El dato que el Gobierno esperaba llegó y le dio aire político al equipo económico. El Instituto Nacional de Estadística y Censos informó que el Índice de Precios al Consumidor de junio registró una variación del 1,9%, el número más bajo en once meses y el primero del año que logró quebrar el piso de los dos puntos. La cifra confirma la tendencia a la desaceleración que la Casa Rosada exhibe como el principal logro de su programa.
Los números del semestre completan la foto. La inflación acumulada del primer semestre fue del 16,8%, mientras que la variación interanual se ubicó en el 33,5%, cifras que marcan una fuerte moderación respecto de los picos de los años anteriores. En la Ciudad de Buenos Aires, el índice también volvió a desacelerarse y alcanzó el 1,8%, acumulando en el primer semestre una suba del 16%, en línea con la tendencia nacional. La convergencia de los indicadores refuerza el relato oficial sobre el control de precios.
El Gobierno capitalizó de inmediato el resultado. Para la Casa Rosada, la desaceleración de la inflación es la prueba de que el ajuste fiscal y la disciplina monetaria dan resultados, y el argumento central con el que busca sostener el apoyo social a su programa. La baja de precios es, para el oficialismo, la mejor respuesta a las críticas por el costo del ajuste: la promesa de que el sacrificio tiene una recompensa concreta en el bolsillo de la gente. El dato de junio se convirtió, así, en munición política de primer orden.
Pero la lectura de los economistas es más matizada. Distintos analistas advierten que la desaceleración de la inflación convive con factores que generan dudas sobre su sostenibilidad, en particular el atraso cambiario y el enfriamiento del consumo. La caída de la actividad y la contracción del poder adquisitivo, señalan, contribuyen a moderar los precios por la vía de la recesión antes que por un equilibrio genuino de la economía. Es la vieja discusión sobre si la inflación baja porque se ordena la macro o porque la gente no llega a fin de mes.
El referente Emmanuel Álvarez Agis ha planteado en distintas intervenciones que la estabilidad de precios apoyada en un tipo de cambio atrasado tiene fecha de vencimiento, y que el verdadero test del programa será sostener la desaceleración cuando la economía vuelva a crecer y la demanda presione sobre los precios. Su advertencia apunta a que una inflación baja en un contexto de consumo deprimido no es lo mismo que una inflación baja con actividad en expansión. La distinción, técnica pero decisiva, marca la diferencia entre un éxito consolidado y uno frágil.
En la vereda del oficialismo, en cambio, la interpretación es que la baja de la inflación abre la puerta a una recuperación del consumo en la segunda mitad del año. La lógica es que, con precios más estables y salarios que empiezan a recomponerse en términos reales, la demanda debería reactivarse sin volver a disparar los índices. La apuesta oficial es que la Argentina entró en un sendero de desinflación que se retroalimenta, y que la mejora de las expectativas termine consolidando el proceso. El tiempo dirá cuál de las dos lecturas se impone.
El dato de junio también tiene implicancias en la agenda financiera. La compresión del riesgo país y la baja de la inflación funcionan como dos caras de la misma moneda: ambas alimentan la narrativa de estabilidad que el equipo económico necesita para volver a colocar deuda y para sostener el andamiaje del programa. Cada mes de inflación en baja refuerza la posición del Gobierno frente a los mercados y le da margen para avanzar con reformas que, en otro contexto, generarían más resistencia. La macro ordenada es el capital político del oficialismo.
De cara a los próximos meses, el desafío es sostener la tendencia sin que aparezcan sobresaltos. Los analistas coinciden en que los meses de invierno suelen traer presiones sobre los precios de la energía y de los alimentos, y que el impacto de eventuales ajustes tarifarios podría tensionar el índice. La pregunta que se hacen los economistas es si la desinflación puede mantenerse cuando se levanten los factores que hoy la contienen, desde el atraso cambiario hasta el freno del consumo. La respuesta definirá el tono de la segunda mitad del año.
Por ahora, el número de junio le da al Gobierno un respiro y un argumento. La inflación por debajo del 2% es un hito que el oficialismo exhibirá una y otra vez como prueba del éxito de su programa, mientras la oposición y buena parte de los economistas insisten en mirar la letra chica. Entre la celebración oficial y la cautela de los especialistas, el dato deja una certeza: la inflación bajó. Lo que está en discusión, como siempre en la Argentina, es cuánto y hasta cuándo.
La comparación interanual dimensiona el cambio de escenario. Con un acumulado del 33,5% en doce meses, la Argentina dejó atrás los registros de tres dígitos que marcaron el arranque de la gestión y se acercó a niveles que, aunque altos para los estándares internacionales, representan una fuerte moderación respecto del pasado reciente. El Gobierno exhibe ese sendero descendente como la prueba central de que su programa funciona, y lo contrapone al recuerdo de una inflación que llegó a descontrolarse en la transición entre gestiones. El relato de la desinflación es el corazón de su capital político.
No obstante, la letra chica del índice muestra matices que preocupan a los analistas. La desaceleración se apoya en buena medida en el atraso del tipo de cambio y en un consumo que no termina de repuntar, dos factores que moderan los precios pero que también reflejan una economía que crece por debajo de su potencial. La discusión de fondo es si la inflación baja porque la macro se ordena o porque la demanda está deprimida, una distinción que separa un éxito sostenible de uno que puede revertirse en cuanto la actividad se recupere. El diagnóstico, todavía, está abierto.
Los meses de invierno, además, suelen traer presiones adicionales sobre el índice. Los ajustes tarifarios en energía y los aumentos estacionales de alimentos son variables que podrían tensionar la desaceleración en el corto plazo, y el equipo económico lo sabe. La pregunta que se hacen los especialistas es si la tendencia a la baja podrá sostenerse cuando se levanten los factores que hoy la contienen, desde el dólar planchado hasta el freno del consumo. De esa respuesta dependerá que el dato de junio sea el comienzo de una consolidación o apenas un buen mes en un camino todavía incierto.