Otra vez: Victoria Villarruel fue al acto del Día de la Bandera sin invitación oficial del Gobierno - Política y Medios
25-06-2026 - Edición Nº6719

GESTOS DE PALACIO | LA GRIETA QUE MILEI ABRIÓ

Otra vez: Victoria Villarruel fue al acto del Día de la Bandera sin invitación oficial del Gobierno

La vicepresidenta volvió a aparecer en un acto patrio por mérito propio, no porque la Casa Rosada se acordara de invitarla. El desplante no es nuevo, pero esta vez quedó más expuesto: hasta puso en duda la presencia del jefe de Gabinete en la comitiva oficial.

La vicepresidenta Victoria Villarruel estuvo presente el sábado 20 de junio en el acto central por el Día de la Bandera, en el Monumento Nacional a la Bandera de Rosario, pese a no recibir la invitación oficial por parte del Gobierno nacional. La propia Villarruel aclaró que la invitación que sí tenía en la mano era la del gobierno provincial de Santa Fe, conducido por Maximiliano Pullaro, y que pensaba presentarse de todos modos: no le pareció correcto que se le negara el ingreso a una vicepresidenta en un acto patrio, una situación que describió como un mensaje de exclusión difícil de justificar tratándose, justamente, de la bandera que representa a todos los argentinos por igual.

El cargo de vicepresidente de la Nación no es un adorno protocolar: además de presidir el Senado, ocupa el primer lugar en la línea de sucesión presidencial, lo que convierte cualquier desplante público hacia quien ejerce esa función en algo más que una cuestión de buenos modales. Que la Casa Rosada decida, una y otra vez, no cursarle una invitación formal a actos patrios de relevancia institucional es una señal política que excede largamente la relación personal entre Villarruel y el matrimonio Milei: habla de cómo el Poder Ejecutivo entiende —o prefiere ignorar— el lugar institucional que la Constitución le reserva a la vicepresidencia.

No es la primera vez que la titular del Senado tiene que autoinvitarse a un acto oficial para no quedar pintada, y en el oficialismo ya nadie se sorprende: el vínculo entre Villarruel y el binomio Milei-Milei viene, hace meses, sin gestos públicos de cordialidad. Apenas un mes antes, para el Tedeum del 25 de mayo en la Catedral Metropolitana, la Casa Rosada tampoco le había cursado la invitación formal que corresponde a la vicepresidenta como autoridad nacional, y en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, semanas atrás, Villarruel optó por mirar el celular en lugar de seguir el discurso presidencial, una imagen que circuló en todos los noticieros. El propio Milei, ya en mayo de 2025, había evitado devolverle el saludo a la vicepresidenta en esa misma catedral y después había recurrido a una frase que se volvió costumbre citar cada vez que la relación se tensa: "Roma no paga traidores". Villarruel, por su parte, viene repitiendo en cada nueva versión del enfrentamiento una respuesta de manual: "Son gestos que no me preocupan", dijo esta vez, consultada por la falta de invitación a Rosario, en lo que ya es casi una rutina de pregunta-y-respuesta entre la vicepresidenta y la prensa cada vez que la Rosada decide no contar con ella.

De hecho, durante la entonación del Himno Nacional, mientras la mayoría de los presentes miraba hacia el escenario donde estaba el Presidente, Villarruel giró 180 grados y le dio la espalda al estrado para mirar hacia el mástil mayor de la plaza, donde ya estaba izada la bandera. No hubo saludo público entre Milei y Villarruel en todo el acto, una escena que se repite casi en espejo con lo ocurrido en el Tedéum del 25 de mayo.

La fractura entre un presidente y su vicepresidente no es, en la historia reciente argentina, una rareza exclusiva del experimento libertario: ya en 2008, el entonces vicepresidente Julio Cobos rompió públicamente con el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner al votar en contra de la polémica resolución 125 en el Senado, en el quiebre institucional más recordado entre una fórmula presidencial en democracia. La diferencia con el caso Milei-Villarruel es de forma, no de fondo: ahí hubo una ruptura explícita en torno a una política pública; aquí hay un desgaste lento, hecho de desplantes protocolares y ausencias de invitaciones, que nunca termina de estallar pero tampoco da señales de resolverse.

Lo llamativo de esta vez es que Villarruel no se limitó a aparecer sin invitación: cuestionó en público, con nombre y apellido, la presencia de Manuel Adorni en la comitiva oficial. "Lo de Adorni está totalmente de más", dijo la vicepresidenta, y fue todavía más lejos en una entrevista posterior, donde sostuvo que el acto "no era para respaldar a Adorni" y lanzó una frase que circuló por todos los portales políticos del país: "No hay nadie más peleado con los valores de Belgrano que Adorni". Es decir, la vicepresidenta de la Nación eligió un acto por la Bandera —ese que se supone que une, no separa— para marcar, sin rodeos, que ni ella confía en el funcionario que la Casa Rosada se empeña en proteger en plena crisis por su declaración jurada.

El cuestionamiento de Villarruel a la presencia de Adorni, además, llega en la misma semana en que el propio jefe de Gabinete protagoniza el affaire de los 500.000 dólares no declarados y en que la Casa Rosada debió presentar un nuevo vocero presidencial para intentar correr el centro de la escena. La vicepresidenta, en ese sentido, no solo marca distancia personal con el matrimonio Milei: también se permite, con la inmunidad que le da no depender de la estructura de poder libertaria, decir en voz alta lo que buena parte del propio oficialismo piensa en privado sobre Adorni.

El desplante a Villarruel, además, no ocurre en el vacío: coincide con una semana en la que Javier Milei ya armaba las valijas para Madrid y la cumbre del Mercosur en Asunción, en la que la interna entre Karina Milei y Patricia Bullrich seguía escalando en el Senado por el manejo de la agenda libertaria, y en la que la propia Casa Rosada acababa de presentar un nuevo vocero presidencial para correr el centro de la escena lejos de Adorni. Cuatro frentes domésticos abiertos casi en simultáneo, todos atravesados por el mismo denominador común: un Gobierno que administra cada crisis política por separado, a fuerza de gestos y cambios de cara, sin terminar de resolver ninguna de fondo.

El patrón, mientras tanto, ya es previsible: Javier Milei usó su discurso para reivindicar a Manuel Belgrano como "el primer intelectual liberal económico argentino", un criollo que, según el Presidente, empezó a pensar la generación de riqueza desde la libertad económica, la propiedad y la iniciativa privada mucho antes de que esas palabras formaran parte de la Constitución. Milei agregó que Belgrano fue "revolucionario en las ideas y valiente en la acción" y llegó a sostener que el creador de la bandera "habló, en esencia, sobre la naturaleza monetaria de la inflación", una lectura histórica tan audaz como previsible en alguien que necesita anclar cualquier acto patrio a su propio relato económico. Mientras el Presidente desarrollaba esa genealogía libertaria del prócer, buena parte de la mesa chica del Gobierno se entretenía en decidir, en los pasillos del protocolo, quién entraba y quién no a la foto oficial. La épica histórica, una vez más, como cortina de humo de la interna del día a día: una especialidad de la casa.

El propio formato del acto —descripto por la prensa local como un "touch and go" en el que Milei leyó un discurso breve y partió rápido en helicóptero— deja la sensación de un Gobierno que prefiere minimizar la exposición en los actos patrios antes que resolver, de fondo, con quién se sienta en el palco y con quién no. Que la número dos en la línea de sucesión presidencial tenga que ir a los actos oficiales por cuenta propia, sin invitación formal y dándole la espalda al Presidente durante el Himno, dice más sobre el funcionamiento real del Gobierno que cualquier discurso sobre la libertad, el orden y los próceres liberales. Por ahora, a Villarruel le queda el consuelo de que, al menos, a ella no le investigan ninguna declaración jurada.

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