El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) que elabora el Banco Central, con las proyecciones de consultoras, centros de investigación y entidades financieras, dibujó un panorama económico que invita a la cautela y que desinfla, de un mismo plumazo, dos relatos opuestos: el triunfalismo del Gobierno y la idea de que la desinflación es un proceso rápido y sin costos. Los números, fríos, cuentan una historia más matizada que cualquiera de las dos narrativas en pugna.
Para junio, la inflación mensual se proyecta en 2,1%, una baja respecto del 2,3% estimado para mayo. La trayectoria que prevé el mercado continúa descendente: 2% en julio, 1,8% en agosto, 1,9% en septiembre, 1,8% en octubre y 1,7% en noviembre. Para todo 2026, los analistas esperan una inflación acumulada de 30,5%. Es un número que muestra una desaceleración respecto de los picos de años anteriores, pero que sigue ubicando a la Argentina entre los países con mayor inflación del mundo. La desinflación avanza, sí, pero a un ritmo que está lejos de la promesa de llevar la suba de precios a un dígito en plazos cortos.
En el frente cambiario, el REM ubicó la mediana de las proyecciones del tipo de cambio nominal promedio en $1.422 por dólar para junio, quince pesos menos que en el relevamiento anterior. Pero hacia fin de año la película cambia: el mercado estimó un dólar de $1.658 para diciembre, lo que implica una variación interanual del orden del 14,5%. Es decir, el tipo de cambio sigue subiendo, aunque a un ritmo menor que la inflación, lo que en la práctica significa que el peso continúa apreciándose en términos reales. Ese atraso cambiario es, precisamente, uno de los puntos que más preocupa a los analistas que miran el mediano plazo.
En materia de actividad, las proyecciones son moderadas. Los participantes del REM estimaron que el Producto Interno Bruto, ajustado por estacionalidad, habría crecido 0,3% en el primer trimestre de 2026 y avanzaría 1,2% en el segundo, con una proyección de crecimiento de 2,9% para el año completo frente al promedio de 2025. Un rebote, pero discreto, y que llega después de una contracción severa. La economía argentina sale lentamente del pozo, sin la fuerza que el Gobierno le atribuye en su relato.
Acá conviene parar y hacer una lectura que no compre ninguno de los dos relatos dominantes. Por un lado, no hay que reproducir acríticamente la narrativa oficial del "éxito del plan": una inflación que cerraría el año en 30,5% no es un éxito, es apenas una mejora respecto de un punto de partida catastrófico. Por el otro, tampoco corresponde reproducir la narrativa que sostiene que el ajuste es un capricho de Milei y que antes todo estaba bien: el desastre macroeconómico que recibió esta gestión —con su emisión descontrolada, su déficit crónico y su cepo asfixiante— fue obra del ciclo anterior, y negarlo es tan deshonesto como negar los costos del programa actual.
La economía argentina arrastra un problema estructural que ningún gobierno reciente logró resolver: la falta de dólares. Es lo que trabó el crecimiento en 2011, lo que volvió a hacerlo en 2015 y lo que terminó de hundir al último gobierno kirchnerista en 2023. El atraso cambiario que muestran las proyecciones del REM —un dólar que sube menos que los precios— es una señal de alerta sobre este punto: un tipo de cambio apreciado abarata las importaciones, encarece las exportaciones y, tarde o temprano, vuelve a tensar la restricción externa. El modelo de Milei, como el de Macri antes y el de Alberto Fernández después, es insostenible sin una política cambiaria consistente. El atraso cambiario y el déficit externo son bombas de tiempo que ningún relato puede desactivar.
La enseñanza que dejan estos números es incómoda para los que prometen soluciones rápidas: bajar la inflación a un dígito puede llevar años, no meses. No hay atajos. Los presidentes que prometen resultados express terminan rompiendo la economía en el mediano plazo, una dinámica que se repitió con Macri, con Alberto Fernández y que amenaza con repetirse si el actual programa no resuelve sus inconsistencias de fondo. La desinflación gradual que muestra el REM es, en el mejor de los casos, el comienzo de un camino largo, no la línea de llegada que el Gobierno pretende vender.
Economistas que se paran fuera tanto de la heterodoxia kirchnerista como del libertarismo oficial vienen insistiendo en este diagnóstico. La tradición técnica que lee toda la biblioteca y piensa en los efectos de segunda vuelta —la que representan figuras como Emmanuel Álvarez Agis, Marina Dal Pogetto, Roberto Lavagna o Carlos Melconian— advierte que la estabilización no se sostiene solo con ancla fiscal y desinflación nominal, sino que requiere resolver el problema de los dólares, sostener la actividad y construir consensos estructurales que ningún gobierno reciente se tomó el trabajo de buscar. El REM, con su desinflación lenta y su dólar que se atrasa, le da la razón a esa mirada: el problema de fondo sigue ahí, debajo de los números mensuales que el Gobierno celebra.
El cuadro completo, entonces, es el de una economía que mejora en el margen pero que no resolvió ninguna de sus tensiones estructurales. La inflación baja, pero sigue alta. El dólar se modera en lo inmediato, pero se atrasa y amenaza con saltar. La actividad rebota, pero apenas. Y la restricción externa, ese fantasma que recorre la historia económica argentina, sigue acechando. Los números del REM no son una catástrofe ni un milagro: son el retrato realista de un país que sale lentamente de una crisis y que todavía está lejos de haber encontrado el rumbo. Cualquiera que prometa lo contrario —de un lado o del otro— está vendiendo humo.
Conviene detenerse en el dato del atraso cambiario, porque es probablemente el más relevante de todo el relevamiento y el que más consecuencias puede traer. Cuando el dólar sube menos que la inflación —como proyecta el REM para el resto del año—, el peso se aprecia en términos reales: con la misma cantidad de pesos se compran más dólares de lo que la productividad de la economía justificaría. Eso tiene un efecto inmediato que la población percibe como positivo: viajar al exterior se abarata, los productos importados bajan de precio, el salario medido en dólares mejora. Pero tiene también un costo que se acumula en silencio: las exportaciones se encarecen y pierden competitividad, las importaciones se disparan, y el déficit de la balanza comercial empieza a drenar las reservas. Es la antesala clásica de las crisis cambiarias argentinas, ese momento en que la fiesta del dólar barato termina abruptamente con una devaluación que reordena todo de golpe.
La historia económica reciente del país está sembrada de estos episodios, y por eso la advertencia no es catastrofismo sino memoria. El esquema de dólar atrasado y déficit externo creciente fue el que precedió a las crisis de 2018, durante el gobierno de Macri, y a las tensiones cambiarias recurrentes del gobierno de Alberto Fernández. En todos los casos, el patrón fue parecido: un período de aparente estabilidad sostenido sobre un tipo de cambio apreciado, hasta que la acumulación de desequilibrios volvió insostenible el esquema y forzó una corrección traumática. El programa de Milei, más allá de sus diferencias de método, no está exento de esa lógica: si el dólar sigue atrasándose y el déficit externo se profundiza, la pregunta no es si habrá corrección, sino cuándo y cómo.
Por eso la lectura más honesta de los números del REM no es ni la celebración ni la condena, sino la cautela. La economía mejora en el margen, sí, pero sobre cimientos que siguen siendo frágiles. Bajar la inflación es un logro parcial que no resuelve el problema estructural de la falta de dólares; sostener la actividad requiere algo más que ancla fiscal; y construir un crecimiento sostenible exige consensos que ningún gobierno reciente se tomó el trabajo de buscar. Los referentes económicos que el rigor técnico recomienda escuchar —los que leen toda la biblioteca y piensan en los efectos de segunda vuelta— vienen advirtiendo que el verdadero examen del programa no es la foto de la inflación de este mes, sino la película del sector externo en los próximos años. El REM, con su letra chica, dice exactamente eso. Falta que alguien lo lea con atención.