Milei le cedió la presidencia del Mercosur a Lula con un saludo gélido y un reclamo por flexibilizar el bloque - Política y Medios
29-06-2026 - Edición Nº6723

MERCOSUR

Milei le cedió la presidencia del Mercosur a Lula con un saludo gélido y un reclamo por flexibilizar el bloque

09:40 |El Presidente cerró la cumbre regional en medio de fuertes recelos con Brasil por el acuerdo arancelario con Estados Unidos y el ingreso al Transpacífico. Lula asumió la presidencia rotativa del bloque por sexta vez.

Javier Milei cerró su participación en la cumbre de jefes de Estado del Mercosur con un gesto que resumió el clima de toda la jornada: un saludo apenas protocolar a Luiz Inácio Lula da Silva y un discurso centrado en el reclamo de flexibilizar el bloque para que cada país pueda negociar acuerdos comerciales por su cuenta. El traspaso de la presidencia rotativa a Brasil, que Lula asumió por sexta vez, se dio en un escenario atravesado por desconfianzas cruzadas y por una agenda regional virtualmente paralizada. El encuentro confirmó que la relación entre los dos socios mayores del bloque atraviesa uno de sus puntos más fríos en años, sin gestos de acercamiento que disimularan la distancia política.

Milei llegó a la cita marcado por el recelo del gobierno de Lula ante el reciente acuerdo arancelario bilateral que la Argentina firmó con Washington, un entendimiento que en Brasilia leen como un gesto de alineamiento con Donald Trump que debilita la posición común del bloque. A eso se sumaron las discrepancias en torno a la solicitud argentina para avanzar hacia el Tratado Transpacífico y el veto inflexible de la administración libertaria a una eventual reincorporación de Venezuela. Los tres frentes —el acuerdo con Estados Unidos, el Transpacífico y Venezuela— funcionaron como un cóctel que dejó a la cumbre sin avances concretos. Cada uno de esos puntos expone, además, una visión de fondo distinta sobre el rol que debe cumplir el bloque en un mundo signado por la guerra comercial.

El mandatario argentino sostuvo a lo largo de su gestión una postura crítica hacia el formato del Mercosur, al que cuestiona por considerarlo un esquema que obliga a negociar en bloque y limita la autonomía comercial de cada miembro. En esa línea, volvió a reclamar la posibilidad de cerrar acuerdos por fuera de la estructura conjunta, una pretensión que choca de frente con la visión de Lula. Mientras Milei tensiona y empuja la flexibilización, Lula reconstruye el bloque como herramienta de negociación frente a las potencias. La contraposición de modelos quedó expuesta con crudeza en una cumbre que sirvió más para marcar diferencias que para construir consensos.

La agenda oficial del encuentro mantuvo como ejes el seguimiento del pacto comercial con la Unión Europea y el inicio de negociaciones formales con Japón, dos capítulos que el bloque intenta sostener pese a las fricciones internas. Sin embargo, la foto política terminó dominada por la distancia entre Buenos Aires y Brasilia, que opacó cualquier anuncio de la agenda comercial. La cumbre reunió a varios mandatarios y delegaciones internacionales, pero la atención quedó concentrada en el vínculo deteriorado entre los dos presidentes que marcan el pulso del Mercosur, en una dinámica que dejó a los demás socios en un rol casi de espectadores.

El gesto que más repercutió fue el saludo distante entre Milei y Lula en el momento del traspaso. La frialdad del cruce, leída por analistas como una señal del estado real de la relación bilateral, contrastó con la liturgia habitual de estas cumbres, donde los mandatarios suelen escenificar cordialidad aun en medio de diferencias. El frío saludo se transformó en la imagen política de una cumbre que no logró disimular la fractura entre los dos socios fundadores. En el plano simbólico, el gesto condensó meses de tensiones acumuladas y anticipó una etapa de convivencia difícil bajo la conducción brasileña del bloque.

La tensión no se limitó al plano simbólico. El mismo día en que se desarrollaban las deliberaciones del bloque, Milei tenía previsto recibir en Buenos Aires al senador brasileño Flavio Bolsonaro, principal figura de la oposición a Lula de cara a las elecciones presidenciales de octubre en Brasil. El gesto, interpretado en Brasilia como una provocación, consolidó un escenario de confrontación bilateral explícita que excede a la dinámica del Mercosur y se mete de lleno en la política interna brasileña. La superposición de agendas no pareció casual y reforzó la lectura de un Gobierno argentino dispuesto a tensar la cuerda con su principal socio.

Desde sectores de la oposición y del análisis diplomático señalaron que la estrategia de Milei conlleva riesgos para la economía argentina. Brasil es el principal socio comercial del país, destino central de las exportaciones industriales, y un enfriamiento profundo del vínculo podría golpear a sectores productivos que dependen de ese mercado. El costo de tensar la cuerda con el mayor comprador de la industria nacional es una de las principales advertencias que dejaron especialistas en comercio exterior. La preocupación crece en cámaras empresarias que ven cómo la disputa política puede trasladarse al terreno de los negocios y afectar a las economías regionales que exportan al país vecino.

El contraste de modelos quedó expuesto en la cumbre. Lula busca posicionar al Mercosur como un actor relevante en un mundo signado por el proteccionismo y las tensiones arancelarias, con la mira puesta en cerrar el acuerdo con la Unión Europea y en abrir nuevos mercados en Asia. Milei, en cambio, prioriza el alineamiento con Estados Unidos y la libertad de cada país para negociar por separado, una visión que reduce el rol del bloque a una zona de libre comercio sin coordinación política. La cumbre no resolvió esa disputa de fondo: apenas la dejó en evidencia, en un momento en que el comercio global se reordena al calor de las tensiones entre las grandes potencias.

Para la Argentina, el saldo es ambiguo. El Gobierno celebra haber sostenido su postura ideológica y su sintonía con Washington, pero queda expuesto a un aislamiento regional creciente en un momento en que la economía necesita mercados y dólares. La apuesta libertaria de privilegiar la alianza con Trump por sobre la integración regional empieza a tener un precio diplomático que se mide en cumbres sin acuerdos y en saludos helados. La pregunta que queda abierta es si la Argentina puede darse el lujo de enfriar el vínculo con su principal socio comercial mientras atraviesa una transición económica delicada y necesita sostener el ingreso de divisas.

Con Lula al frente del bloque por los próximos seis meses, el margen de Buenos Aires para imponer su agenda de flexibilización se reduce. El brasileño usará la presidencia rotativa para empujar su propia visión de la integración, y cada iniciativa argentina deberá pasar por una mesa que ahora conduce su principal adversario regional. La cumbre, lejos de cerrar heridas, dejó al Mercosur en un punto de fricción que promete prolongarse y a la relación entre los dos países en su nivel más bajo en mucho tiempo. El semestre que se abre, con Lula como timonel, anticipa una etapa de pulseada permanente entre dos modelos de país que ya no encuentran puntos de contacto.

El episodio dejó expuesta, además, la soledad creciente de la Argentina en el concierto regional. Mientras otros países del bloque buscan posiciones de consenso para avanzar con la agenda comercial, Buenos Aires aparece cada vez más alineada con un eje ideológico que la distancia de sus vecinos inmediatos. La política exterior libertaria ganó coherencia ideológica al precio de perder espacio de maniobra en la región. Para los analistas, ese reposicionamiento tiene consecuencias que se medirán en el mediano plazo, cuando la Argentina necesite respaldos regionales para sostener sus negociaciones con las grandes potencias.

El traspaso de la conducción a Brasil, en ese marco, anticipa un semestre de definiciones. Lula buscará usar la presidencia rotativa para imprimirle al bloque su sello, con la mira puesta en cerrar acuerdos estratégicos y en reforzar la cohesión interna frente a las turbulencias del comercio global. La conducción brasileña pondrá a prueba la disposición de la Argentina a negociar dentro de un esquema que su propio Presidente cuestiona de raíz. El desafío para Buenos Aires será sostener su agenda de flexibilización sin quedar aislada, en un bloque que ahora conduce el dirigente con el que mantiene las mayores diferencias.

El trasfondo de la disputa es la transformación del comercio global. La guerra arancelaria desatada por las grandes potencias obligó a los bloques regionales a redefinir su estrategia, y el Mercosur no escapa a ese reordenamiento. En ese contexto, la pregunta sobre si conviene negociar en bloque o de manera individual dejó de ser teórica para convertirse en una decisión con consecuencias inmediatas sobre las economías de la región. La cumbre expuso que los socios del bloque no comparten siquiera un diagnóstico común sobre cómo enfrentar la nueva era del proteccionismo. Esa falta de consenso de base anticipa un semestre de negociaciones difíciles.

Para los sectores productivos argentinos, la incertidumbre regional se suma a la doméstica. Las cámaras empresarias siguen con atención cada gesto, conscientes de que el rumbo de la relación con Brasil y con el bloque define el acceso a mercados clave para las exportaciones industriales. La política exterior dejó de ser un asunto de cancillerías para convertirse en una variable que pesa sobre el día a día de las empresas que exportan a la región. En ese marco, la apuesta del Gobierno por tensar la cuerda genera tanto adhesiones ideológicas como inquietudes económicas, en un equilibrio que el oficialismo deberá administrar con cuidado.

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