Nuevo escenario: ¿comienza la segunda oleada nacional, popular y democrática en la región? - Política y Medios
30 de noviembre de 2020 - Edición Nº4686

AMÉRICA LATINA

Nuevo escenario: ¿comienza la segunda oleada nacional, popular y democrática en la región?

A partir de los sucesos de Chile y Bolivia se fortaleció una tendencia que ya se vislumbraba con el triunfo de López Obrador en México en 2018 o el triunfo de la fórmula Fernández-Fernández en Argentina en 2019. Esto no significa que dicha tendencia se consolide en el corto plazo, pero sí que tiene profundos fundamentos para avanzar en plena crisis sistémica.   

Por: Gabriel E. Merino (UNLP-CONICET)

 

La crisis del capitalismo financiero neoliberal es mundial pero asume características propias en América Latina. Esta crisis no se expresa sólo como una crisis de legitimidad y una imposibilidad de imponerse frente a clases populares movilizadas contra ese proyecto. Sus propias bases materiales están profundamente dañadas.

Ya no existe la fórmula de la globalización económica –financiera, comercial y productiva— protagonizada por las redes financieras globales y las empresas transnacionales del Norte Global. Hasta 2008 y durante casi 30 años, por cada punto de crecimiento del PBI mundial, crecía dos puntos el comercio mundial y tres puntos la inversión extranjera directa. Ello desapareció después de 2008.

También desapareció gran parte del crecimiento mundial. De hecho, ni Japón ni la Eurozona recuperaron su PBI en dólares después de pasado 12 años de aquella crisis. Por eso se habla de una etapa de “estancamiento secular” (Larry Summers) o de “depresión” (Michael Roberts) o de “nueva mediocridad occidental” (John Ross), donde el crecimiento de los países del G7 después de 2008 es incluso inferior al de la Gran Depresión de la década de 1930. Todo ello contrasta, obviamente, con las exponenciales tasas de crecimientos chinas, de Asia Pacífico y, en menor medida, de la India.     

Atarse como periferia de ese mundo en crisis, mantener la subordinación geopolítica hemisférica y abrirse ingenuamente en el mundo actual sólo puede significar un proceso acelerado de declive o retroceso nacional, con poquísimos ganadores (pero insistidores). Ni siquiera Chile aguantó, el mejor alumno de ese proyecto. Incluso con un precio del cobre todavía altísimo, lo que le permitió evitar la restricción externa que presionó a los países con más productos del agro en su perfil exportador, como Argentina y Brasil.

Veámoslo en números: si lo calculamos en dólares del año 2000, sacando la inflación estadounidense, la tonelada de soja estaba 221 dólares en marzo del año 2000 y 253 dólares en marzo de 2020; y en caso del maíz 95,05 dólares y 112,28 dólares respectivamente. Es decir, ambos productos por el piso, teniendo en cuenta que el año 2000 fue un mal momento para los precios de las materias primas. En total contraste, la tonelada de cobre se ubicaba en 1739,39 en marzo del año 2000 y 3941,83 en marzo de 2020. Es decir, estamos hablando de un 127% arriba en dólares del año 2000.

Pero ni con esos precios aguantó el modelo ejemplar de las clases dominantes latinoamericanas y de occidente. Donde volvió a confundirse crecimiento con desarrollo, en un país prácticamente sin inversión en investigación y desarrollo, cuyo perfil exportador es más primarizado que el de Argentina y de muy baja complejidad económica. Con una sociedad marcada a fuego por la desigualdad y la enorme carestía o directamente inaccesibilidad en el acceso a bienes esenciales considerados como derechos humanos: salud, educación, vivienda y transporte; y donde se oculta con prolijas cifras de pobreza por ingresos (que si se aplicaran en Argentina veríamos bajar notablemente este indicador) la complicada situación de la mayor parte de las clases trabajadoras. Resulta revelador que este sea el modelo a seguir. 

Si el proyecto neoliberal y el capitalismo financiero global hacen agua en los países centrales, el proyecto de neoliberalismo periférico que implica un enorme retroceso en las capacidades nacionales y el modelo de capitalismo financiero primario exportador estallan en el Sur global, donde se manifiestan sus consecuencias económico-sociales más dramáticas. Y en donde se exacerban los procesos de “acumulación por desposesión” o, en otras palabras, golpes y políticas para generar enormes transferencias de riqueza de abajo hacia arriba y hacia afuera. La secular extraversión del excedente propio de las periferias.

Frente a esta crisis emerge como alternativa política en América Latina, con el fin de imponer un modelo que no cierra a la fuerza (como en décadas anteriores), sectores de esos grupos y clases dominantes que impulsan una reacción conservadora, con elementos anti-democráticos y fuertes componentes de racismo y autoritarismo político tradicional. Que incluso tienen en sus elementos más radicales manifestaciones de “neofascismo”, aunque bajo un programa anti-nacional, es decir, un espejo invertido de ese fenómeno respecta a los países centrales: allá reacción de potencias retrasadas o en declive, aquí guardianes de la condición dependiente y periférica.

En este sentido, es importante analizar la figura de Luis Fernando Camacho, el Jair Bolsonaro de Bolivia, uno de los protagonistas centrales del golpe en Bolivia y expresión política de los grandes terratenientes y la gran burguesía de Santa Cruz de la Sierra en el oriente boliviano. Su lema son las tres “B”: biblia, bala, buey, casi una síntesis del orden feudal. En pleno golpe y como representante de buena parte de los grupos y las clases dominantes que tradicionalmente dominaron Bolivia, manteniéndola como el país más mísero del continente después de Haití, fue quien entró el año pasado a la vieja casa de gobierno a pedirle la renuncia a Evo Molares, con la  biblia en mano, prometiendo llevar de vuelta a Dios al Palacio Quemado. De más joven fue vicepresidente de la organización de ultra-derecha paramilitar Unión Juvenil Cruceñista y luego Presidente del Comité Cívico pro Santa Cruz, protagonista de los intentos secesionistas en Bolivia que terminaron con la Masacre de Pando de 2008. En estas elecciones salió tercero con el 14% de los votos a nivel nacional, pero ganó en Santa Cruz de la Sierra con el 45% de los votos.    

[Algunas claves de los resultados electorales]

En términos políticos se produjo una derrota contundente y significativa de las fuerzas que expresan a los grupos y clases dominantes, tanto en su fracción neoliberal tradicional (con sus expresiones liberales y conservadoras) como en su fracción reaccionaria de derecha, que se fortalece al calor de la crisis. Articuladas respectivamente con el Globalismo y el nacionalismo-americanista del Norte, la grieta que atraviesa a Estados Unidos.

El contundente triunfo electoral del Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia (55,1% en primera vuelta) y el aún más categórico triunfo en el referéndum de Chile (78%) de la propuesta a favor de cambiar la constitución neoliberal, expresan elementos clave para pensar el mapa del poder regional.

En el primer caso, la fórmula Luis Arce- David Choquehuanca del MAS coronó un proceso de resistencia y triunfo sobre un golpe “duro” –con más elementos propio los viejos golpes cívico-militares de antaño que a los golpes “blandos” de la posmodernidad globalista. 

En el caso de Chile, el referéndum coronó un proceso insurreccional anti-neoliberal que se inició en octubre del año pasado (aunque tiene como antecedente necesario la grandes movilizaciones y luchas  por el derecho a la educación pública y gratuita), en el país que aparecía nada menos que como el modelo a seguir por las derechas y grupos dominantes del continente. Se parece al estallido de Argentina en el 2001, que luego de ser el “mejor alumno” del FMI y del Consenso de Washington en la región, y que había llegado a ser parte del “primer mundo”, desbarrancó en una crisis que se tradujo en un país real con la mitad de su población en la pobreza.      

Otro elemento central, que muestra el estado moral de las fuerzas anti-neoliberales, fue que la feroz represión –que en ambos casos dejó un tendal de muertos y heridos, junto con violaciones, lapidaciones y todo tipo de violaciones a los derechos humanos—, no sólo no amedrentó la movilización popular sino que la multiplicó, produciendo una derrota moral sobre los regímenes que buscaron en el caso de Bolivia restablecer el viejo orden conservador y, en el caso de Chile, evitar el desmoronamiento de dicho golpe.

Por otro lado, también es evidente en ambos casos, quizás más claramente en Bolivia, la impotencia de Washington para consolidar su hegemonía hemisférica y poner en “orden” su patio trasero, en plena lucha por evitar su declive en el mapa del poder mundial. El apoyo al golpe en Bolivia y la legitimidad que intentó otorgarle junto con la Organización de Estados Americanos (OEA), quedó totalmente frustrada frente al resultado electoral. También quedó mal parado Jair Bolsonaro como gendarme regional y polea de transmisión de los intereses geopolíticos y geoestratégicos de Estados Unidos.

A su vez, el giro de Chile, un aliado clave del polo de poder angloamericano y especialmente de las fuerzas globalistas, también puede implicar un corrimiento de dicho país de su política generalmente contraria a los proyectos de regionalismo autónomo. Ello depende de si el proceso insurreccional logra encauzarse políticamente y traducirse en profundos cambios institucionales.

La realidad geoeconómica de Chile influye en sus dilemas geopolíticos: casi el 50% del cobre que vende se dirige a China, principal socio comercial del país trasandino y con quien mantiene profundos acuerdos más allá del libre comercio. En 2016 firmaron una asociación estratégica integral. Obviamente, el nacionalismo-americanista que gobierna en Estados Unidos ve esos acuerdos como una amenaza para la seguridad nacional, pero tampoco agrada (y cada vez menos) a los globalistas de Wall Street y Londres los acuerdos que van mucho más lejos que el libre comercio (salvo que sean los que ellos proponen).        

¿Se abre a partir de este escenario y de lo que pueda ocurrir en Ecuador una nuevo “giro a la izquierda” en la región o una segunda ola nacional popular?

Al calor del triunfo de la Alianza Cambiemos en Argentina, afirmaba y escribía que no había condiciones para una hegemonía neoliberal en la región. Empezando por el hecho de que ya no hay bases materiales y políticas que lo puedan sustentar: sin crecimiento y sin siquiera desarrollo dentro del subdesarrollo, lo que se profundiza bajo dicho proyecto es la transferencia de riqueza de abajo hacia arriba y hacia afuera, agudizando los procesos de “acumulación por desposesión”; y en lo político y geopolítico, el palo sin zanahoria, es difícil que funcione en el largo plazo.

A ello hay que agregar que nos encontraos en un mundo crecientemente multipolar y con un pronunciado declive relativo del polo dominante (no ya hegemónico) que brinda un escenario de oportunidades estratégicas. Una Iglesia Católica con influencia en la región que irradia desde su conducción una cosmovisión contraria al capitalismo financiero neoliberal y a favor de proyectos que tengan como centro la justicia social, que se traducen en la política con gestos y propuestas concretas. Y unas clases populares movilizadas, que lograron pisos de derechos y conquistas en algunos países durante el primer ciclo nacional popular, o que como en el caso chileno aspiran al menos a democratizar material y políticamente el régimen impuesto en la dictadura pinochetista.

A partir de los sucesos de Chile y Bolivia se fortaleció una tendencia que ya se vislumbraba con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en México en 2018 o el triunfo de la fórmula Fernández-Fernández en Argentina en 2019, así como los procesos insurreccionales de Ecuador en octubre del año pasado contra el plan de ajuste del gobierno, que ocurrió semanas antes al estallido de Chile. No quiere decir que dicha tendencia se imponga necesariamente o se consolide en el corto plazo. Pero sí que tiene profundos fundamentos para avanzar en plena crisis sistémica.   

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