El INCAA abre la segunda edición de su programa para cineastas emergentes, mientras la industria pelea por sobrevivir - Política y Medios
26-06-2026 - Edición Nº6720

EL CINE NACIONAL PELEA POR SOBREVIVIR

El INCAA abre la segunda edición de su programa para cineastas emergentes, mientras la industria pelea por sobrevivir

17:45 |El Instituto de Cine lanzó una convocatoria federal para potenciar a directores, productores y guionistas principiantes en las seis regiones del país. Una buena noticia para el talento joven que, sin embargo, convive con el achicamiento del organismo y la incertidumbre sobre el futuro del fomento audiovisual.

El Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) lanzó la segunda edición de un programa destinado a potenciar las capacidades profesionales en dirección, producción y guion de cineastas principiantes en las seis regiones de Argentina. La iniciativa busca identificar creadores audiovisuales emergentes que quieran crecer en la industria creativa y fomentar la producción de películas de calidad profesional y competitiva. Es, en sí misma, una buena noticia para el talento joven del país, aunque llega en un contexto que obliga a mirar la película completa: la del cine nacional peleando por sobrevivir en medio del ajuste.

El programa tiene una virtud que conviene destacar: su carácter federal. Que la convocatoria abarque las seis regiones del país —y no se concentre, como tantas veces ocurre, en el área metropolitana de Buenos Aires— es un acierto que reconoce una realidad muchas veces ignorada: el talento audiovisual está distribuido a lo largo de todo el territorio, y las historias que merecen ser contadas no son solo las que se producen en la Capital. Potenciar a directores, productores y guionistas del interior es invertir en una mirada más diversa y representativa del país, y en una industria que no dependa exclusivamente de los polos tradicionales de producción.

El cine argentino tiene una tradición que lo respalda. La producción audiovisual nacional cosechó a lo largo de las décadas reconocimientos internacionales, premios en los festivales más prestigiosos del mundo y, sobre todo, construyó una identidad propia que forma parte del patrimonio cultural del país. Desde los clásicos del cine de autor hasta los éxitos de taquilla que llenaron las salas, pasando por los dos premios Oscar que la Argentina supo conquistar, el cine nacional es una de las expresiones culturales más potentes y exportables que tiene el país. Sostener el semillero del que sale ese talento no es un gasto suntuario: es una inversión en la cultura y en una industria que genera empleo, divisas y prestigio.

Sin embargo, la convocatoria del INCAA convive con una realidad mucho menos auspiciosa. El organismo viene atravesando, como buena parte del aparato cultural del Estado, un proceso de achicamiento y de revisión de sus mecanismos de fomento que generó fuerte preocupación en el sector. La política del Gobierno hacia la cultura se inscribe en la misma lógica de motosierra que aplica al resto del Estado, con recortes, suspensión de líneas de financiamiento y un cuestionamiento de fondo al rol del Estado como promotor de la actividad audiovisual. En ese marco, un programa para cineastas emergentes es una señal positiva, pero también una gota en un océano de incertidumbre.

La tensión es evidente. Por un lado, el Instituto lanza convocatorias para fomentar nuevos talentos. Por el otro, el contexto general es de retracción del apoyo estatal a la producción, lo que vuelve más difícil que esos talentos, una vez identificados y formados, encuentren después los recursos para concretar sus proyectos. Formar a un joven director o guionista está muy bien, pero si cuando termine su formación no hay líneas de fomento, créditos ni subsidios que le permitan producir su primera película, el programa corre el riesgo de quedar en un gesto bienintencionado sin correlato concreto en la cantidad y calidad de cine que efectivamente se produce.

Conviene, no obstante, evitar la trampa de las posiciones extremas. La discusión sobre el fomento cinematográfico no debería plantearse como una elección binaria entre el todo o la nada. El sistema de fomento al cine argentino tuvo, históricamente, virtudes y también vicios: junto a la producción de obras valiosas, hubo también ineficiencias, películas que se financiaron y casi no se estrenaron, y mecanismos que en ocasiones beneficiaron más a determinados circuitos que al conjunto del sector. Discutir cómo se asignan los recursos públicos a la cultura es legítimo, y defender el cine nacional no implica defender acríticamente todos los mecanismos con que se lo financió. El punto es no tirar al bebé con el agua de la bañera: revisar los mecanismos no debería significar desmantelar la política de fomento.

El cine, además, tiene una dimensión económica que muchas veces se subestima en el debate cultural. La industria audiovisual genera empleo calificado, moviliza a técnicos, actores, productores y proveedores de servicios, y tiene un potencial exportador que, bien aprovechado, puede convertirse en una fuente genuina de divisas. Países que entendieron esto convirtieron a su industria audiovisual en una marca y en un negocio. La Argentina tiene el talento y la tradición para hacer lo propio, pero necesita una política de Estado consistente que no oscile entre el fomento generoso y el ajuste indiscriminado según el gobierno de turno.

La convocatoria del INCAA para cineastas emergentes, entonces, hay que celebrarla por lo que es —una oportunidad concreta para el talento joven y federal— sin perder de vista el cuadro general en el que se inscribe. La cultura no es un adorno prescindible ni un capricho de las élites: es una parte constitutiva de la identidad de un país y, además, una actividad que produce valor económico. Apostar a los nuevos talentos es apostar al futuro del cine nacional, siempre y cuando esa apuesta venga acompañada de las condiciones para que esos talentos puedan, efectivamente, filmar.

Por ahora, la convocatoria está abierta y representa una puerta para quienes sueñan con contar historias desde cualquier rincón del país. Que esa puerta conduzca a algún lado dependerá de que la política audiovisual argentina encuentre un equilibrio que hasta ahora le resultó esquivo: el de fomentar con eficiencia, sin caer ni en el despilfarro ni en el desmantelamiento. El talento está. Las historias están. Falta que el país decida, de una vez, si quiere seguir contándolas.

El debate sobre el cine nacional se inscribe, además, en una discusión más amplia sobre el rol del Estado en la cultura que el Gobierno reabrió con su llegada. La gestión libertaria cuestionó de raíz el modelo de fomento estatal a la actividad audiovisual, al que considera un sistema ineficiente que financia con recursos públicos producciones que el mercado no demanda. Es un planteo que tiene puntos atendibles —el sistema tuvo, efectivamente, vicios y excesos—, pero que cuando se lleva al extremo desconoce una realidad que ningún país serio ignora: la industria cultural no se sostiene sin algún grado de política pública. Desde Hollywood, que recibe enormes beneficios fiscales, hasta el cine europeo, sostenido por robustos sistemas de fomento, todas las industrias audiovisuales del mundo combinan mercado y apoyo estatal. La idea de que el cine puede vivir exclusivamente de la taquilla es un mito que no se verifica en ninguna parte.

La paradoja del momento es que el Estado lanza convocatorias para formar talento mientras debilita los mecanismos que permitirían a ese talento producir. Es como plantar semillas y, al mismo tiempo, cortar el riego. Un joven director del interior que sea seleccionado por el programa del INCAA aprenderá las herramientas del oficio, pero después chocará con un sistema de fomento debilitado a la hora de buscar los recursos para su primera película. Sin créditos, sin subsidios, sin las líneas de financiamiento que históricamente permitieron que el cine argentino existiera, el talento formado corre el riesgo de quedar en potencia, sin poder traducirse en obras concretas. Y un cine que no produce es un cine que se apaga, por más talento que tenga en sus filas.

Defender el cine nacional no implica defender cada peso mal gastado del viejo sistema, ni negar la necesidad de revisar mecanismos que mostraron ineficiencias. Implica, en cambio, reconocer que la cultura audiovisual es un activo estratégico del país —por su valor identitario, por su capacidad de generar empleo y por su potencial exportador— y que merece una política de Estado consistente, que no oscile entre el despilfarro y el desmantelamiento según el humor del gobierno de turno. El equilibrio existe, y otros países lo encontraron: fomentar con criterio, exigir resultados, profesionalizar la asignación de recursos y, al mismo tiempo, no abandonar a una industria que es parte de lo que la Argentina es y de lo que puede mostrarle al mundo. La convocatoria del INCAA para nuevos talentos es un paso en la dirección correcta. Falta que no sea un paso solitario en medio de una retirada general.

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