La Batalla del 3 de febrero de 1852: una lectura geopolítica de Caseros - Política y Medios
03/08/2021 - Edición Nº4932

REVISIONISMO HISTÓRICO

La Batalla del 3 de febrero de 1852: una lectura geopolítica de Caseros

Con Caseros, como apuntaba hace tantos años Moreno Quintana, se derrumbó toda una política internacional de la Argentina, ambiciosa en su vocación regional, pretenciosa en sus miras territoriales, reemplazada por objetivos claramente disolventes de esa soberanía.

Por: Fabian Lavallén Ranea - Director del Grupo de Estudios del Paraná y el Cono Sur

 

Hace ya más de setenta años, a comienzos de septiembre de 1950, en el marco de un ciclo de conferencias del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, el vicedecano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, el Dr. Lucio Moreno Quintana, dio una disertación sobre la batalla de Caseros. La llamó, desde su interpretación, “Caseros, ocaso de la Soberanía Argentina”. Claramente podemos identificar su acercamiento a las posiciones revisionistas, por el lugar donde dio la disertación, así como el título que le dio a su ponencia.

Pero lo que motiva la cita de dicha disertación, es que el jurista daba cuenta hace tantos años, que Caseros posee “interpretaciones diametralmente opuestas”, siendo la “aurora de la libertad para los historiadores oficiales”, y al mismo tiempo “ocaso de la soberanía” para otros. Más allá que claramente quien suscribe estas líneas se encuentra en el segundo grupo interpretativo del significado de Caseros, es claro que, a pesar de la supuesta prédica superadora de la grieta historiográfica y política de nuestro país, perdura una lectura hegemónica de nuestro pasado, que sigue presumiendo de una serie de herramientas didascálicas, toponímicas, y de censura soterrada sobre acontecimientos centrales de la Argentina, aunque repitan como un mantra que la dicotomía historiográfica “se superó” hace mucho tiempo.

Podemos dar un ejemplo. En un artículo publicado hace unos años, un importante referente político del conurbano, con todo su derecho como hombre de la política e historiador, deja en claro la interpretación que suscribe, la cual respetamos y valoramos en explicitarla. Detalla entre otras cosas, como se siente orgulloso de haber nacido “cerca de donde se dio esa batalla”, la cual considera como “punto inicial de la unión nacional”, lo cual es cierto. Luego de ilustrarnos sobre la mascota de Urquiza, el perro Pulvis, y el tropezón de la yegua de Rosas, nos dice que la batalla “representa la conclusión de un debate por el control del puerto de Buenos Aires, su aduana o el acceso a los ríos”. ¿Porque tomamos al azar este artículo como ejemplo? Porque más allá que, repetimos, está en su derecho de interpretar a su antojo ese evento, cumple con el requisito de muchas evocaciones instaladas en supuesto sentido común de nuestras lecturas de la política. La omisión y el eufemismo. Que Caseros es “la culminación” del debate por el acceso a los ríos, es verdad. Pero es la culminación por que se “entrega” ese acceso al imperialismo brasilero y a los intereses británicos y franceses. Pero claro, esto último no se dice. Hay que omitirlo. Queda la generalización, y así, algún desprevenido puede pensar que “bueno, se cerró un debate, se superó la grieta”. Si, se cerró, en favor de otros. Se habla de la mascota de Urquiza, pero ni mención a la guerra con el Imperio. Y ese es el punto del debate, la evocación, el lugar común, y la parcialidad maquillada de “moderación”. Un viejo historiador revisionista decía que Ricardo Rojas era el “campeón mundial del eufemismo”. Hoy en día hay varios que podrían disputarle el título.

Por otra parte, en la nota que hacíamos referencia, se hace mención del interesante resguardo patrimonial y museístico que se hizo de la chacra de Diego Casero y su histórico Palomar, testigos de la batalla, ambos declarados monumentos históricos nacionales, y situados dentro del predio del Colegio Militar de la Nación. Lo cual también coincido, ya que los he visitado regularmente, y puedo dar fe de lo hermoso, importante y bien cuidado de ese espacio. Y está bien que así se haga. Ahora bien, desde mi propia interpretación de la historia nacional, revisionista podríamos decir para hacerla fácil, quisiera desde donde vivo (Partido de San Miguel) poder visitar lugares relevantes de la historia argentina donde se evoque el triunfo del rosismo, y no su ocaso. Por suerte muy cerca de mi casa, en el encuentro entre el acceso Oeste y Camino del Buen Ayre, también hay un lugar emblemático, donde se dio la batalla que encolumnó el ascenso de Juan Manuel de Rosas, el puente Marquez, la posible antítesis de Caseros. Sería incluso un interesante lugar para los recorridos y visitas guiadas de los colegios ¿no? Una visita por dos lugares relativamente cercanos, donde poder llevar a los estudiantes al lugar donde emergió (Puente Marquez), y donde culminó (Caseros) el Federalismo rosista. ¿Sería imparcial y objetivo no?

En este lugar, Puente Marquez, es donde el federalismo derrotó a la dictadura de Lavalle, luego que éste diera el primer golpe de estado en la historia argentina contra un gobierno popular, además de ser elegido institucionalmente. Pero no tengo la misma suerte que el colega de Tres de Febrero. La visita no podrá hacerse. El Puente Marquez, también declarado “monumento histórico nacional”, el cual poseía una placa de bronce que lo aclaraba, construido de madera desde 1773, y reconstruido de cemento desde 1964, por esas casualidades del destino fue destruido por la Autopista Acceso Oeste, “desconociendo que tenía algún valor histórico”.  Nadie les avisó. Claro. Eso sí, se prometió una gran multa a la empresa, y la reconstrucción de esa gigantesca pieza patrimonial, símbolo de la intersección de los municipios del Oeste, donde también hubo hace varias décadas un balneario. Pero luego de casi 25 años, nada.

¿Notable diferencia no? Al Palomar de Caseros se lo resguardo dentro del Colegio Militar de la Nación, y se bautizó el lugar, que antes era parte del Partido de General San Martín, con la fecha del día de la Batalla, el 3 de febrero. En cambio, al puente Marquez, no le dejaron ni los escombros.

Pero vamos a lo importante, vamos al enfrentamiento que este día se evoca. ¿Cómo pudo el hombre fuerte del rosismo en el interior, Urquiza, convertirse en su contrincante en la batalla más importante en nuestro país en todo el siglo XIX? Lo que más va a leerse en las evocaciones de la fecha, es la “búsqueda de la libertar”, y el reclamo constitucional que las provincias le hacían al Restaurador, lo que es innegable. ¿Pero no había otras razones y elementos de contexto? ¿No hay más elementos que nos permitan evaluar un poco más lo que significa la batalla?

El marino y comerciante español, agente de Urquiza, Antonio Cuyás y Sampére, hombre muy cercano también a Garibaldi cuando éste realizara sus troperías por el Río de la Plata, escribió unos “Apuntes para la historia de Entre Ríos” hacia fines del siglo XIX, cuando Urquiza ya había muerto. En dicha memoria, dice sin tapujos, que cuando el entrerriano empieza a realizar el “cambio de rumbo” en su política con respecto a Rosas, él mismo “para ayudar al Gral. Urquiza a salir de su atolladero (…) hacía yo una activa propaganda para hacer olvidar a los pueblos sus yerros pasados, sus actos de crueldad y tiranía; para presentarlo como Jefe de un gobierno paternal y justiciero”.

Es a ese mismo agente urquicista, que el Imperio del Brasil, por intermedio de un agente diplomático, y de manera cínica pero pragmática, en momentos de un enfrentamiento abierto con la Confederación Argentina, le consulta “en caso de una Guerra de la Confederación con Brasil y Francia, ¿podría contar Brasil con la defección de Urquiza de sus deberes?”  

Sin la necesidad de hacer una exégesis de tamaña pregunta, podemos inferir en el modo que está redactada la misma, que el Imperio suponía que Urquiza cumpliera sus “deberes” como hombre fuerte de la Confederación... Pero como ha detallado José María Rosa hace varias décadas, Cuyas no tuvo mejor idea que “deslizar” esa pregunta al caudillo de San José. Este le contesta, ofendido y agraviado en su imagen, de manera terrible y contundente, claro y robusto en sus palabras, con la grandilocuencia que merecía semejante disparate: “Crea Ud. que me ha sorprendido sobremanera que el gobierno brasilero, como lo asevera, haya dado orden a su Encargado de Negocios en esa ciudad para averiguar si podía contar con  mi neutralidad”, y luego agrega, con más pompa: “Yo, Gobernador y Capitan General de la Provincia de Entre Rios, parte integrante de la Confederación Argentina, y General en Jefe de su Ejército de Operaciones, que viese empeñada a ésta (…) en una guerra, en que por este medio se ventilasen cuestiones de vida o muerte vitales a su existencia y soberanía… ¡Cómo cree, pues, el Brasil, como lo ha imaginado por un momento,  que permanecería frío e impasible espectador de esa contienda en que se juega nada menos que la suerte de nuestra nacionalidad o de sus más sagradas prerrogativas, sin traicionar a mi Patria, sin romper los indisolubles vínculos que a ella me unen, y sin borrar con esa ignominiosa mancha mis antecedentes?”

Después de leer al propio Urquiza, ¿acaso somos subjetivos, tendenciosos, imparciales, por considerar la actitud de Urquiza que desembocará en Caseros, como una abierta traición a la Confederación Argentina al aliarse con el Brasil? ¿No lo está diciendo el propio protagonista? Por si no fue claro en esas palabras, aquí tenemos otras de su respuesta: “El Gabinete imperial al expresarse así me ha inferido una grave ofensa, suponiéndome capaz de faltar a mis santos y obligatorios deberes, olvidando que siempre los he llevado del modo que mejor posible me ha sido, y que así lo verificaré…”

Podría pensarse que Urquiza quiso mantener ese primer “tanteo” imperial y su pomposa respuesta en el secreto. Pero no. Ordena publicar las siguientes palabras en el “El Federal Entrerriano”, donde se condena, sin saberlo, aún más así mismo ante la historia, con la editorial que dice: “Sepa el mundo todo, que cuando un poder extranjero nos provoque, esa será la circunstancia indefectible en que se verá al inmortal general Urquiza al lado del honorable compañero el Gran Rosas…

Eso fue a mediados de 1850, en Julio. Hacia Septiembre de ese año, desde Corrientes y el Paraguay ya se especula sobre una supuesta “neutralidad” de Urquiza en caso de una Guerra. Lo que ya era algo ignominioso, según sus propias palabras. Lo que nadie podría imaginar, es que de la supuesta “ofensa” se pasara a la neutralidad, y de ésta al apoyo directo para una alianza, y de allí sin escalas, directamente a liderar un ejército internacional contra la Confederación de la que hasta hace poco era el General en Jefe de sus Ejércitos, y a la que lo “ataban deberes y vínculos indisolubles”.

En el Brasil no podían creerlo de la felicidad. Era darles la victoria antes de la batalla, ya con la sola neutralidad de Urquiza. Pero con el apoyo y la alianza de éste, no lo imaginaban ni los más optimistas lusitanos. Por eso dudan que no sea todo una “comedia urdida con Rosas”, para confundir al Imperio. Era demasiado bueno para ser cierto. Y es por ello que requieren de un pronunciamiento público, que no deje dudas ante el resto del Cono Sur y de las Provincias de la Confederación, que se despejaran las dudas de que Urquiza estaba dispuesto a cruzar el Rubicón, que rompía con Rosas, con sus obligaciones, de manera clara y pública. Eso sí, sin dar a entender que fue producto de una presión lusitana…

Urquiza acomete todo lo impuesto, y podemos imaginar la euforia que se desata en la corte de Pedro II cuando se conoce la fatídica circular, y el Emperador ve como posible alcanzar la vieja aspiración de “internacionalizar” la navegabilidad del Río Paraná, el asentamiento completo sobre las misiones orientales, la administración de todos los ríos uruguayos, y como dice Pepe Rosa, “el completo dominio económico, comercial, financiero, político y militar sobre la República Oriental”. El Imperio recibía, en el resultado final de la jugada de Urquiza, los beneficios de un abrupto cambio estructural en la hegemonía del Cono Sur. Entre Rios pasaba a ser, del “contrafuerte” para evitar el avance del Brasil, y resguardo de la seguridad argentina en el litoral, a convertirse en “la llave de acceso” lusitana para ingresar a la Cuenca del Plata. De ser un apuntalamiento de la unidad estructural de las provincias argentinas, y su cohesión, a convertirse en el caballo de Troya visible para dar cuenta de un cambio hegemónico notable.

Los acuerdos de la “gran alianza” internacional que se enfrento a Rosas en Caseros, fueron tan funestos para los intereses de la Argentina y del Uruguay, y fueron tan favorecidos los intereses imperiales, que el gobierno uruguayo no quiso ratificarlos! El impacto de Caseros fue una clara victoria de Brasil, o un “resonante triunfo” como lo llaman Escudé y Cisneros, en una importantísima obra sobre la política exterior argentina, donde también agregan que se beneficiaron además Inglaterra, Francia y los Estados Unidos.

Pero a su vez, el Brasil, más que un aliado “secundario” del liderazgo de Urquiza para derrocar a Rosas, parecía ser el líder de un movimiento de fragmentación de la Confederación Argentina, donde el “auxiliar” era el propio Urquiza. Hasta Sarmiento, quizás de los hombres célebres argentinos el más anti-rosista de todos, y asimismo el más vengativo con su legado, se escandalizaría meses después de Caseros al escuchar de primera mano en las calles del Imperio, la manera en que los brasileros de jactaban de “haber comprado” a Urquiza “para derrocar a Rosas”, cosa que le reprocha por escrito al propio caudillo en una carta personal.

El resto es historia conocida. El reclamado “Pronunciamiento” de Urquiza, la conformación del “Ejército Grande del Sur” que detallaría con su magistral pluma Sarmiento, los contingentes de exiliados, los paraguayos, uruguayos, el auxilio a los brasileros en la Banda Oriental, los errores políticos y estratégicos de Rosas, la batalla del 3 de febrero.

Con Caseros, como apuntaba hace tantos años Moreno Quintana, se derrumbó toda una política internacional de la Argentina, ambiciosa en su vocación regional, pretenciosa en sus miras territoriales, reemplazada por objetivos claramente disolventes de esa soberanía. Como dejó en claro Roberto Etchepareborda, más allá del debate “doméstico” sobre la acción de Urquiza en contra de Rosas, la Alianza con el Imperio “no debió ser”, ya que modificó sustancialmente el equilibrio regional en favor de Brasil”, más aún en instancias que la Confederación Argentina podía poner fin a las pretensiones lusitanas en la Cuenca del Plata.

Por lo tanto, más allá del paradigma interpretativo al que se suscriba, una cosa es la lectura que se haga del gobierno de Juan Manuel de Rosas y su figura, sobre la que nunca vamos a ponernos de acuerdo los argentinos. Y otra muy distinta, es omitir o tergiversar los impactos de Caseros sobre el orden de la soberanía y el equilibrio regional. ¿Caseros fue el fin de la Tiranía? Indudablemente fue la génesis del ordenamiento constitucional de nuestro país. Sin dudas. Pero a sangre y fuego, y con una Argentina dividida en dos estados separados y en guerra, uno de los cuales, Buenos Aires, el más fuerte si se quiere, no participó ni del Congreso Constituyente que sancionó la Carta Magna, ni de la institucionalización republicaba que la misma creó.

¿Caseros fue el inicio de una cacería de brujas de viejos líderes federales? También, al igual que Pavón, como lo denuncio José Hernández. ¿Caseros fue una afrenta al ordenamiento geopolítico de nuestro país? Como respuesta, las palabras del maestro Pedro Santos Martínez: “Caseros no puede presentarse como la culminación de una lucha interna que puso fin a la vigencia política de un hombre (…). Independientemente de la apreciación intelectual o ideológica que nos pueda suscitar Rosas, debemos comprender y tener la conciencia histórica que, desde 1851 el país estaba envuelto en un conflicto con Brasil de extraordinarias repercusiones para el destino nacional argentino y rioplatense”

Deja en claro Santos Martinez con palabras directas: “A Rosas no lo abatieron sus enemigos políticos. Lo abatió el Imperio del Brasil”. Reconocer eso no implica estar de acuerdo con el régimen en todas sus dimensiones, ni suscribir al aparato mazorquero. Implica no omitir ni edulcorar la historia. También implica no mentir.

Sin las presiones emergentes del comercio internacional por aquellos años, difícilmente podamos también entender plenamente al “hecho Caseros”. La consolidación del capitalismo en el orbe mundial, ejerce en esa década una antesala de flujos económico-comerciales que se orientan a la división mundial del trabajo de unos años más tarde, que aunque impondrá a la Argentina un ciclo de modernización profunda, afianzamiento del Estado, construcción de las instituciones, y crecimiento económico de la oligarquía dirigente, entre otras cosas, estructurada alrededor del llamado “Orden Conservador”, también ubicara a nuestro país en la periferia dependiente de las economías centrales. 

Sería interesante que, en las notas que se publican en estos días conmemorando la batalla de Caseros, y sobre todo para aquellos que no leen sobre historia asiduamente y quieran saber quien ganó y quien perdió en ese enfrentamiento, se mencione al menos que. en la actual calle Florida de Buenos Aires, de camino a la Plaza de Mayo, los batallones brasileños desfilaron con sus banderas en alto, festejando no sólo “su” victoria, sino también festejando en nuestra propia capital la revancha que se tomaron de la batalla de Ituzaingó, donde la tropas argentinas vencieron a las imperiales en 1827. Por eso los contingentes brasileros esperaron varios días luego de Caseros (3 de Febrero), e ingresaron a Buenos Aires para impostar su triunfo más tarde (el día 20 de Febrero), para que coincidiera con el mismo día de Ituzaingó. Eso no suele citarse en estas evocaciones. Pero bueno, al menos sabemos como se llamaba el perro de Urquiza.

 

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