La pandemia, reflejo de un mundo cargado de desigualdades - Política y Medios
04 de diciembre de 2020 - Edición Nº4690

ANÁLISIS

La pandemia, reflejo de un mundo cargado de desigualdades

La irrupción del coronavirus aceleró todas las tendencias negativas que se venían afirmando previamente en el mundo entero: el aumento de la desigualdad; la concentración de la riqueza; la destrucción de fuentes laborales; el nivel de endeudamiento de los Estados; las tensiones geopolíticas; el estancamiento de los “países periféricos” y el desequilibrio en las diferentes regiones mundiales.

Por: Esteban Pastoriza (Técnico Universitario en Comunicación Social -Licenciado en Ciencia Política)

 

La propuesta del “mundo globalizado” que fue impulsado durante las últimas décadas del Siglo XX, buscaba romper con las fronteras proteccionistas de los países que aún mantenían las bases del Estado de Bienestar y en contraposición, pretendía dar lugar a una relación comercial más amistosa y cercana entre todas las naciones. Lo cierto es que el desarrollo de este modelo dio paso a un claro proceso de desigualdad entre los países considerados “desarrollados y emergentes”.

Con la llegada de la pandemia del COVID-19 no sólo se profundizaron estas condiciones, sino que además quedó públicamente expuesto que aquella original premisa que fomentaba la nueva faceta del sistema capitalista sería un anclaje más para las sociedades periféricas.

Al inicio de este año, cuando ni siquiera se pensaba en la posibilidad de una expansión viral semejante a lo que estamos viviendo; la organización no gubernamental Oxfam International había difundido un informe anual en donde se aseguraba que los 2.153 multimillonarios más ricos del mundo, concentraban una riqueza semejante a la de 4.600 millones de personas. Es decir, el equivalente a un poco más que el 60% de la población.

En consecuencia aquel modelo sostenido por los defensores del paradigma neoliberal y la libertad absoluta del mercado, buscaron apuntalar sus teorías bajo el argumento de que la eficiencia de este sistema económico se demuestra al incrementar la acumulación de las riquezas de las élites financieras, empresariales y corporativas, que darían lugar a la creación de mayor cantidad de empleo y permitiría el desarrollo de los países históricamente subordinados en la estructura de la división internacional del trabajo.

Sin embargo, los datos que mostraba a principio de este año el informe de Oxfam, afirman que gran parte de lo obtenido como ganancias no estimulaba una distribución universal equitativa y las perspectivas de crecimiento económico habían profundizado la desigualdad existente entre países; pero, además, terminó edificando una pirámide social con beneficios que sólo se concentraban en el vértice de la misma. El punto es que la libre competencia de un mundo sin fronteras, atado las imposiciones de una matriz Mercado-Céntrica acabó polarizando aún más la concentración del capital mundial y marcando una inequidad social demostrada por la propia investigación de la ONG; al afirmar que “un trabajador que hoy está ubicado en el diez por ciento más pobre, debería trabajar tres siglos y medio para conseguir el mismo rédito que una persona que se ubica en el diez por ciento de los trabajadores más ricos”.

[América Latina: la región más desigual del mundo]

Tomando como referencia los datos arrojados por el informe de Oxfam, hemos observado que la llegada de la pandemia del coronavirus aceleró todas las tendencias negativas que se venían afirmando previamente en el mundo entero: el aumento de la desigualdad; la concentración de la riqueza; la destrucción de fuentes laborales y sus condiciones de protección al trabajadxr; el nivel de endeudamiento de los Estados; las tensiones geopolíticas; el estancamiento de los “países periféricos” y el marcado desequilibrio en las diferentes regiones mundiales.

Frente a ello, el impacto del COVID-19 ha sumergido a América Latina en la categoría de la región más desigual del mundo. La proyección que hizo Oxfam desde marzo a esta parte, muestra que la fortuna de 73 personas multimillonarias de esta zona geográfica del globo, aumentó más de 42 millones de dólares desde el momento en que se desató la pandemia. Desde la ONG afirman que “la región ha visto surgir en promedio un nuevo multimillonario cada dos semanas”.

Otro dato que se desprende de esta investigación pone el foco en la actividad laboral y en las condiciones habitacionales que son preexistentes a la llegada del coronavirus, pero que se muestran tan dramáticas como la propia pandemia. Allí puede verse que en América Latina hay 140 millones de personas contempladas dentro de lo que se conoce como la población económicamente activa, pero que se encuentran inmersos dentro de una situación de economía informal y viviendo bajo condiciones de extrema precariedad. Se estima que, dentro de este segmento social latinoamericano, 52 millones de personas podrían caer en la pobreza como consecuencia de los efectos colaterales del coronavirus, por lo que el proceso de “lucha contra la pobreza” retrocedería al menos 15 años.

El análisis del director ejecutivo interino de Oxfam, Chema Vera, sobre esta coyuntura de pandemia, crisis económica y desigualdad social, afirma que “mientras la gente muere y se enfrenta a la indigencia, la enfermedad y el hambre, es vergonzoso que un puñado de personas extremadamente ricas puedan estar amasando todavía más poder y riqueza. Si los Gobiernos no toman medidas para cambiar nuestros sistemas económicos, están echando gasolina al fuego del descontento contra las injusticias sociales que ahora están arrasando el mundo".

[A mayor periferia, mayor desigualdad y menor capacidad de reacción]

Los datos que expone el observatorio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en un informe publicado los últimos días de septiembre, dan cuenta que los trabajadorxs de los países de ingresos bajos y medianos son los que más se han visto afectados por las consecuencias de la pandemia del coronavirus. En este sentido, puede afirmarse que en los “países de la periferia” se ha generado una disminución estimada en las horas de trabajo del 23,3%; que resulta equivalente a 240 millones de puestos de trabajo de tiempo completo.

El análisis más interesante que se deprende de este informe, es que la OIT calculó la “brecha de estímulo fiscal” entre el dinero efectivamente invertido y el necesario para sostener los empleos y consecuentemente la actividad laboral. Entendiendo, por estímulo fiscal a las medidas que los Gobiernos toman “por encima de lo normal”, que incluyen prestaciones de desempleo, subsidios salariales y recortes fiscales o aplazamientos de pagos de impuestos.

Frente a este panorama, la investigación logra afirmar que los países de ingreso alto han invertido más que suficiente para cubrir la cantidad de empleos perdidos, y en contraposición, los países de ingreso medio y bajo no han logrado aportar ni siquiera la mitad de lo que necesitaban para no profundizar el colapso de la crisis. De los USD 9,6 billones anunciados en paquetes de estímulo fiscal, casi el 88% corresponde a los países más ricos y con la capacidad necesaria de tomar medidas para preservar el trabajo y la producción. América Latina fue el continente con la mayor brecha de estímulo fiscal.

Por otro lado, el aumento de las desigualdades también se vio reflejado en el sector de la producción mundial con una caída del 12,5% a lo largo de este año. Sin embargo, mientras los países industrializados tuvieron una disminución anual del 16% de su actividad industrial, en los países “en desarrollo”  el declive  supera el 22%; mostrando de esta forma la capacidad de las naciones más ricas del mundo para sostener la actividad en un contexto de pandemia.         En contrapeso de la balanza lo propone China, como el único país que ha visto crecer su actividad industrial (2%) y luego los países industrializados de Asia que tuvieron una caída mucho menor que los europeos y EEUU; demostrando nuevamente que este continente sigue siendo el motor de crecimiento a nivel mundial. Aquí también Latinoamérica vio condicionado su desempeño, con un desplome de la actividad industrial de alrededor del 24%.

Hemos observado cómo la pandemia presiona sobre los Estados con debilidades preexistentes; sobreendeudamiento y pocas posibilidades de reacción, imprimiendo un esfuerzo descomunal que no es correspondido con el aporte de las grandes corporaciones. En el contexto de la crisis pandémica muchas empresas multinacionales deciden reducir su estructura; sostener sus negocios más rentables; desarmar sus inversiones financieras; retirarse de mercados emergentes y radicarse en los países centrales que brindan mayor estabilidad económica.

Esto es posible gracias al desarrollo del proceso de globalización, contemplado como la cara moderna del capitalismo de finales de siglo XX, que ha permitido que el sector corporativo y financiero emerja como el poder más consolidado y con capacidad de condicionar a los Estados de acuerdo a sus propios intereses; pero en donde los países en desarrollo funcionaron como tierra fértil para cosechar sus amplios beneficios.

En síntesis, el mundo estaba diseñado sobre una estructura cargada de desigualdades que nuevamente fueron puestas de manifiesto con la llegada del COVID-19. En consecuencia, la caída de la actividad económica mundial llevó a un recrudecimiento de las políticas proteccionistas por parte de las principales potencias del globo; buscando no sólo la contención de la industria y sectores estratégicos, sino también la relocalización de las empresas en sus países. Es en este escenario, donde las economías más fuertes tienen mayor capacidad para proteger efectivamente el trabajo y la producción local que los países en desarrollo o periféricos.

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