Máximo Kirchner delinea la sucesión de Cristina en el PJ y le complica el armado a Kicillof - Política y Medios
30-06-2026 - Edición Nº6724

INTERNA

Máximo Kirchner delinea la sucesión de Cristina en el PJ y le complica el armado a Kicillof

El diputado mueve las piezas para garantizar la conducción del partido y deja en aprietos al gobernador, que busca proyectarse a 2027. La pelea por el aparato amenaza con fracturar al peronismo.

Máximo Kirchner aceleró los movimientos para delinear la sucesión de Cristina Fernández de Kirchner al frente del Partido Justicialista y, en el camino, complicó el armado político de Axel Kicillof. La disputa por la conducción del aparato partidario se convirtió en el verdadero campo de batalla de un peronismo que, en lugar de discutir un proyecto, dirime quién se queda con las llaves de la estructura. El diputado y referente de La Cámpora busca asegurar que el sello del PJ y sus resortes internos queden en manos de su sector, una jugada que condiciona de lleno las aspiraciones presidenciales del gobernador bonaerense.

El trasfondo es una interna que dejó de ser silenciosa. La decisión de Cristina Kirchner de no respaldar a Kicillof como candidato presidencial del peronismo golpeó de lleno las pretensiones del gobernador, que aspira a proyectarse como la principal alternativa del espacio de cara a 2027. En el entorno de Kicillof admiten que la falta de apoyo de la ex presidenta es el dato más sensible, por encima incluso de los embates públicos de Máximo. El verdadero problema para el gobernador no son los cuestionamientos del camporismo, sino el silencio de Cristina respecto de su candidatura, una señal que en el peronismo se lee como una negativa de hecho.

La tensión escaló en las últimas semanas. En un acto por la situación judicial de Cristina, Máximo Kirchner apuntó directamente contra Kicillof y le reprochó la distancia con la ex mandataria. "Hablan de unidad y ni siquiera son capaces de ir a verla", lanzó el diputado, según consignó El Cronista, en una frase que sintetizó el reproche del kirchnerismo hacia el gobernador. En el cristinismo sostienen que Kicillof no visita a Cristina desde hace meses porque no la reconoce como pieza central de su construcción rumbo a la Casa Rosada, una lectura que el gobernador rechaza pero que alimenta la grieta interna. El cruce dejó al descubierto que la pelea ya no se libra solo en los despachos, sino también en los actos públicos.

La pelea por la sucesión partidaria tiene una lógica concreta. Quien controle el PJ tendrá la lapicera para definir candidaturas, ordenar listas y administrar los recursos del partido en un año clave. Por eso Máximo Kirchner trabaja para garantizar que la conducción quede alineada con el legado de su madre y con La Cámpora, en una maniobra que busca blindar al sector frente al avance de Kicillof. El control del sello justicialista es el premio mayor de una interna que se juega más en los entresijos partidarios que en las plazas, y que define quién tendrá la última palabra a la hora de armar la oferta electoral del peronismo.

Kicillof, por su parte, intenta sostener su proyección sin romper de manera explícita. El gobernador admitió en privado un "punto de quiebre" con el kirchnerismo, pero ordenó a su tropa no responderle a Máximo para no escalar el conflicto a un punto de no retorno. Esa estrategia de contención busca evitar que la interna derive en una ruptura formal que dejaría al peronismo partido en dos de cara a la elección presidencial. La apuesta del gobernador es resistir el desgaste y consolidar su figura como gestión, mientras espera que el péndulo del espacio se incline a su favor por el peso de su rol al frente de la principal provincia del país.

El conflicto, sin embargo, expone una debilidad estructural. Mientras los dos sectores se disputan el aparato, el peronismo no logra ofrecer una propuesta común frente al gobierno de Milei. La guerra de posiciones internas consume la energía que el espacio debería destinar a construir una alternativa, y deja la sensación de un movimiento más preocupado por repartir cargos que por recuperar poder. La pelea por la lapicera partidaria se devora la posibilidad de que el peronismo se presente como una opción competitiva en 2027. Esa parálisis, advierten distintos dirigentes, es la mejor noticia que podría recibir un oficialismo golpeado por sus propios escándalos.

Desde el peronismo del interior observan el cruce con creciente preocupación. Dirigentes de provincias ajenas a la disputa bonaerense advierten que la pelea entre los Kirchner y Kicillof los deja sin un proyecto nacional al que sumarse, y reclaman una definición que ordene el espacio antes de que sea tarde. La sensación de que la interna metropolitana arrastra al conjunto del peronismo a un callejón sin salida crece entre los gobernadores y caciques territoriales que no responden a ninguno de los dos bandos. Para esos sectores, la discusión por el sello partidario es ajena a las urgencias de sus provincias y los condena a esperar una resolución que no controlan.

La posible suspensión o eliminación de las PASO agrega un condimento adicional. Si desaparecen las primarias, la definición de la candidatura presidencial quedaría en manos de la conducción partidaria, lo que vuelve aún más estratégico el control del PJ que disputa Máximo. En ese escenario, quien maneje el sello podría imponer un candidato sin pasar por la validación de las urnas internas, una perspectiva que enciende todas las alarmas en el sector de Kicillof. La reforma electoral que se debate en el Congreso podría terminar definiendo, de rebote, quién encabeza al peronismo en la próxima elección, lo que explica por qué la interna sigue de cerca cada movimiento en el Senado.

El cuadro deja a ambos sectores en una encrucijada. El kirchnerismo conserva el control simbólico y buena parte de la estructura, pero carece de un candidato competitivo con imagen nacional. Kicillof tiene la gestión de la principal provincia del país y proyección, pero le falta el respaldo de la jefa política que todavía ordena al espacio. Ninguno de los dos puede ganar solo, y ninguno parece dispuesto a ceder. La sucesión de Cristina al frente del PJ, lejos de resolverse, se transformó en el nudo de una pelea que mantiene en vilo a todo el peronismo y que define mucho más que la conducción de un partido.

La disputa por la conducción del PJ tiene, además, una dimensión territorial que excede a la pelea metropolitana. Los intendentes del conurbano bonaerense, actores decisivos en cualquier elección, observan el conflicto con cautela y miden hacia qué lado conviene inclinarse sin quedar atrapados en una pelea que podría costarles caro. El poder territorial de los intendentes se transformó en una variable que ninguno de los dos sectores puede ignorar a la hora de definir la conducción. Cada jefe comunal calcula su propio interés en una pulseada donde el alineamiento prematuro puede traer beneficios o castigos según el desenlace.

El desenlace de la interna, en cualquier caso, definirá el perfil con el que el peronismo se presente ante la sociedad. Un espacio ordenado bajo una conducción única podría recuperar la iniciativa frente al Gobierno, mientras que una estructura partida en dos quedaría a merced de su propia fragmentación. El modo en que se resuelva la sucesión de Cristina marcará si el peronismo logra reconstruirse como alternativa o si se condena a una larga travesía por el desierto. Por ahora, la pelea sigue abierta y ninguno de los protagonistas parece dispuesto a dar el primer paso hacia un acuerdo que ordene el tablero.

La interna también tiene un costado generacional que rara vez se explicita. La pelea por la sucesión de Cristina enfrenta a un kirchnerismo que reivindica el legado de los años de gobierno con un sector que, encabezado por Kicillof, busca representar una renovación dentro del mismo espacio. Esa tensión entre continuidad y renovación atraviesa cada movimiento y le agrega densidad a una disputa que muchas veces se reduce a nombres propios. Detrás de la pelea por el aparato se esconde una discusión sobre qué peronismo sobrevivirá a la etapa de Cristina como conductora. Esa pregunta de fondo es la que ninguno de los dos sectores se anima a responder en voz alta.

Mientras tanto, la sociedad observa el conflicto con una mezcla de fatiga y desinterés. La sucesión de cruces y reproches entre dirigentes que comparten espacio erosiona la credibilidad del peronismo como alternativa de gobierno y alimenta la sensación de que la política se ocupa más de sus internas que de los problemas de la gente. El costo de la pelea no se mide solo en cargos, sino en la confianza que el espacio pierde ante una ciudadanía cansada de las disputas de aparato. Recuperar esa confianza será, quizás, el desafío más difícil que enfrente el peronismo una vez que la interna encuentre, de un modo u otro, su desenlace.

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