La crisis de liderazgo de Juntos, un problema cada vez más grave para 2023 - Política y Medios
23/05/2022 - Edición Nº5225

LA INTERNA, DESDE ADENTRO

La crisis de liderazgo de Juntos, un problema cada vez más grave para 2023

Las elecciones del 14 de noviembre le garantizaron una nutrida presencia en el Congreso, pero no hay quien la coordine. Los 116 diputados se reparten en 10 bloques, 4 de un solo miembro, y ni siquiera se eligieron autoridades del interbloque.

El rechazo del presupuesto fue celebrado como un triunfo por los diputados de Juntos, pero las internas que exhibieron abren una incógnita sobre las posibilidades reales de llegar a 2023 con una alternativa presidencial confiable.

Las elecciones del 14 de noviembre le garantizaron una nutrida presencia en el Congreso, pero no hay quien la coordine. Los 116 diputados se reparten en 10 bloques, 4 de un solo miembro, y ni siquiera se eligieron autoridades del interbloque.

Se requiere de una asamblea abierta para definir una postura común y así fue como resolvieron apoyar un retorno a la comisión del presupuesto en la madrugada del viernes: se reunieron en el salón Delia Parodi y gritaron una hora sin parar. Muchos no llegaron a entender qué ocurría. Cuando Máximo Kirchner puso leña al fuego en el recinto, los jefes volvieron al plan original de votar en contra para no agravar la rebelión en la granja.

A los referentes de Juntos por el Cambio más experimentados les surgió una pregunta: ¿El caos tiene solución? No encontraban respuesta porque no la hay. Es un frente sólido hacia afuera, con líderes locales capaces de ganar elecciones y figuras nacionales que garantizan el apoyo del poder real que hace falta para mantenerse en pie.

Pero las fuerzas vivas emergieron y no aceptan jefaturas. El fracaso de 2019 les quitó autoridad a los gestores originales del frente y nadie supo correr de atrás para reemplazarlos.

Horacio Rodríguez Larreta es el precandidato presidencial con imagen más alta que hubo este siglo, pero no conduce. Pareciera no saber hacerlo y son muchos los que creen que su obsesión por el equilibrio perfecto puede hacerlo desbarrancar.

Mauricio Macri y Patricia Bullrich intentan controlar todo a mano de hierro, pero sólo controlan una minoría del bloque PRO conducido por Cristian Ritondo. Y no tienen ninguna autoridad con los diputados de otras fuerzas. Ninguna.

Como los radicales, Larreta pareciera pensar más en sus duelos internos que en su posicionamiento presidencial, que además de aprobación popular requiere mostrar alguna habilidad para manejar los conflictos nacionales. O al menos algún indicio. Goza de una protección mediática sin antecedentes que lo invita a estacionarse en zonas de confort.

En la semana del debate del presupuesto Larreta habilitó la postura de dar quórum y votar en contra, a la espera de que el oficialismo consiguiera aliados para llegar a una mayoría. Tenía miedo que la línea dura del expresidente lo corriera.

Pero cuando el presupuesto se encaminaba a un rechazo seguro, Diego Santilli no ocultó su preocupación por un antecedente peligroso: nunca una oposición había votado en contra del presupuesto y si se hace costumbre puede ser un problema por mucho tiempo.

El rechazo a la ley era el desenlace inevitable cuando anunciaron que votarían en contra los diputados del interbloque federal, integrado por cordobeses, peronistas bonaerenses díscolos y socialistas santafesinos.

Larreta creía que la UCR iba a repetir su conducta de 2020, cuando los jujeños y correntinos votaron el presupuesto por orden de sus gobernadores, interesados en sostener planes de obra para sus provincias.

Subestimó la interna del partido centenario, que el viernes elegía autoridades con la puja latente entre Gerardo Morales y Martín Lousteau, ambos con bloque propio en Diputados.

El gobernador, finalmente elegido, no se iba a exponer a un escrache previo a su consagración. Lousteau mandó a sus dirigidos de Evolución a firmar un dictamen de rechazo sin esperar a sus pares de otras fuerzas, una actitud sin antecedentes en la corta vida de Cambiemos y JxC. Martín Tetaz usó sus minutos de televisión para amenazar a sus rivales con escraches si no ayudaban al Gobierno.

Apretado, el jefe de la UCR Mario Negri buscó desde el inicio de la sesión llegar a un acuerdo que sostenga el presupuesto en pie. La única salida, entendía, era que el proyecto volviera a comisión y se aprobara con algunos retoques. Había que construir un relato.

Los 11 diputados de la coalición cívica quedaron atrapados en las internas de sus socios. Con experiencia en estos conflictos, su jefa Elisa Carrió entendía que, en los hechos, votar en contra de un presupuesto es absurdo, porque el gobierno prorroga el vigente y engrosa las partidas al ritmo que quiera. Además, los culparía por no acordar con el FMI. Un favor a Máximo Kirchner, entiende.

Sus diputados proponían abstenerse y cambiar el articulado, una estrategia que en los años de Macri la oposición dialoguista aplicaba en cada sesión. El expresidente festejaba que sus leyes eran aprobadas, pero luego se enteraba que habían sido reescritas. Lilita se lo quería hacer a Alberto, pero sus socios no la dejaron. El jefe de su bloque Juan López se los recriminó en el recinto.

La interna radical es tal vez el mayor callejón sin salida, aunque Morales confía en acomodarla. Tras ser elegido presidente del Comité nacional prometió una unificación de los bloques en Diputados para marzo, que no parece fácil.

Rodrigo De Loredo, el jefe de Evolución, exhibió una obsesión por eclipsar a Negri en el recinto que no será fácil de curar. La interna cordobesa empezó a cansar, porque es la causa original de la ruptura y tal vez la única.

La próxima reunión de Juntos debería servir para avanzar en algún esquema de coordinación, que se refleje en el Congreso y sea útil para la elección de candidaturas en 2023.

Si bien las internas son una solución a cualquier dilema, si la tensión se exterioriza no será fácil convencer a la ciudadanía que hay chances de un gobierno homogéneo. Hoy parece imposible. No hay líderes que controlen tanto caos. 

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