillof y el dilema de las PASO acercan al peronismo a una fractura

El kirchnerismo aceptó disputar una primaria contra el gobernador y el PJ prepara un acto, pero la posible suspensión de las primarias reabre la guerra. El espacio coquetea con una división que le serviría en bandeja la elección a Milei.

El peronismo bonaerense juega con fuego. La pelea entre el sector de Cristina Fernández de Kirchner y el de Axel Kicillof, cruzada con el debate sobre el futuro de las PASO, acercó al espacio a un escenario que hasta hace poco parecía impensado: el de una fractura formal. La posibilidad de que el principal movimiento opositor se parta en dos sobrevuela cada reunión, cada acto y cada declaración cruzada entre los dos bandos. En el medio, la sensación de que la interna se devora la oportunidad histórica que el desgaste del Gobierno le abre a la oposición de cara a 2027.

El conflicto encontró un punto de aparente distensión cuando el kirchnerismo aceptó la idea de disputar una primaria contra Kicillof para dirimir la candidatura. La Cámpora admitió estar dispuesta a competir en una PASO contra el sector del gobernador, y el PJ comenzó a preparar un acto de unidad para mostrar que el espacio todavía puede convivir bajo un mismo techo. El ministro de Gobierno bonaerense, Carlos Bianco, definió a las primarias como el mejor sistema para resolver una candidatura peronista, en una señal de que el sector de Kicillof apuesta a las urnas internas para legitimar a su candidato. La aceptación de la competencia interna parecía, por un momento, una salida ordenada al laberinto.

Pero la calma duró poco. La discusión sobre la reforma electoral que avanza en el Congreso, con la eliminación de las PASO como uno de sus capítulos centrales, volvió a encender la mecha. Si las primarias desaparecen, la definición de la candidatura quedaría en manos de la conducción partidaria, lo que altera por completo el tablero. El sector de Kicillof teme que, sin PASO, el kirchnerismo use el control del aparato para imponer un candidato sin pasar por el voto. Esa perspectiva reabrió la desconfianza y puso en duda el clima de unidad que se había intentado construir, dejando expuesta la fragilidad del acuerdo.

El nudo del conflicto es viejo y conocido. La decisión de Cristina Kirchner de cuestionar el desdoblamiento electoral que impulsó Kicillof, sumada a su negativa a respaldarlo como candidato presidencial, marcó el inicio de una etapa de enfrentamiento abierto. El gobernador, que aspira a proyectarse a nivel nacional, choca con un kirchnerismo que no está dispuesto a entregarle la conducción del espacio sin pelear. La ex presidenta, aun en medio de su situación judicial, sigue siendo el factor ordenador del peronismo, y su palabra pesa más que cualquier estructura partidaria o cargo de gestión.

La interna tiene, además, un costado de aparatos. Detrás de la discusión sobre candidaturas y primarias se juega el control de los recursos, las listas y los territorios. Cada sector mide su fuerza en intendencias, sindicatos y organizaciones, y nadie quiere ceder porciones de poder en una negociación que podría definir la próxima década del peronismo. La pelea no es por un programa ni por un rumbo, sino por quién maneja la estructura que sobreviva a la era Cristina. Esa ausencia de discusión política de fondo es, para muchos dirigentes, el síntoma más preocupante de un movimiento que perdió el rumbo estratégico.

Desde el peronismo del interior la preocupación es explícita. Caciques provinciales que no responden a ninguno de los dos bandos advierten que la guerra metropolitana los deja sin un proyecto nacional y los expone a perder la elección por anticipado. La idea de que el peronismo no es hoy una alternativa de poder, sino un campo de batalla entre facciones, gana terreno entre los dirigentes que miran el conflicto desde afuera. El temor de fondo es que la interna termine regalándole a Milei una elección que el oficialismo, por sus propios problemas, no tiene asegurada. Esa advertencia se repite en cada reunión de gobernadores y referentes del interior que no quieren quedar atrapados en una pelea ajena.

El Gobierno observa el espectáculo con comodidad. Mientras el peronismo se desgarra en su disputa interna, el oficialismo gana tiempo para reordenar su propio armado tras la salida de Adorni y la llegada de Santilli a la Jefatura de Gabinete. La fragmentación del principal espacio opositor funciona como un seguro de gobernabilidad para una administración que viene golpeada por escándalos y por la tensión con las provincias. Cada round de la pelea Cristina-Kicillof se traduce en oxígeno para la Casa Rosada, que encuentra en la división peronista un alivio que no consigue por mérito propio.

Los escenarios posibles son acotados. O Cristina y Kicillof alcanzan finalmente un acuerdo que ordene la candidatura, o las diferencias se dirimen en una primaria —si es que las PASO sobreviven a la reforma— donde el ganador quede legitimado por los votos. La tercera opción, la de la ruptura, es la que nadie quiere nombrar en público pero todos contemplan en privado. Una fractura formal dejaría al peronismo dividido en dos boletas y prácticamente sin chances de competir por la presidencia. El fantasma de 2015 y de otras divisiones históricas sobrevuela un espacio que conoce de memoria el costo electoral de presentarse partido.

El acto de unidad que prepara el PJ será una primera prueba de fuego. Servirá para medir si los dos sectores son capaces de compartir un escenario sin que la foto termine en un nuevo cruce de reproches. La unidad del peronismo dejó de ser un punto de partida para convertirse en una incógnita que se resuelve día a día. Mientras tanto, la pelea sigue, el reloj electoral corre y la posibilidad de la fractura, lejos de disiparse, se vuelve cada vez más concreta, en un espacio que parece decidido a poner a prueba los límites de su propia convivencia.

La pelea tiene también un costo que se mide en la calle. Mientras la dirigencia se enreda en la disputa por las candidaturas y las estructuras, la militancia y los votantes asisten al espectáculo con una mezcla de hartazgo y desconcierto. El desgaste de la interna erosiona la mística que el peronismo supo construir como su principal capital político. Esa pérdida de entusiasmo en las bases es uno de los daños más difíciles de revertir, porque afecta la capacidad de movilización que históricamente distinguió al espacio.

En el plano nacional, la fragmentación del peronismo redibuja el mapa de cara a 2027. Sin una conducción clara ni un candidato consensuado, el principal espacio opositor llega golpeado a una elección que, por el desgaste del Gobierno, podría estar a su alcance. La paradoja es que el peronismo podría perder por su propia interna una elección que el oficialismo no tiene asegurada por sus méritos. El tiempo para ordenar el espacio se acorta, y cada semana de pelea reduce el margen para una reconstrucción que cada vez parece más difícil de concretar.

El debate sobre las PASO, además, dejó de ser una discusión técnica para convertirse en el corazón de la pelea. Para el sector de Kicillof, las primarias son una garantía de que la candidatura se defina por el voto y no por la lapicera de la conducción; para el kirchnerismo, en cambio, su eventual eliminación abriría la puerta a un acuerdo de cúpula. La suerte de las primarias en el Congreso podría inclinar la balanza interna del peronismo hacia uno u otro sector. Por eso ambos bandos siguen con atención cada movimiento en el Senado, conscientes de que la reforma electoral puede reescribir las reglas de su propia disputa.

En el horizonte, el peronismo enfrenta una decisión que define su identidad. Puede optar por el camino de la unidad forzada, que mantenga la convivencia a costa de postergar la definición de fondo, o por el de la competencia abierta, que dirima el liderazgo en las urnas internas. La tercera vía, la de la ruptura, asoma como el peor de los escenarios y, sin embargo, ninguno de los protagonistas hace lo necesario para descartarla. El espacio que supo ser la principal maquinaria electoral del país coquetea con la posibilidad de inmolarse en su propia interna. El desenlace, todavía abierto, definirá si el peronismo llega a 2027 como una alternativa o como un recuerdo de lo que supo ser.

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