"China ataca a Kamchatka" - Política y Medios
09/12/2021 - Edición Nº5060

ANÁLISIS

"China ataca a Kamchatka"

En tiempos de Juegos Olímpicos, es válido pensar en ese otro juego que fue parte de la infancia de muchos que crecimos en los 80: Plan Táctico y estratégico de la guerra, (T.E.G), el juego de Yetem, inventado o copiado por un argentino, que cautivó a miles.  

Por: Nicolas Mujico, Politologo UBA, maestrando en Defensa Nacional UNDEF

 

En tiempos de Juegos Olímpicos, donde lo agonal se mezcla con lo político, por qué no pensar en ese otro juego que fue parte de la infancia de muchos que crecimos en los 80: Plan Táctico y estratégico de la guerra, (T.E.G), el juego de Yetem, inventado o copiado por un argentino, que cautivó a miles.  

Un juego que define un mapa de 50 países que, aunque tenga muchas diferencias con el mapa real, tiene también algunas similitudes. Allí se definen objetivos que, dado el azar con que se inicia la partida, suele ser alcanzar y movilizar tropa (fichas) por el tablero de un continente a otro. Algunos países suelen ser más estratégicos que otros si se saben defender. Una Rusia Europea permite capturar algunos países del sur asiático, pero no pasar a África por el Estado tapón polaco, que suele pasar de manos de un jugador a otro con frecuencia. China por su parte, domina prácticamente todo el continente asiático sin poder ser atacado desde fuera ni tampoco atacar hacia fuera del continente: una especie de muralla invisible lo protege y lo aísla.  En definitiva, un poder regional con el cual no se vence en el tablero global. Quien logra sostenerse en China, tiene no menos de 10 países de los 15 del continente y, con un pequeño esfuerzo, se logra conquistar Asia. Pero se necesita más para ganar. Una vez que logra consolidarse en ese país, todos los jugadores tiemblan porque saben que tiene que salir del continente para ganar el juego. África y América del Sur, no siempre están tan a mano. Oceanía suele ser un precio demasiado alto y nunca permite ganar el juego. ¿Europa? Imposible. Primero se debe tener Irán y, si se consigue, aun así hay que enfrentar a la poderosa Rusia y su proyección hacia el occidente europeo. Cuando todas estas cuestiones fueron sopesadas por el jugador, llega el momento del ataque más famoso del Juego. “China ataca Kamchatka”, aquel popularizado por el matrimonio de la publicidad de pañales, el de la película, el que a todos los que jugamos este juego nos tocó realizar alguna vez. Kamtchatka es el único camino posible para avanzar hacia occidente, hacia Alaska, Yukón y Oregon en el inexistente EE.UU con el fin de lograr el objetivo. ¿Quién no quedó, alguna vez, atrapado en Japón, esperando el turno para rearmarse de a dos fichitas por vuelta a la espera del milagroso colapso chino?

A mediados de los ‘90 Brzezinski, que no conocía el TEG, analizaba el tablero de ajedrez geopolítico fundamental para preservar la hegemonía de la primera potencia verdaderamente global de la historia. En vistas de la declinación estadounidense, establecía la necesidad de evitar que una sola potencia surja con preeminencia. Analizaba a los aliados europeos y a Japón. También la Rusia post soviética y, finalmente, China. Sobre el milenario país oriental, señalaba que resultaba improbable que se transforme en un potencia que desafíe el poder estadounidense en la medida en que se eviten y tomen ciertos recaudos que permitan lograr un equilibrio entre el rol de Japón y el de China limitando su influencia como potencia regional. Con el tiempo, fue adaptando sus postulados frente a una china que desborda los límites geográficos visualizados por el pensador de origen polaco.

¿Estamos ante un ciclo de unificación y expansión imperial China? Pareciera que esta vez no se mantendrán dentro de sus amurallados límites, como lo hizo durante la dinastía Han, en tiempos donde los romanos dominaban occidente. Una vez más, apoyados en una burocracia estatal eficiente, en un nacionalismo con gran penetración en las masas populares y en un sentimiento de superioridad cultural notable, han logrado saltar todos los obstáculos reales e impuestos que en estas últimas tres décadas enfrentaron. El corset japonés, que los EE.UU emplazaron en el lejano oriente, fue finalmente irrelevante y no logró frenar el incesante avance chino. Por otra parte, el broche del corset en la península coreana ni cierra ni sostiene de manera certera los intereses estadounidenses en la región.

En otro orden de cosas, la brecha tecnológica que existía hoy es apenas una distancia relativamente corta. El plan Made in China, se propone reducir la dependencia extranjera en temas relacionados a toda clase de componentes tecnológicos en los procesos productivos. Empresas como Huawei ya cuentan con más de 100 mil patentes liderando el esquema que permitió a China superar a Japón y a EE.UU en solicitudes de patentes, aunque aún en una revisión más fina todavía no los han superado.

Desde el punto de vista económico, el gigante asiático es una aplanadora impararable. Señalaba Brzezinski que Gran Bretaña tardó 50 años en duplicar su PBI en tiempos de la revolución industrial y EE. UU otro tanto en la primera mitad del siglo XX. Asia en general y China en particular, tardaron solo 10 años. A mediados de los '50, Asia representaba el 4 % del PBI mundial. A finales de siglo el 25%. Hoy, China representa más del 25% y Asia superó tanto a América del Norte como a Europa.

El mismo autor creía imposible que las tasas de crecimiento se sostengan por mucho más tiempo y preveía dificultades similares a las que había atravesado Japón, el anterior campeón futuro. Sin embargo, el crecimiento no se detuvo, el liderazgo no declinó, la estabilidad persiste y la inversión externa mantuvo su flujo.

El crecimiento económico constante les permitió enormes inversiones en su arsenal nuclear y en el robustecimiento de sus FF.AA. Inversiones que no se conocen con precisión, pero que estarían ubicándose ya en números que solo serían superados por EE.UU. Los ejercicios militares chinos demostraron capacidad de proyectar fuerzas en largas distancias eventualmente, más allá de su perímetro regional.

Otros problemas colaterales que eran vistos como amenazas tampoco acaecieron. El control demográfico fue efectivo. El estrés hídrico y el acceso a los alimentos no fue hasta el momento un inconveniente que no hayan podido resolver eficazmente. De igual modo, lograron satisfacer la creciente demanda energética.

La cultura milenaria china con los actuales fenómenos mediáticos y tecnológicos, tiene una fuerza que la cultura pop estadounidense ya no puede detener. China se ve a sí misma como el centro del mundo. La presencia japonesa no limitó el poder chino que ve en la isla al culpable de la decadencia en la cual sucumbieron durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.

La endeble ingeniería política asiática en un moderno proceso de mejora continua, por el momento, no parece ser un freno al desarrollo ni una causal de fricción política irresoluble. En contraste, la sólida arquitectura política europea no parece contener a todos o, por lo menos, no todos parecen querer dormir bajo su techo.

Las fricciones internas, en gran medida desconocidas, no son lo suficientemente profundas para generar crisis políticas de importancia. El COVID-19, que trastornó al mundo entero, no fue más que una crisis intensa pero pasajera para China que, a fines del año pasado, recupero los niveles previos a la pandemia adelantándose entre 1 y 3 años a la recuperación de otros países desarrollados.  La presión internacional y las exigencias democráticas de las potencias occidentales, no han hecho mella. Un lento proceso de democratización controlada le permitió al partido comunista chino sostener el monopolio del poder sin cuestionamientos.

En este terreno, el antagonismo creciente desde la gestión del expresidente Donald Trump, sumado a la tensión reinante con Rusia a raíz de las dificultades crecientes producto de la pandemia, parece una estrategia imprudente por parte de la administración Joe Biden. Si alguna vez Estados Unidos soñó con una Unión Europea en expansión que obligue a Rusia a democratizarse y una China cooperativa, hoy es una realidad lejana, casi una pesadilla.

No obstante todo lo señalado, subsiste la incógnita: si China ya es una sólida potencia regional, si ya alcanzó la influencia sobre otros países, si ya cuenta con las fichas suficientes y está destinada a ser la futura potencia global, un país que apenas supera a Argentina en PBI per cápita y que es sextuplicada por la todavía potencia hegemónica y por lo tanto su rival, ¿cuál será el nuevo orden en un mundo en donde la potencia rectora tiene los mismos problemas que los países pobres y sub-desarrollados? ¿De qué manera debe posicionarse nuestro lejano país ante una potencia que ya tiene intereses globales y proyectos concretos para nuestra región?

Es innegable la importancia que China y también Rusia cobraron en estos últimos años, sin embargo, debemos ser cuidadosos. Los efectos de la pandemia de los que nos recuperaremos quizás en tres o cuatro años, nos invitan a ser audaces y nos obligan a no equivocarnos.  

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