Mauricio Macri eligió un buen momento para hacerse ver de nuevo: volvió al país en pleno Mundial 2026, justo en el peor momento político de Manuel Adorni, después de seguir a la Selección en Dallas. El gesto futbolero quedó en segundo plano apenas puso un pie en Buenos Aires: el expresidente viene presionando, en privado y cada vez más en público, para que Javier Milei le pida la renuncia a su jefe de Gabinete o, directamente, lo eche.
El comunicado que el PRO difundió a mediados de junio no dejaba mucho margen para la ambigüedad: "Un funcionario no puede decirles a los argentinos y al Congreso Nacional que no ocultó nada, y después admitir que sí lo hizo. Eso no tiene ninguna justificación posible". El propio Macri lo llevó un escalón más arriba en sus redes, con un mensaje dirigido directamente al Presidente: "Presidente: los que estamos apoyando al cambio queremos que usted defienda el cambio y no a Adorni". No es un exfuncionario haciendo catarsis: es el jefe del partido que le presta gobernabilidad a Milei en el Congreso, acusándolo en público de elegir mal sus lealtades.
El detalle que lo desnuda, sin embargo, está en lo que pasó después de las palabras. El titular del bloque de senadores del PRO, Martín Goerling Lara, había sido categórico: "Si llega esa instancia, el PRO va a acompañar el pedido de censura o remoción". Pero a la hora de la verdad, en la sesión fallida del martes en Diputados, los libertarios contaron justamente con los votos ausentes del PRO y la UCR para que no hubiera quórum y la interpelación ni siquiera pudiera discutirse. Es decir: el PRO putea a Adorni en los comunicados y en X, pero cuando hay que pararse en el recinto y dejar constancia con el cuerpo presente, sus diputados deciden, una vez más, no aparecer. Una oposición boutique, hecha a medida de cualquier helicóptero que necesite aterrizar sin sobresaltos.
El malestar del PRO con Adorni, además, no se quedó en los comunicados institucionales. Darío Nieto, legislador porteño y jefe del bloque Vamos por Más —un espacio cercano a Macri—, fue mucho más allá en una entrevista con Radio Splendid: "Adorni es un gran mentiroso y toma de boludos a los argentinos", lanzó, repasando que el jefe de Gabinete mintió, a su juicio, en la conferencia de prensa, en el Congreso y en televisión sobre el origen de sus inversiones en criptomonedas desde 2014. Cristian Ritondo, mucho más cuidadoso en su rol de jefe de bancada, prefirió no firmar esa misma sentencia cuando se lo consultaron directamente: "La verdad es que nuestro rol no es determinarlo [si mintió]; eso lo hará la Justicia", respondió, aunque no se guardó la principal acusación de fondo: "Lo que entendemos es que modificó lo que nos dijo en el Congreso y lo que respondió después, eso es claro". Entre la frontalidad de Nieto y la cautela calculada de Ritondo queda, en definitiva, todo el espectro de un PRO que quiere capitalizar el escándalo sin tener que asumir el costo de haber sido, otra vez, el que sostuvo al funcionario en su cargo.
El propio Nieto integra Vamos por Más, el espacio que conduce el propio Macri dentro de la estructura amarilla y que viene ganando peso interno frente al sector más dialoguista del PRO, más cercano a Ritondo. La diferencia de tono entre ambos dirigentes no es casual: refleja, en miniatura, la misma tensión que recorre a todo el partido entre quienes quieren confrontar más abiertamente con la Casa Rosada y quienes prefieren preservar la relación de gobernabilidad a cualquier costo, aun cuando esa relación implique tragarse en el recinto lo que se dijo en el comunicado.
El reclamo de Macri, además, no ocurre en el vacío: se monta sobre un expediente que ya escaló más allá de la interna partidaria. Un grupo de abogados y excombatientes anticorrupción pidió formalmente a la Unidad de Información Financiera que investigue a Adorni por presunto lavado de dinero, en un país que además sigue bajo monitoreo reforzado del Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) en materia de prevención de lavado de activos. Cuando ese expediente avanza por una vía paralela a la estrictamente partidaria, la posición de Macri pidiendo la cabeza de Adorni adquiere un peso adicional: ya no es solo una pelea de poder dentro de la coalición, sino una corrida cada vez más difícil de contener para el propio funcionario.
Esta dualidad entre el comunicado durísimo y el comportamiento dócil en el recinto no es una novedad de este episodio puntual: es, en rigor, el modus operandi que el PRO viene perfeccionando desde que dejó de ser oficialismo en 2019. El partido de Macri encontró en el rol de "oposición responsable" una marca registrada que le permite, al mismo tiempo, diferenciarse discursivamente del Gobierno de turno y sostenerlo en cada votación clave del Congreso, una ecuación que le funcionó tanto con Alberto Fernández como, ahora, con Javier Milei.
Macri, en paralelo, no improvisa: viene de una gira bautizada "Próximo Paso", que ya pasó por Vicente López, Resistencia, Mendoza, Santa Fe y el sur del conurbano bonaerense, con paradas como la de Mar del Plata, donde compartieron escenario Cristian Ritondo —presidente del PRO bonaerense y jefe del bloque de diputados nacionales—, el secretario general del partido Fernando De Andreis, la intendenta de Vicente López Soledad Martínez y el intendente de Pinamar Juan Ibarguren. El objetivo declarado de la estrategia, que en el partido describen como "de abajo hacia arriba", es llegar a 2027 con 150 candidatos competitivos en todo el país y, en el armado territorial más ambicioso, con 180 candidatos a intendente que cubran más del 70% del electorado nacional.
La estrategia es clara y, hay que decirlo, bastante más prolija que la del Gobierno: dejar que Milei se desgaste solo con sus propios escándalos, mientras el PRO se reconstruye desde los municipios sin mancharse las manos votando en contra del oficialismo en el Congreso. Es la fórmula de siempre del PRO posconvertibilidad: jugar a dos bandas, conservar el sello de "responsabilidad institucional" para la city y al mismo tiempo acumular cada gesto de fastidio de Macri como capital político de cara a la próxima elección.
La estrategia de "reconstrucción desde abajo" que despliega Macri con la gira Próximo Paso tiene, además, una lógica histórica reconocible: el PRO nació como un armado de gestión municipal y porteña antes de proyectarse a la disputa nacional, y la apuesta a los intendentes —180 candidatos en el armado más ambicioso— repite la misma fórmula que le permitió, en su momento, llegar a la Presidencia. La diferencia es que, esta vez, la construcción territorial no se monta sobre la épica de un cambio prometido sino sobre la administración del desgaste de un Gobierno aliado, una posición mucho más cómoda y mucho menos heroica que la de hace una década.
El resultado de este doble juego es previsible y, a esta altura, casi aburrido de lo repetido: Adorni sigue en su cargo, Milei sigue sin pedirle la renuncia y Macri sigue figurando como el árbitro que nunca pita penal, aunque grite desde el banco que el penal existió. Mientras tanto, los más de 500.000 dólares no declarados siguen sin una explicación que resista una auditoría, y la oposición "dialoguista" sigue cobrando el cheque de la gobernabilidad sin poner un solo voto en contra cuando realmente importa.