El riesgo paradójico de hacer bucles con un pelado. - Política y Medios
07-05-2026 - Edición Nº6670

OPINIÓN

El riesgo paradójico de hacer bucles con un pelado.

15:35 |Los recientes descubrimientos acerca del más que probable enriquecimiento ilegal del anterior vocero y actual jefe de gabinete, no dejan de ser una mochila de piedras en el gobierno nacional, quien ha hecho y hace campaña pretendiendo ser paladín de una moral acrisolada, denunciando a diestra y siniestra a quien ose cuestionarlo con términos como ensobrados, corruptos, degenerados, enemigos de las viudas y aprovechadores de los huérfanos.

Todo esto no sorprende, y lo único que puede llamar la atención es la incógnita que supone conocer cuál es la causa por la que, hasta el momento en que estas líneas se imprimen, la renuncia del pelado en cuestión no se haya firmado y aceptado por parte del titular del poder ejecutivo.

Ante situaciones muy similares, en el pasado, el sentido común político (materia que debiera ser objeto de discusión cotidiana entre nuestra dirigencia), aconsejaba cortar por lo sano y reemplazar la rama para que no infecte el resto del árbol.

Ahora bien, independientemente de las causas por las cuales esto no suceda, se hace necesario pensar cómo está afectando este sainete al campo popular, y en especial, a quienes se conciben asI mismos como alternativa política al elenco oficial.

Pensarse como una alternativa política más que como una ola impugnadora de lo existente, ya nos puede dar una pista.

Concebirse como un movimiento restaurador (remitiéndonos al Brigadier General, no a décadas supuestamente ganadas y nunca discutidas), también.

Por eso, se hace necesario poner el ojo y el oído en cómo y porqué toda esta lamentable escena payasesca está impactando en las expectativas de un electorado en el presente, y más importante aún, en un futuro próximo.

Pretender hacer de este episodio un acontecimiento determinante de la caída del gobierno y del llamado experimento libertario es una tentación que acecha a aquellos que honestamente pretenden constituirse en una esperanza de construcción genuina para el campo nacional y popular.

Pero sucede que aunque sea palpable el daño político que este vodevil en particular produce, lo que se percibe por enésima vez, es la instalación efectiva de la idea fuerza:

“Es la corrupción la responsable del fracaso y no la adopción del ideario liberal antinacional, antiindustrial y antipopular”.

Este prodigio conceptual suele ir acompañado de otro de igual o peor tenor, generalmente acuñado por la tribuna de doctrina, léase “La Nación”, que palabras más, palabras menos nos sacude cuando es imposible de disimular el desastre:

“Porque lo que hay que dejar claro es que esto no es el VERDADERO liberalismo, esto es otra cosa”.

Y así, mientras se remata lo que queda de una nación, la discusión pasa por la cascada de Adorni, el 3% de la gran hermana, o las trapisondas criptodigitales del arquero frustrado en lugar de poner en blanco sobre negro los efectos inconfundibles de un programa conformado en apellidos, concepciones y medidas de gobierno del más rancio cuño liberal. 

No se trata de naturalizar la venalidad ni de restarle valor al desprecio que provoca en nuestro Pueblo la noción de corrupción en la función pública.

Tampoco es deseable privarse de condenar el ejercicio de la hipocresía y del doble discurso de predicar moralidad con la bragueta abierta mientras se descarga un ajuste impiadoso sobre la población a la cual se le sigue pidiendo sacrificios en aras de un futuro que nunca llega.

Se trata del riesgo de caer nuevamente en ese bucle, donde la corrupción aparece como la variable explicativa del fracaso, en lugar de ser el ropaje que viste la verdadera causa de los desastres, la adopción de un programa liberal impuesto a despecho de las circunstancias y las muestras y señales de alarma que indefectiblemente aparecen históricamente cada vez que de un modo u otro, por las botas o por los votos, termina siendo el “único camino que se puede seguir”.

Claro, hasta que ese camino culmina en el infierno adonde siempre llegamos por culpa de la corrupción y no porque nos empeñamos en negar que, si tiene bigotes, cuatro patas, cola y maúlla, es un gato liberal, no una ilusión de los sentidos populista.

Por eso hablamos de un bucle, como se acostumbra en el lenguaje de la programación, porque si ya pasó aquella vez con la dictadura militar, con los radicales Sourrouille y Machinea, con Menem y Cavallo, con la alianza de Chacho Alvarez y de la Rúa (y Cavallo otra vez!...), con Macri y Caputo y Sturzenegger y ahora con estos mismos apellidos debe haber un hilo conductor que enhebre semejante tarea destructora y no nos permite salir del bucle.

 No, no es la corrupción, que hace daño y también destruye.

Es el ideario y la práctica del liberalismo que estos cobardes, mientras roban, terminan negando como tal, para poder volver y seguir con la condena eterna.

Por eso es preocupante el papel de la actual oposición política, que en lugar de mesarse los cabellos por los devaneos patéticos y criminales de un pelado cuya estatura moral no supera la de la parrilla construida con dineros oscuros mientras sus votantes no pueden comprar un churrasco, prefiere batir el parche de la corrupción en lugar de presentar y discutir un proyecto que verdaderamente impugne y dé vuelta como a una media el paradigma reinante.

 Cada vez es más imprescindible llamar a las cosas por su nombre.

Esta vez hay que definirse indefectiblemente por un rumbo donde la Independencia Económica, la Justicia Social y la Soberanía Política sean las banderas que sustenten un Proyecto Nacional que haga del Trabajo y la Producción las herramientas para salir del maldito bucle en el cual tantos liberales pelados como Adorni, Cavallo o Sturzenegger nos vienen encerrando.

Y ésa será la manera virtuosa de abandonar esta peluca.

 

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