01 de octubre de 2020 - Edición Nº4626

ANÁLISIS

Los últimos días de Pangea: es posible que el mundo haya vivido equivocado

La pregunta adecuada no es ¿por qué el mundo cayó en esta pandemia espantosa?, el verdadero interrogante es ¿por qué no sucedió antes? Solo unos pocos países podrán soportar el costo de las elevadas transacciones pos-pandémicas. Algunos podrán seguir siendo parte de Pangea pero la inmensa mayoría será arrojada a su vecindario.

Por: Nicolás Mujico - Politologo UBA- Maestrando en Defensa Nacional UNDEF

No hace mucho tiempo, 300 millones de años quizá, la tierra era una sola. Alfred Weneger la llamó Pangea, expresión que significa “Toda la tierra”. Ese mundo único, sin distancias, sin continentes, fue tal vez la primera y más exitosa experiencia global. Los hombres aparecieron hace miles de años, cuando ya la deriva continental había separado los continentes.

Cuando Dios bajó a mirar la torre que construían los hombres en la región de Sinar, decidió confundir su idioma para que el proyecto fracase y dispersarlos por la tierra. Aquella ciudad fue llamada Babel cuyo significado es, precisamente, confundir. Desde aquellos días, el hombre camina a la deriva construyendo identidades diversas y, desde entonces, como resabio pre-tectónico de un mundo añejo y desconocido, tuvo el impulso de unificar lo separado, de tender puentes sobre los océanos. De conocer la forma de vida más allá del horizonte.   

Las ansias de conquista llevaron a los grandes generales a la batalla, a conquistar el mundo conocido. Los romanos fueron quienes más lejos llevaron su proyecto político imperial. Los arcos Romanos en distintas ciudades europeas y los acueductos así lo demuestran. Roma fue, en cierta manera, todo la tierra. La caída del Imperio arrojó a los hombres a mil años de supuesta oscuridad hasta que, por fin, surgió el renacimiento.  Aún hoy, recorrer Italia es recorrer la historia. Son pocos los que van a Italia a conocer la actual Italia, que existe y continúa su vida,  aunque sin el esplendor de la Roma Imperial y sabiendo que lo mejor ya pasó.

A los pies del Vesubio, paralizada por la ceniza volcánica, la hermosa ciudad de Pompeya. Con su esplendor, sus historias, hermosamente novelada por Edward Bulwer Lytton en su célebre novela “Los últimos días de Pompeya”. A los pies del Vesubio actualmente, Pompeya. Sobre las ruinas de Pompeya… Pompeya. Ya no con el esplendor del pasado. Una ciudad más bien fea, que vive de lo que el pasado atrae, esa actividad prescindible que genera miles de millones de dólares y representa más del 10% del PBI en la península: el turismo.

Para la misma época en que Europa renacía quién sabe de qué muerte, España se lanzaba a la mar. La ruta hacia las especias fue cayendo siglo a siglo ante el avance del imperio otomano. La Caída de Constantinopla pone nuevamente una barrera de distancia entre occidente y oriente. Las especias, otra vez lejanas como tras la caída del imperio romano. El mundo recuperaba su distancia. Solo quedaba la ruta de Trebizonda a Samarcanda que, ante la dificultad y los innumerables pases de mano, centuplicaban el valor de las especias. La necesidad de una nueva ruta fue la obsesión de aquellos años y demoró varias generaciones su reemplazo que, en definitiva, fue una transformación y un cambio de eje en la dominación mundial que traslado el centro del mundo del mediterráneo al atlántico.

Descubierto el Nuevo continente, en la búsqueda de nuevas rutas comerciales a oriente, se alza la primera potencia verdaderamente global de un mundo inmensamente más grande e inmensamente más rico. Sin embargo, la derrota de la armada invencible y el avance de la piratería transformó el vínculo entre América y España. La necesidad de establecer el régimen de galeones, dada la fragilidad de las operaciones y los riesgos que significaba no proteger los viajes comerciales a través del Océano atlántico, encareció los productos y los costos de transacción debilitando al imperio español a tal punto que ninguno de los 13 reyes desde 1492 a 1810, se atrevió a la peligrosa aventura de cruzar el océano para conocer sus dominios. La conexión entre España y América se daba dos veces al año y, en esas comunicaciones, viajaba el oro, la plata, las ideas, las noticias, la moda y los chismes. Nuevamente la distancia se hacía evidente mientras el mundo avanzaba a una nueva transformación.

El capitalismo, consolidado en el siglo XIX y, más aún, en el siglo XX, fue profundamente pangeista. La obsesión de lo uno, de la libre circulación de personas, mercancías, valores y símbolos se aceleró año tras año y de manera exponencial en los últimos 30. El acortamiento de las distancias fue una obsesión que acompañó los avances tecnológicos y los esfuerzos logísticos y de infraestructura que van desde el automóvil, los avances en la navegación, la industria aeronáutica y la apertura del Canal de Panamá. El acortamiento de las distancias y la búsqueda de acelerar los tiempos en las rutas bioceánicas, formó una nueva Pangea donde las personas pueden estar en pocas horas, en una u otra punta del mundo. En donde la producción, aún de bienes comestibles, puede venir en escasos días de los lugares más remotos. No solo en los Bienes de capital, en los electrodomésticos, en el vestuario. Hasta en la heladera del más pobre, habita una huella de distancia de cientos y a veces miles de kilómetros. Los virus, las epidemias, ya no vienen de la mano de la guerra, la destrucción, las violaciones y la sífilis, sino del comercio y la prosperidad. 

Esta transformación extraordinaria no podía no traer consecuencias. La pregunta adecuada no es ¿por qué el mundo cayó en esta pandemia espantosa?, el verdadero interrogante es ¿por qué no sucedió antes? o ¿por qué no ocurre más seguido?

El mundo, tan cercano hace unos meses, se encuentra en una nueva deriva continental desde el 11 de marzo pasado, día en que se declaró oficialmente la pandemia. Solo unos pocos países podrán soportar el costo de las elevadas transacciones pos-pandémicas. Algunos podrán seguir siendo parte de Pangea, pero la inmensa mayoría será arrojada a su vecindario. Los ciudadanos del mundo, con su agenda global, continuarán innovando y presionando para desatar la creatividad y la capacidad productiva de los emprendedores. Por un lado, el reemplazo del hombre por la máquina en las empresas estratégicas, el trabajo en red, el software. Por otro, la producción en algunos segmentos seguirá funcionando de manera pre-feudal. Aquí el robot para la fabricación de automóviles, y aquí también el ladrillo con horno de barro, cancha, burro y malacate. También aquí, una extrañísima combinación de ambas, donde el software y la tracción a sangre humana y pedal de bicicleta se combinan para traernos la pizza el sábado a la noche. La inmensa mayoría se verá envuelta en una contradictoria necesidad de ser socorrido por el Estado, y sufrirá el desacople de esa vida municipal y provinciana, con el profundo hedonismo liberal y pangeista que hace varias generaciones venimos profundizando.

Cómo será el mundo que viene es una pregunta que nadie puede responder con certeza, pero sí es claro que ciertas tendencias se han consolidado y no necesariamente son buenas noticias. El capitalismo de plataforma viene acompañado de mayor precarización laboral, menos empleo y de peor calidad. Mayor tercerización laboral y una pequeña parte y cada vez más pequeña, disfrutará los beneficios de la cuarta revolución industrial. La posibilidad de organizarse para enfrentarse a esta tendencia es por lo menos dificultosa.

El gobierno aparece en su rol de bombero, utilizando el correo y la escuela, las únicas estructuras estatales junto con la policía que aún abarcan el territorio nacional, para socorrer con alimentos y dinero a una larga cola de indigentes con celular.

En el mundo del puerta a puerta, las colas largas para todo, nos recuerdan la ineficiencia de los últimos días de la URSS. En su rol higienista, avanza con vergüenza sobre algunas libertades individuales sin quejas hasta que, por supuesto, se tocan algunos intereses y las vestiduras se rasgan. El gobierno alude tímidamente a la razón de Estado y busca fortalecerse: así, utiliza instrumentos que le permiten sostener un mínimo de dignidad a las personas más desfavorecidas a través de un préstamo que el futuro le realiza al presente. El porvenir ya gastado oscurece el horizonte a tal punto que, de no revertirse rápidamente, podríamos enfrentarnos a la dificultosa situación de anomia vital. Las generaciones futuras, podrían vivir menos, más pobremente y en un mundo significativamente más pequeño al que les tocó transitar a las últimas dos o tres generaciones. El aeropuerto de Ezeiza ya no es el trampolín de escape a una vida mejor, ya que al mundo se le aflojaron todos los tornillos. Por primera vez en años, la figura del inmigrante varado pone en valor el terruño. Único lugar en donde a una persona le asiste algún derecho.

¿Qué será de esta nueva generación, enclaustrada, conectada al mundo por la frágil red de lo digital dificultada en su posibilidad de hacer la fotosíntesis? En la medida en que la solución demore, tendrá enormes dificultades de sintetizar una solución que vincule lo vital, con lo virtual, lo orgánico con lo inorgánico, lo humano con lo digital.

Difícil saber de cuánto será la caída del PBI a nivel mundial.  Sin embargo, son indisimulables las perturbaciones que el COVID-19 genera. La OMC advierte el aumento de los costos en los principales componentes de los costos de comercio, en particular, el transporte que representa en algunos casos un tercio de los costos. La capacidad de carga se redujo un cuarto desde el inicio de la pandemia, en especial por el impacto de lo relacionado al transporte aéreo que no se recuperara hasta que no se normalice el transporte de pasajeros si es que eso sucede. Las medidas sanitarias y los cierres de frontera también afectaron el transporte marítimo. El mundo es un volcán en erupción que petrifica países enteros. No existe todavía otra cosa que la esperanza de la vacuna. Por el momento, toca transitar esta nueva normalidad que nos empobrece. Ante esta realidad evidente es relevante preguntarse ¿cómo se vive en un mundo más pobre? Si el futuro es decrecer ¿existirá la posibilidad de hacerlo con equidad?

Hasta el momento, el mundo actual parece continuar con la inercia del viejo mundo, entendiendo la pandemia como una crisis más. Es posible, sin embargo, que el mundo haya vivido equivocado.

 

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