La batalla de Vuelta de Obligado: eslabón de la Gran Guerra del Paraná - Política y Medios
30 de noviembre de 2020 - Edición Nº4686

ANÁLISIS

La batalla de Vuelta de Obligado: eslabón de la Gran Guerra del Paraná

En el año de 1845, la Confederación Argentina sufría los bloqueos de las dos mayores potencias del mundo en aquellos años, en términos tanto económicos como militares: Inglaterra y Francia, naciones que buscaban desabastecer a la población de nuestro país, con el horizonte de debilitar al gobierno de Juan Manuel de Rosas.

Por: Fabián Lavallen Ranea. Director del Grupo de Estudios del Paraná y el Cono Sur.
 

“Sé, por ejemplo, que Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de Buenos Aires; Sé que el nombre de Washington es adorado en el mundo pero no más conocido que el de Rosas; sería necesario no ser argentino para desconocer la verdad de estos hechos y no envanecerse de ellos”. Juan Bautista Alberdi.

 

La célebre batalla de la Vuelta de Obligado, a la par del cruce de los Andes o la batalla de Ituzaingó, tiene la particularidad que a pesar de haber sido una clara derrota militar (aunque un claro éxito político) de las fuerzas argentinas -la cual sería restaurada un año más tarde en la batalla del Quebracho-  constituye un ícono de la defensa de la soberanía nacional, símbolo que costó muchos años incorporar a las efemérides nacionales, y que en el contexto en el cual se desarrolló, la Guerra del Paraná, aún está sumergida en una bruma de desmemoria.

En el año de 1845, la Confederación Argentina sufría los bloqueos de las dos mayores potencias del mundo en aquellos años, en términos tanto económicos como militares: Inglaterra y Francia, naciones que buscaban desabastecer a la población de nuestro país, con el horizonte de debilitar al gobierno de Juan Manuel de Rosas.

Inglaterra, muy envalentonada por haber derrotado nada menos que a China, flameaba la delirante “cruzada” de Libertad contra la Tiranía popular rosista. El Restaurador, seguía firme en su tesitura de que se cumpliera la Ley de Aduanas de 1835, la cual protegía la producción del interior, contra los intereses anglo-franceses que, en su soberbia imperial, quería manejarse en estas tierras como dueños absolutos bajo la excusa “humanitaria”.

La misión no era menor. Las potencias europeas se acercaron al Paraná con un convoy de más de 100 buques mercantes, abarrotados de manufacturas que coparían el mercado interno, ramificándose hacia el Paraguay y Brasil. Lo más notable de esta movilización, es la más que obvia disparidad de fuerzas entre los invasores y los defensores, ya que lo mejor del ejército argentino se encontraba en la banda oriental, además de los fines oscuros que se propusieron ingleses y franceses, ya que no sólo buscaban “ampliar” el comercio, sino también identificar posibilidades y opciones para independizar Corrientes, Entre Ríos y las Misiones, estimulando una clara balcanización argentina.

Pasaron a la historia muchas frases sobre este conflicto, siendo quizás una de las más célebres la del Libertador General San Martín, cuando expresó: “Los interventores habrán visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca.” Pero el General  San Martín no sólo identificó la trascendencia de la batalla, sino que también el estratégico rol de Rosas en el encuadre regional, al afirmar: “Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside a la República Argentina; nadie ignora el ascendiente que posee en la vasta campaña de Buenos Aires y el resto de las demás provincias, y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido, que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero; ello es que la totalidad se le unirán

En lo personal, creo que de todas las acciones heroicas de esa gesta, la más emotiva es la manera en que impactó en algunos personajes célebres, como es el caso del genial Martiniano Chilavert, unitario y opositor a Rosas, que a partir de la prepotencia imperial citada, decidió blandir su espada en defensa de la patria (sus palabras fueron “el estruendo de Obligador resonó en mi corazón”), olvidando viejas diferencias, y ofreciéndose a Rosas, estuvo a cargo de una de las baterías del Restaurador en la batalla de Caseros, lo que no le perdonarán ni los unitarios ni los urquicistas, fusilándolo cruelmente a las pocas horas del combate. 

Otras de las palabras que pasarán a la historia, son sin dudas las del general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas, y prócer absoluto de prácticamente todos los enfrentamientos militares de nuestro país desde la Revolución de Mayo hasta Caseros, donde demostró un arrojo, firmeza y gallardía aún muy poco conocidos y divulgados en los anales de nuestra historia liberal. El General, dijo al acercarse los invasores, la siguiente arenga: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Tremole el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea”.

Luego de esta batalla, un año más tarde en la Batalla del Quebracho, se logra restaurar esta derrota en lo que hoy es la localidad de Puerto General San Martín, en el departamento de San Lorenzo, Provincia de Santa Fe, a tan sólo 27 kilómetros de la ciudad de Rosario. La batalla cierra junto a Tonelero, ese ciclo del amplio conflicto que se libró en el Paraná argentino, ante el avance de las grandes potencias por quebrar el proteccionismo de nuestro país.

Punta Quebracho es lo que acontece ante “el regreso” de la flota comercial anglo-francesa, que había “entrado” en Obligado. En ésta, luego de más de dos horas de incesante fuego argentino, destrozos de varios barcos, otros averiados, y entre treinta y sesenta muertos europeos dependiendo de las fuentes, la flota debió retirarse, sabiendo que la navegabilidad de toda la cuenca paranaense les estaría vedada de ahora en adelante.

Luego de complejas y dilatadas negociaciones, la fragata Southampton inglesa, a comienzos de 1850, navegará hacia el Río de la Plata, para retirar para siempre la bandera de su país de la Isla Martín García, capturada en la campaña del Paraná. Y, además, con una salva de veintiún cañonazos, saludar al Representante de la Confederación Argentina y a la bandera nacional, desagraviándola solemnemente.

 

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