
Horacio Rodríguez Larreta lo tiene decidido: si Mauricio Macri quiere ser presidente deberá enfrentarlo en una interna.
Sería un mano a mano, porque Patricia Bullrich no está dispuesta a rivalizar con el ex presidente. Dice que comparten electorado y no tendría sentido inmolarse.
En su gira por España, Macri sugirió que está dispuesto a competir por la presidencia, o al menos de impedir que Larreta llegue a la Rosada. “Si veo que al final del camino uno garantiza el cambio y otro no, voy a jugar", fue su frase.
Larreta lo tomó personal. Sabe que a Macri no le convence su idea de un acuerdo amplio con todas las fuerzas políticas para gobernar. Ni siquiera le alcanza que sólo mencione “al 70% del país” y así abra la puerta para excluir a los K.
Para Macri el cambio es la grieta como está o peor, con empresas públicas cerradas, ajuste y una reforma laboral rápida. Con recortes de partidas a las provincias y la ilusión vigente de una lluvia de inversiones.
Larreta no habla en esos términos. Imagina un gran acuerdo nacional en el que cualquier negocio sea viable en el tiempo por el sólo hecho de que nada ni nadie lo interrumpa. Ni más, ni menos.
Se lo dijo a los empresarios en el coloquio de IDEA del año pasado y hasta los culpó de instigar a una grieta que tanto les sirve para sostener sus privilegios.
Macri no sanó su herida por no haber podido cerrar listas en 2021, cuando Larreta puso los candidatos de Ciudad y Provincia y lo mandó a de viaje a Zurich.
Jugó al límite, con la amenaza de competir en una interna, que hasta acobardaron a Bullrich y la llevaron a abdicar en su intención de volver al Congreso.
La ex ministra exhibe encuestas con mejores números que Larreta, pero siempre fue clara con sus seguidores: “Si Macri juega, me bajo”. Cree que si compiten dividirían el mismo electorado y le regalarían un triunfo al jefe de Gobierno.
El ex presidente lo sabe y por eso jamás llegaría a esa situación. ¿Y entonces qué hace? Para quienes lo conocen y lo frecuentan, la amenaza de candidatura le sirve para ordenar su tropa a gusto.
El tema es que cuando se sepa su juego, volverá al llano o al menos no podrá evitar que los candidatos le tironeen la lapicera. Es lo que no quiere. Pero en sus charlas privadas no da señales de jugar a todo o nada.
Tiene una rara obsesión: el déficit fiscal, que considera causa de todos los males de su fallida gestión. Pero también pregunta por la deuda de las provincias. No recuerda que muchos bonos impagables desparramados por el país los promovió Alfonso Prat Gay, durante su primer año de gobierno.
Larreta no se quiere pelear con Macri, porque considera que no hay manera de retener el voto puro del PRO si lo enfrenta. De hecho, sobreactúa las medidas de mano dura, como el combate contra la toma de escuelas con policías en las aulas. Sólo se trata de focus group.
Su gran ventaja es la dirigencia, que sólo cree en él. No imaginan un Macri reciclado, capaz de invitar a votar a un electorado que lo acompañó en 2019 y lo vio perder.
Con Bullrich pasa algo raro: mide bien en las encuestas, llama a la dirigencia de todos los niveles, pero no le confían.
El jefe de Gobierno los ayuda con plata. ¿Cómo negarse si encima el círculo rojo lo invita a todos los cócteles?
La foto de Larreta con los candidatos de 22 hace dos semanas fue la postal de su éxito como reclutador. Bullrich ya había sido advertida en el verano.
“¿Vos tenes plata para financiar la campaña?”, le preguntó al jefe de Gobierno. “No, pero te gano igual”, le respondió la ex ministra. Si no es ella, Macri dice que puede ser él.