El confortabilismo: la libertad según los satisfechos - Política y Medios
20-05-2024 - Edición Nº5953

OPINIÓN

El confortabilismo: la libertad según los satisfechos

En este artículo, Nicolás Mujico propone "recrear una ética militante que logre prevalecer sobre el confort, la comodidad, la inmediatez y la inteligencia sin talento".

Por: Nicolás Mujico - Politologo UBA- Maestrando en Defensa Nacional UNDEF
Ilustración: Jerry Ferela.

 

Según parece, la libertad será un tema de campaña. Sin embargo, qué se entiende por libertad es otro asunto un poco más complejo. Palabras que se ponen de moda y que se aplican a todo. En otros tiempos fue la palabra revolución aplicada a la política, pero también a la venta de shampoo con revolucionarios procesos de alisados. De este modo, hoy libertad significa cualquier cosa. Lo más interesante es quién la anuncia y bajo qué supuestas sujeciones. La libertad entonces es, en algunos casos, el reclamo de los satisfechos de poder disfrutar del confort sin la molesta mirada de los “insaciables” insatisfechos.

También desde el progresismo existe una ideología del deseo y su satisfacción. La posibilidad de acceder a los bienes aspiracionales. Con todos adentro consumiendo, según las reglas del mercado. Todo remite siempre al individuo. Nada nuevo. El discreto encanto de la burguesía que solo quiere sentarse a comer sin que nadie le pida limosna ni lo mire por su forma de vestir. 

Independientemente de eso, y más allá de los planteos del liberalismo mediático y de los jóvenes estudiantes de economía de las universidades privadas baratas que aún no han tenido tiempo a frustrarse y que creen en sus ínfulas y suponen que todos somos imbéciles por haber fracasado, (que es lo que hacemos las personas decentes), por libertad, decía, no se entiende mucho más que una cuestión más propia de la estética, que de la ética, la política o la economía. Nuestra generación y las que se suman a la vida civil, no entiende por libertad otra cosa que el confort y el status. Quienes tienen acceso a ese confort, buscan un discurso que los diferencie de aquellos que no lo tienen. Ese discurso debe, a su vez, justificar lo que unos tienen y otros no. 

Vivimos en una sociedad exacerbada de consumo. Todos desean acceder al confort: el placentero ejercicio del placer controlado, medido y cuantificado. Entonces, ¿qué pasa con quienes son expulsados del trabajo y a su vez sometidos a una pobreza estructural? ¿Qué pasa con quienes provienen de familias con renta y patrimonio y, aún así, no participan de ninguna actividad creativa o transformadora o mínimamente productiva? ¿Qué pasa con ese deseo y esos instintos que no se realizan ni en el trabajo, ni en el confort de las aspiraciones pequeñoburguesas, ni en los grandes sueños de fama y fortuna? La anomia social no se mira al espejo. Prefiere culpar, fugar o romper. 

Antiguamente, quizás incluso hasta hace no tanto, la riqueza se asociaba al lujo y el lujo se relacionaba, muchas veces, con la capacidad de observación de quien lo poseía. Se disfrutaba con educación y buen gusto. La obra de arte, el collar de perlas, el reloj lujoso, la ópera, la casona con grandes detalles de arquitectura y diseño, incluso el automóvil más parecido a una carroza que a un vulgar vehículo con artilugios mecánicos. Todo se apreciaba y disfrutaba con un poco de educación. Sin embargo, la cultura de masas, la expansión del capitalismo y el consumo atrajo una nueva sociedad y un nuevo criterio estético. Las fotografías en primer plano con el monumento histórico o el paraíso caribeño detrás, la compra semanal de ropa, el celular, el recital, el parlante ruidoso, el departamento con espacio y confort metricalculado, el auto veloz y aerodinámico. La transformación eliminó esa molesta necesidad de cultivarse.  

Quizá la salida del patrón oro fue también un cambio en las aspiraciones. El lujo absurdo, una cierta vulgaridad que relaciona directamente el consumo al placer sin esfuerzo. La haraganería con el artefacto que reemplaza hasta el último y más mínimo movimiento. El invento del control remoto fue, quizás, la mejor forma de interpretar hacia donde se dirigían las aspiraciones humanas. El placer, el confort y también el placebo, escapándole al frio, al calor, al malestar estomacal y a la incomodidad cualquiera que ésta sea. El deleite sensual, remplazó finalmente por completo al goce estético. Inflamar y capturar en fotos los momentos de placer. La obsesión por hacer algo todos los días y llenar de recuerdos el presente. 

La política no es ajena a estos cambios éticos. No existen agrupaciones que procuren formar a sus militantes. El nuevo lenguaje expresa claramente esta transformación.  Pertenecer al esquema que ya no es ni el sindicato ni el aparato o la "orga" con sus lugares y estructuras bien determinadas, sino el circuito ambiguo y venal que le permite a un militante sostenerse en el medio ambiente político siendo parte de un espacio que no es el lugar en donde flota un astronauta, sino una locación ambivalente y lábil que funciona en relación a referencias creadas al efecto. El significante vacío que mi abuelo podría entender como un lugar que no significa nada. Estos circuitos, estos espacios, articulan, es decir, trabajan con y para el Estado, con el gobierno, con los medios de comunicación y las redes sociales, o con la oposición. Articular, en definitiva, es el proceso que pone al esquema al servicio de la supervivencia. La obsesión por la actividad y la necesidad de mostrarla absorbió todos los otros aspectos. La capacitación por sobre la formación. La actividad no es otra cosa que una estrategia de venta que reemplaza al adoctrinamiento y a la propaganda política. 

En definitiva, todas las actividades humanas, y la vida cotidiana se encuentran inflamadas de confort o de promesas de confort. El escape en cuotas a la angustia y el dolor: la imposibilidad de tener fe pero, a su vez, querer vencer la muerte. La constante búsqueda de espiritualidad sin misa ni rosario. El querer conocer sin esfuerzo e, inclusive, el placer sin esfuerzo. El temor enorme a cualquier forma de dolor, físico o espiritual.  El cisma de occidente, es el transito del súper hombre,  del hombre nuevo, o de la comunidad organizada, al solitario súper cómodo que incluye el triunfo de los estériles que garantizará en unas pocas generaciones la derrota de occidente. 

La cultura en la ciudad, por lo menos en la Argentina, es otro hecho que cambió notablemente. De aquellos tangos reos, de la ética fronteriza con la ley, de la vida infame o la fama del valor aún en la mala vida, la incomodidad, el sostener una amistad inconveniente por sobre todas las cosas, no logró subsistir a la comodidad haragana del pop y la música bailable. La atrayente ética y estética del ritmo de tambores electrónicos y el mueveculismo se convirtió en una convicción magnética para los jóvenes, y no es para menos. Es entendible. Jamás hubo tanta belleza explicita como en estos tiempos. Sin embargo, es necesario ir contra todo -o casi todo- esto. Los latinoamericanos somos más o menos occidentales y ahí radica sin duda una pequeña esperanza. La iglesia que inventó Europa vio en un Papa argentino la esperanza. Aún no logramos reunir los 100 monos de koshima con las claves para enfrentar al futuro, pero es en América donde radican las carencias y, por lo tanto, es aquí donde hay un destino. La búsqueda de lo que nos falta nos invita a realizarnos. 

Debemos recrear una ética militante que logre prevalecer sobre el confort, la comodidad, la inmediatez y la inteligencia sin talento.  Todos y cada uno de nosotros caeremos mil veces en esta patriada. Todos erraremos el camino en incontables ocasiones. Ninguna vida es tan larga para entender y procesar un cambio de paradigma tan profundo. Los hombres se equivocan, pero los pueblos avanzan.                                             

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