El kirchnerismo aceptó disputar una primaria contra Axel Kicillof, en lo que constituye la confirmación pública de una interna que el peronismo bonaerense venía conteniendo a fuerza de comunicados de unidad y fotos forzadas. El Partido Justicialista prepara un acto en San Vicente que funcionará, en los hechos, como el punto de partida formal de esa disputa.
La fecha elegida no es casual: Kicillof trabaja en la posibilidad de convocar, el 1° de julio, a un nuevo aniversario de la muerte de Juan Domingo Perón, en el predio de la Quinta 17 de Octubre de San Vicente, con la intención de reunir a los 135 presidentes de los PJ municipales de la provincia. Es una demostración de poder territorial pensada, justamente, para la previa de cualquier interna: si hay que ir a una PASO, el gobernador quiere llegar mostrando que controla el aparato partidario en el terreno, no solo en los despachos.
La tensión entre Kicillof y el binomio Kirchner no es nueva, pero hasta ahora se mantenía en el terreno de los gestos: el aniversario del último golpe de Estado, en marzo, ya había sido escenario de un cruce sin tregua entre el gobernador y Máximo Kirchner. Tampoco ayudó que Kicillof asumiera la conducción del PJ bonaerense desplazando a Máximo y a La Cámpora de un espacio que consideraban propio, en una jugada que el propio Máximo había facilitado meses antes al proponer públicamente que el gobernador presidiera ese mismo sello partidario.
La PASO —Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias— es, en su diseño legal, el mecanismo por el cual cada partido define sus candidaturas a través del voto de toda la ciudadanía habilitada, no solo de sus afiliados, en una elección que organiza y financia el Estado con un calendario fijo antes de las generales. Que el peronismo bonaerense recién esté discutiendo, a esta altura del año, si va a una instancia de ese tipo da una pauta de lo poco organizado que llega el espacio a una elección que, calendario electoral mediante, ya no está tan lejos como parece. Definir candidaturas en una PASO no es gratis en términos de tiempo ni de recursos: implica armar listas, sumar avales, desplegar fiscalización en miles de mesas y, sobre todo, llegar con la estructura territorial necesaria para no perder en la propia interna frente al photo finish.
El propio peronismo ya no disimula que la hipótesis de la primaria dejó de ser una amenaza retórica. Un senador del riñón kirchnerista lo resumió sin vueltas ante la prensa: "Si no encontramos una síntesis, vamos a una PASO". La frase circuló como confirmación de algo que en el peronismo bonaerense todos sabían pero nadie quería decir en voz alta: que la "unidad" del PJ depende, cada vez más, de una elección interna y cada vez menos de una mesa de café.
Del lado de Kicillof, la lectura es todavía más directa. Dentro del kicillofismo sostienen que la única forma de resolver las diferencias es competir y legitimar a un candidato a través de una PASO, una convicción que el propio gobernador viene reforzando con cada nueva chicana de Máximo. La síntesis del razonamiento la dio el propio Carlos Bianco, que llegó a sostener que "las PASO son el mejor sistema para definir candidaturas", en una respuesta directa al sector que insiste en que la candidatura de 2027 se resuelva por designación y no por votos.
Bianco, otra vez, es la cara visible de cada respuesta del kicillofismo en esta interna, pero su lugar dentro del peronismo sigue siendo el de un funcionario que llegó por la confianza directa de Kicillof y no por una trayectoria construida en las estructuras tradicionales del PJ: buena parte de la dirigencia justicialista, incluidos sectores que no responden ni a Cristina ni al propio gobernador, lo describe en privado como un operador antes que como un dirigente con peso propio, lo que no le impide ser, paradójicamente, una de las voces más citadas de todo el armado bonaerense.
El gobierno bonaerense, de cara a la prensa, ratifica el respaldo de Kicillof a Cristina Kirchner, pero evita confirmar cualquier encuentro entre ambos: la distancia física —el gobernador nunca visitó a la expresidenta en San José 1111, como remarcó el propio Máximo en el banderazo de Parque Lezama— es, en este caso, una metáfora bastante exacta de la distancia política real. Kicillof se perfila como el único dirigente peronista que persigue activamente una candidatura presidencial, mientras el kirchnerismo histórico parece resignado a competir por no quedar fuera de la mesa de decisiones, aunque eso implique romper la pretendida unidad del PJ justo frente a Milei.
La paradoja es difícil de ignorar: mientras el peronismo bonaerense se prepara para una PASO interna y organiza actos multitudinarios en San Vicente, en la provincia se acumulan la negociación trabada de paritarias estatales, la emergencia alimentaria frenada en la Legislatura y un aguinaldo pagado sin aumento. Pero la prioridad, una vez más, parece ser la pelea por la lapicera antes que la gestión de los problemas reales de los bonaerenses.
La gestión de Kicillof, de hecho, lleva meses dando señales de un parate que excede largamente la coyuntura de la interna: la provincia más poblada del país acumula partidas sin ejecutar, organismos descentralizados con designaciones pendientes y una relación cada vez más tensa con los intendentes propios por el reparto de fondos, en un cuadro que varios funcionarios municipales del propio espacio describen, en privado, directamente como parálisis administrativa. Que el sector kirchnerista y el kicillofista discutan hoy primarias y actos multitudinarios mientras esa gestión sigue trabada no es una contradicción menor: es, en todo caso, la prueba de que ambos polos priorizan la pelea por la sucesión por sobre la resolución de los problemas que la propia gestión bonaerense no logra destrabar.
Esa misma falta de autocrítica es la que atraviesa a los dos sectores en pugna desde mucho antes de esta interna puntual: ni el kirchnerismo de Cristina y Máximo ni el kicillofismo de Axel y Bianco hicieron, hasta ahora, un balance público y honesto de la herencia macroeconómica que dejó el último gobierno kirchnerista, esa que economistas del propio universo heterodoxo —Eduardo Basualdo desde FLACSO, Alfredo Zaiat en sus columnas— describieron en su momento como una acumulación de desequilibrios que el espacio nunca asumió del todo como propios. Tampoco ayuda, en ese sentido, que la Cámara Federal de Casación Penal haya ratificado días atrás el decomiso de bienes contra Cristina Kirchner en la causa Vialidad, con 141 inmuebles y un monto que supera los 684.000 millones de pesos: la conductora que Máximo reclama para el espacio llega a esta discusión con un expediente patrimonial cada vez más complicado.
El resultado neto de todo este folletín —banderazo en Parque Lezama, interna abierta en San Vicente, decomiso en Comodoro Py y una provincia bonaerense que no termina de despegar— es un peronismo que dedica buena parte de su energía política a dirimir liderazgos internos en lugar de construir la alternativa real que la sociedad le reclama frente a Milei. Cuando llegue 2027, lo que esté en juego no va a ser solamente quién encabeza la boleta, sino si todavía queda algo de ese "movimiento nacional" capaz de discutirle el poder a alguien.