28 de septiembre de 2020 - Edición Nº4623

AISLAMIENTO

La experiencia del COVID, en primera persona: "No sentía ni el olor del café"

Fabiana Ivanoff se contagió por ser contacto estrecho de una compañera de trabajo. Perdió el olfato y sufrió dolores de cabeza, pero pudo permanecer en su hogar sin mayores sobresaltos. Hoy, como paciente recuperada, reflexiona: "Fui afortunada, pude pasarlo en mi casa cuando, por la misma causa, otros deben pasar por unidades de terapia intensiva".

Por: Fabiana Ivanoff (Licenciacia en Psicología - UNLP) Especial para PolíticaYMedios

 

Entre los nuevos significantes que definen la realidad 2020, tan extraña como difícil de comprender y transitar, me tocó encarnar casi a todos: siendo trabajadora esencial continué asistiendo a mi lugar de trabajo donde fui contacto estrecho de una compañera que fue caso sospechoso. Al confirmar su diagnóstico como COVID positivo, me aislé en mi domicilio y, al tercer día de este suceso, perdí el olfato totalmente. Esto se denomina como anosmia: no podía oler ni el café que me llevaba a la boca ni el más potente producto de limpieza y, si bien ése era el único síntoma, supe de qué se trataba. 

Al día siguiente fuí a practicarme el hisopado y firmé una declaración jurada mediante la que me comprometí a permanecer en mi casa, sin salir siquiera a la puerta, y a quedar aislada incluso de mi hijo con quien convivo (eso fue lo más difícil de sostener).

Pasaron cuatro largos días hasta que la Dra.T, persona amorosa y comprometida que me llamó cada día durante este proceso realizando el seguimiento que corresponde de acuerdo al protocolo sanitario, me informó que el resultado era positivo para COVID-19. En ese momento me sentí impactada, si bien lo suponía  y mi estado físico no era diferente al de otros estados gripales que había tenido, el peso que tiene este diagnóstico en medio de la pandemia me llenó de miedo, dudas, interrogantes. Lo disruptivo y amenazante fue cediendo al empezar a tomar contacto con mi gente, contándoles, intercambiando, poniéndole palabras, dándole forma, construyendo sentido a esta situación tan nueva y desconocida.

Clínicamente, además de anosmia, sentía algunos dolores de cabeza y cierto cansancio, pero no mucho más que eso. Eso me permitió, inclusive, continuar trabajando un poco en forma remota. Tenía la autopercepción de que mi estado no era muy diferente al de siempre, me reconocía, y eso me tranquilizaba, pensaba que este virus que había ingresado a mi organismo no lo modificaba demasiado. 

Durante los días de encierro hata obtener el alta médica, me sentí acompañada y contenida por mis amigas y amigos y la gente querida, que me hacían llegar su afecto y preocupación de diversas maneras, dejando cajas de alimentos en la puerta de mi casa, remedios, hasta comida casera pensada para dos, ya que mi hijo tampoco podía salir. 

Como dentro de lo malo siempre hay cosas buenas (no existen los estados absolutos) me preguntaba cómo sostenerme y en qué refugiarme en estos momentos de incertidumbre y vulnerabilidad. La respuesta número uno eran esos gestos de acompañamiento de seres queridos: los afectos. La número dos era la ciencia, la necesidad de saber, cuestión que cubría con las charlas con la Dra T y también con otros amigos médicos. Y, la tercera y última, mantener una actitud positiva y confiada.

Íntimamente pensaba que yo era una afortunada, ya que mi forma de enfermar en medio de una Pandemia era de ésta: permaneciendo en mi casa, con atenciones y mimos, con suficiente energía como para continuar con tareas y entretenimientos cuando, por la misma causa, otros deben permanecer tristemente en unidades de terapia intensiva.

Hoy, después de casi 40 días del alta, me entero del resultado del análisis de anticuerpos: si bien los tengo, no son suficientes para realizar la donación de plasma convaleciente, lo cual me apena porque quería hacer ese pequeño gran aporte, para colaborar con la mejoría de algunos pacientes más graves. No tengo anticuerpos suficientes para donar pero sí inmunidad celular. No sé cuánto tiempo durarán en mi organismo. “Con esta enfermedad no se sabe” me dijo la médica del Banco de sangre. Vamos aprendiendo y conociendo día a día. Mientras tanto, tengo muchas expectativas de que se termine de desarrollar la vacuna. Atravieso sentimientos de fragilidad, de tener que continuar con los cuidados, aunque no con el miedo que paraliza. Tengo la seguridad de que el conocimiento es indispensable y su contrapartida, la ignorancia y el prejuicio que de élla se desprende, son pura complicación, pérdida y retraso. 

Pienso que tenemos que estar muy atentos a nuestra subjetividad y la de cada persona que atraviesa esta nueva enfermedad, saber que no estamos solos, aún estando aislados, sentirnos acompañados, poder apelar al otro.

De todos estos nuevos significantes, me gusta mucho el de reinventarse, detenerse para continuar, perderse para encontrarse, tener miedo y superarlo, enfermar y sanar, re lanzarse orientados con la brújula del deseo. 

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