El Perú, hacia el Bicentenario: ¿de la rebelión social al fin del neoliberalismo? - Política y Medios
30 de noviembre de 2020 - Edición Nº4686

ANÁLISIS

El Perú, hacia el Bicentenario: ¿de la rebelión social al fin del neoliberalismo?

En menos de un cuarto de siglo, el Perú pasó del proyecto del Nacionalismo Velasquista al neoliberalismo estructural. El primer gobierno de Alan García fue una transición hacia el neoliberalismo violento y “anti-político” de Fujimori, que consiguió un apoyo popular inédito en la República, mediante el asistencialismo chantajista y el blindaje de los medios. Ahora bien, en el pos-fujimorismo, nunca se pudo construir un proyecto de país ni un programa enfocado en el desarrollo y la justicia social.

Por: Fabián Lavallen Ranea. Director del Grupo de Estudios del Paraná y el Cono Sur.
 

Todo indicaría que la regeneración política que se observa en Chile con la vocación de reforma constitucional, que se sigue reafirmando en Bolivia con el éxito de Luis Arce, que se intuye renaciendo en Ecuador, que se esperanza con AMLO en México, ahora ha golpeado de manera resonante en el Perú, obligando a la renuncia del oscuro empresario Manuel Merino como Presidente interino, y moviendo el tablero político como pocas veces se vio en esta República.

Quien por lejos graficó de manera más acabada el hartazgo social del país, fue Cesar Hildebrandt, quizás el mejor periodista de la política peruana en las últimas décadas, quien le envió una durísima carta abierta al presidente interino Manuel Merino de Lama, bajo el título de “Usted no representa la Nación”. La carta es una cátedra intensiva de periodismo comprometido, solidez intelectual y contundencia moral. Deja en claro el periodista que entiende muy bien lo que busca Merino con la asunción presidencial, quienes lo acompañan, y todo lo que en conjunto representan esos golpistas.

Comienza la carta aclarando que Merino “es el presidente de la república que reconocen y aplauden los políticos de la Decadencia, los congresistas que aspiran a prófugos”, acompañado por ex parlamentarios que sólo son entrevistados por personajes que practican “el viejo oficio de la anuencia”, mostrando el colaboracionismo que los grandes medios han tenido en esta situación política. Pero es más contundente cuando aclara que el ahora ex Presidente, dio un golpe “instigado por lo peor de la política peruana”, reuniendo en su estrategia a la mugre y al miasma, “al prontuario y a la requisitoria, a la ignorancia y a la avidez”, todo para pasar a la historia. Pero le aclara que no se esperance con ello, ya que no será “ni siquiera un pie de página, una aclaración en bastardilla”, y tarde o temprano va a caer en “la fosa común de las torpes ambiciones”.

Posteriormente, Hildebrandt hace un repaso de quienes lo acompañan en su desventura, como Antero Flores Aráoz, líder del Partido Popular Cristiano (PPC), exponente de la política tradicional y desprestigiada al que llama “gato techero”, que perdió sus vidas en el ridículo, el cual es “la nada que habla, el fantasma que pena.” O la podredumbre de ese rejunte que representa Acción Popular, la Alianza para el progreso, y hasta el antaurismo al que llama “armagedónico”. Incluso el partido “Podemos”, lo ve como la “salida del patíbulo”, que congrega a la “mejor carne de presidio del Congreso”. Finalmente, Hildebrandt le pide a Merino que “ponga todos esos ingredientes en la licuadora, licúe, vierta ese contenido en un envase y entrégueselo a la baja policía”.

No es muy común encontrar en periodistas de trayectoria y prestigio como este, utilizar un nivel de contundencia tan grande para graficar un accionar político. Y eso se da porque el hartazgo llegó a niveles asombrosos, como demostró la movilización popular de este fin de semana. Nadie duda que Vizcarra debía responder a la justicia cuando terminara su mandato, eso es innegable. Es más, nadie salió a las calles para defender al expresidente. Quienes se movilizaron lo hicieron para repudiar a los congresistas, no para apoyar a alguien. Y en ese repudio hay un síntoma, que habla de una comezón que comenzó hace muchos años.

El Perú pasó en menos de un cuarto de siglo (1968 – 1992) del proyecto del Nacionalismo Velasquista al neoliberalismo estructural, casi sin escalas. Si se quiere, el primer gobierno de Alan García fue una transición hacia el neoliberalismo golpista, violento y “anti-político” de Fujimori, que venciendo a la hiper-inflación y el terrorismo senderista, consiguió un apoyo popular inédito en la República, mediante el asistencialismo chantajista y el blindaje de los medios. Ahora bien, en el pos-fujimorismo, nunca se pudo construir un proyecto de país ni un programa mínimamente enfocado en el desarrollo y la justicia social.

Es verdad que el Perú vivió más de una década de crecimiento económico sostenido en ese pos-fujimorismo, desde comienzos de los dos mil hasta hace aproximadamente un lustro. Pero como hemos podido ver en diversos países latinoamericanos, ese crecimiento macro-económico no se tradujo en una fuerte inclusión social  -a pesar de haber sacado de la extrema pobreza a mucha gente- ni permitió una movilidad social que propiciara condiciones de equidad sostenible.

El Perú ha crecido, es verdad, pero no se ha desarrollado socialmente, ni ha modificado el patrón productivo que combina en un cóctel de obsolescencia dos ejes feroces: 1) La reprimarización económica, que se afianzó desde los noventas fujimoristas con su consecuente dependencia del capital transnacional, y 2) Una casta política larvada en esa estructura de dependencia foránea.

Como pasó en gran parte de la región, la demanda internacional de commodities (del cobre, por ejemplo) permitió el crecimiento citado, pero que no sólo no fue inclusivo, ni estratégico, ni homogéneo, estuvo acompañado de políticas de destrucción del tejido social y la equidad.

El mismo país que fue referente ineludible del socialismo indoamericano, el del mítico José Carlos Mariátegui, que enamoró con su prosa telúrica a tantas generaciones del continente, puede sorprendernos con un encantador de serpientes diametralmente opuesto, pero igual de talentoso, como Mario Vargas Llosa, el “hechicero de la tribu” como lo llama Atilio Borón en su último trabajo, que es capaz de aglutinar ideas-fuerza neoliberales a modo de cruzada contra los pueblos.

El mismo país que llevó adelante una de las revoluciones sociales más potentes del siglo XX sudamericano (1968), que impresionó e influyó de manera tan determinante a tantos líderes de la región (el caso de Hugo Chávez es paradigmático), es el mismo que nunca tocó los lineamentos del Consenso de Washington en treinta años, o que vio proponerse desde Lima una alianza ofensiva contra la UNASUR, cuando en el año 2011 confluyeron Piñera (Chile), Alan García (Perú), Manuel Santos (Colombia) y Felipe Calderón (México) para consolidar un frente regional liberal, estructurado desde la clara voluntad de los Estados Unidos.

El mismo país que protagoniza varios de los capítulos culturales e intelectuales más profundos de la historia de América Latina, que puede embrionar escritores universales como César Vallejo, o  novelistas como José María Arguedas, sociólogos de la jerarquía de Julio Cotler o pensadores como José Matos Mar, que tiene la biblioteca más rica y más antigua del continente, o la tradición mística de Santa Rosa de Lima, puede encandilarse masivamente con el bastardeo cultural de Laura Bozzo, permitiendo que se defina desde un talk show la agenda “cultural” del país.

 

En el mismo país donde surgió uno de los tanques de pensamiento más importantes de América Latina, como es el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), es el mismo país que vio enquistarse en el poder un lobby minero que condiciona los proyectos estratégicos para el desarrollo, y compra la voluntad política de aquellos que en algún momento, efímero por cierto, recapacitan tenuemente.

El mismo país que vio asumir a una suerte de “promesa” de chavismo revolucionario local, como era inicialmente Ollanta Humala, prometiendo la “gran transformación” programática del Perú,  vaticinando una posición socialista de raíz popular, y taladrando las culpabilidades del modelo neoliberal en el derrumbe del Perú, lo vio a ese mismo mandatario, a los pocos meses, primero dudar del horizonte político propuesto, y en una mueca siniestra de la traición, posteriormente levantar la bandera blanca de la rendición soberana ante las multinacionales mineras, permitiendo -por decreto- otorgarles condiciones de concesión que sólo pueden catalogarse como “entreguistas”, lapidando las riquezas del país, no sólo de los recursos estratégicos, sino que incluso también de los recursos arqueológicos.

El colapso de la educación pública tiene mucho que ver en estas paradojas. En diversas notas y artículos hemos destacado la desmemoria política que asola a nuestra región. Pues bien, en el Perú, ese velo de olvido sobre el pasado reciente alcanza niveles exorbitantes. Hoy la mayoría de los estudiantes peruanos no saben quién es Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, y si ven una foto suya no podrían reconocerlo.

Ahora hay un encandilamiento por los “millennials” que se movilizaron en estas protestas, predicando que “se metieron con la generación equivocada”, como viralizan los influencers en estos días. Sería deseable que referentes nuevos y con vocación social como Verónika Mendoza puedan traccionar estas fuerzas hacia un proyecto político, y no se pierda esta energía en “primaveras” de inconformismo inorgánico y tenue.

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