Javier Milei permanecerá en Madrid entre el 24 y el 27 de junio, donde tiene previstos encuentros con empresarios, una exposición en el Madrid Economic Forum y una clase magistral de economía ante estudiantes de la Universidad CEU San Pablo, antes de subirse otra vez al avión para llegar a Asunción y participar de la cumbre de presidentes del Mercosur, prevista para el 29 y 30 de junio en la ciudad de Luque. Es, ya se sabe, el deporte favorito del Presidente: explicar afuera lo que no logra ordenar adentro, justo el mismo día en que el affaire Adorni vuelve a ocupar los portales y el Congreso.
La agenda española incluye también un encuentro con Santiago Abascal, el líder de Vox que de manera sistemática lo invita a sus actos y al que Milei describe como uno de los pocos dirigentes europeos que lo bancó "desde el primer día" de la batalla cultural. No sería la primera vez que comparten escenario en 2026: en marzo de este año, en el multitudinario acto de Vox "Europa Viva" en el Palacio Vistalegre, Milei ya había usado Madrid como vidriera para dos de sus frases favoritas: que España, "si tuviera un banco central con el impresentable este en el poder, tendría un desastre peor que el de la Argentina", en referencia al presidente Pedro Sánchez, y que "los argentinos somos profetas de un futuro apocalíptico" porque "hoy Europa y Estados Unidos sufren señales del camino trágico que, lamentablemente, recorrió la Argentina". Si la fórmula funcionó una vez, no hay motivo —para el folklore libertario— para no repetirla.
El vínculo con Abascal no es un dato menor ni un simple gesto de cortesía entre líderes afines: forma parte de una red internacional de la nueva derecha que incluye también a figuras como Donald Trump en Estados Unidos y que Milei cultiva con la misma constancia con la que evita pisar el territorio incómodo de sus propios escándalos domésticos. Cada acto compartido con Vox funciona, en ese sentido, como una doble vidriera: hacia adentro, reafirma el perfil ideológico del Presidente ante su núcleo duro; hacia afuera, construye la imagen de un líder con peso internacional que contrasta, a propósito, con la endeblez de su gestión cotidiana en el Congreso argentino.
La cumbre paraguaya, en cambio, no es un trámite protocolar ni una vidriera ideológica: reunirá a Milei con Lula da Silva, Santiago Peña y Yamandú Orsi para avanzar, entre otros temas, en la implementación del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea —ya en vigor provisional— y en la negociación que el bloque mantiene con Japón. Milei llega a Luque después de cuestionar en reiteradas ocasiones el funcionamiento del Mercosur y de reclamar una apertura comercial unilateral que, según su diagnóstico, el bloque le impide a la Argentina. Pero cuando el resultado le convino, el propio Gobierno terminó respaldando activamente las negociaciones que permitieron la entrada en vigor provisional del acuerdo con la UE: cuando el librito ortodoxo molesta, simplemente se guarda en el cajón hasta que vuelva a ser útil.
El Mercosur, fundado en 1991 por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, funciona formalmente como una unión aduanera con arancel externo común y libre circulación de bienes entre sus miembros plenos, aunque en la práctica acumula décadas de excepciones, asimetrías y negociaciones comerciales que avanzan mucho más lento de lo que sus fundadores imaginaron. El acuerdo con la Unión Europea, cerrado tras un cuarto de siglo de negociación y todavía en proceso de ratificación parlamentaria en varios países europeos, es el logro diplomático más relevante del bloque en su historia reciente, y explica por qué Milei, más allá de sus críticas reiteradas al esquema, no puede simplemente darle la espalda a la cumbre de Luque.
El RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones), aprobado por el Congreso como parte de la Ley Bases, ofrece beneficios fiscales, cambiarios y aduaneros por hasta 30 años a proyectos de inversión superiores a los 200 millones de dólares, principalmente en sectores como minería, energía y forestación. Es, junto con el ajuste fiscal, uno de los dos pilares discursivos que el Gobierno repite en cada presentación ante inversores extranjeros, aunque los resultados concretos en términos de inversión efectivamente desembolsada todavía están lejos de la escala que el propio oficialismo anticipó en sus proyecciones iniciales.
En Madrid, el Presidente repetirá ante empresarios españoles la liturgia de siempre: desregulaciones, ajuste fiscal y la épica de "achicar el Estado para agrandar la Nación". El cronograma no es casual: la gira llega exactamente en el momento en que el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, sigue sin poder explicar el origen de los más de 500.000 dólares que omitió declarar, y en que la interna libertaria entre el sector de Karina Milei y el de Patricia Bullrich escala semana tras semana en el Senado. Hablarle al mundo de las bondades del modelo resulta, otra vez, mucho más cómodo que hablarle al Congreso sobre las cuentas del propio gabinete.
El affaire Adorni, de hecho, sigue su curso mientras el Presidente da clases de economía del otro lado del Atlántico: esta misma semana la Casa Rosada debió presentar un nuevo vocero presidencial, el economista Adrián Ravier, para reemplazar al propio Adorni en esa función, y la vicepresidenta Victoria Villarruel volvió a aparecer en un acto oficial sin invitación formal del Gobierno, cuestionando además en público la presencia del jefe de Gabinete en la comitiva. Tres frentes domésticos abiertos en simultáneo —el affaire judicial, la interna libertaria y el desplante de Villarruel— que el avión presidencial deja, literalmente, en tierra durante una semana entera.
No es la primera vez que el Presidente usa la agenda internacional como refugio en medio de una crisis doméstica, y tampoco será la última: desde que asumió, Milei acumuló más viajes al exterior que la mayoría de sus antecesores en el mismo período, una estadística que sus funcionarios presentan como prueba de "inserción internacional" y que sus críticos leen, más sencillamente, como una forma de no estar cuando hay que dar explicaciones incómodas en Buenos Aires.
La foto con Lula, además, tiene su propia cuota de incomodidad ideológica: el Presidente que llamó "comunista" y "corrupto" al líder brasileño en plena campaña 2023 ahora necesita sentarse con él para destrabar la agenda comercial del bloque que tanto dice despreciar. La diplomacia, a diferencia de la motosierra, no admite el mismo nivel de exhibicionismo discursivo: ahí Milei modera, negocia y firma comunicados conjuntos con la misma gente a la que insultó en un mitin.
Tampoco ayuda al clima doméstico que, mientras el avión presidencial sobrevolaba el Atlántico, la propia interpelación a Adorni en Diputados se cayera por falta de quórum, con los votos ausentes del PRO y la UCR como telón de fondo, y que Mauricio Macri —que reclama en privado la cabeza del jefe de Gabinete pero no pone los votos de su bancada para sacarlo— siguiera marcando distancia pública sin asumir ningún costo político real. Milei se va de gira justo cuando todos los actores de la interna doméstica, oficialistas y opositores por igual, juegan a dos puntas con el mismo escándalo.
Para cuando el Presidente regrese de Luque, la agenda doméstica lo va a estar esperando intacta: la comisión de Asuntos Constitucionales tiene fecha para empezar a tratar los expedientes de Adorni, el Senado sigue discutiendo si el jefe de Gabinete da o no el informe de gestión, y la interna libertaria no muestra ningún síntoma de resolverse sola. Mientras tanto, en España, Milei seguirá dando clases de economía a un público que, a diferencia del propio Congreso argentino, no le puede pedir explicaciones sobre una declaración jurada.